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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

Domingo 24 de septiembre de 2006

Marcos 9, 30-37

 

1.- Vocación de servicio.  La eterna discusión entre los hombres: ¿Quién es el mayor o el más importante? Conociéndonos - con nuestras virtudes y limitaciones - podremos deducir el tono de aquella conversación entre los discípulos más cercanos de Jesús. Las apetencias personales, a veces muy mezquinas, afloran apenas peguntamos a los jóvenes - en edad de elegir un futuro profesional - qué van a hacer de sus vidas y por qué. En las razones aducidas hallaremos una gama muy variada de gustos, ambiciones y pretendidas ubicaciones prestigiosas en la sociedad. Pocos piensan que la auténtica vocación está orientada al servicio de los otros y no a pretensiones puramente personales. Casi nadie considera su futuro como una oblación en favor de la propia sociedad. Las Universidades deben cribar las solicitudes de ingreso a ciertas carreras con métodos que no son siempre los más acertados. Entre las numerosas posibilidades, algunas reclaman una particular predisposición al servicio de las personas. Cuando no se da cunde el escándalo y el desequilibrio. Podremos mencionar algunas o casi todas: medicina, política, justicia, educación, sacerdocio etc. Si el diabólico lucro monetario llega a contaminar el corazón, la más noble función profesional se desnaturaliza.

 

2.- El poder como servicio.  Jesucristo introduce la concepción del poder como servicio. El que está investido de mayor poder debe ser el más servidor. Cuando se refiere a Sí mismo, y a partir del poder absoluto que le ha otorgado el Padre -“se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra” - no puede desvincularse de la otra impresionante declaración igualmente suya: “No he venido a ser servido sino a servir”. Lo que parece una singularidad personal, o así se la quiere hacer parecer, es doctrina universal y norma de comportamiento para todos. Cuando el poder no es servicio cae rápidamente en el abuso y crea el caos y la tragedia en la sociedad que debe gobernar. La historia es un campo minado de acontecimientos que han causado dolorosos estragos en los pueblos. La justicia manipulada, el avasallamiento de los derechos humanos, la persecución ideológica y el crimen político, han sido algunos de los brotes supurantes del abuso del poder. En los tiempos en que Jesús exponía esta novísima doctrina se digería con inexplicable naturalidad que los emperadores romanos, y sus funcionarios satélites, se apoderaran  de naciones enteras y sojuzgaran hasta la asfixia a las comarcas más distantes y pobres. La enseñanza de Cristo suscita - aún ahora - una gama oscilante de calificaciones: desde subversiva a ingenua. Pero - la palabra del Señor - no está orientada a crear sistemas políticos revolucionarios sino a cambiar los corazones de sus protagonistas. La Democracia como “estado de derecho” no es suficiente si sus sostenedores no son auténticos demócratas. La Democracia - y sus valores - constituye un estilo de vida que los ciudadanos deben adoptar con esfuerzo incesante.

 

3.- ¿Un mundo sin Dios?  La conversión siempre es costosa. Es preciso producirla en la renuncia a mezquinas actitudes, inspiradoras de la construcción de un mundo para el gusto y talante de cada individuo. Es un mal hábito empezar de la nada, como si la palabra de cada individuo diera a luz un mundo solitario, y se constituyera en referente exclusivo, sin Dios. Para cambiar esta trágica situación es urgente restablecer la armónica relación con el Dios verdadero y - desde ella - una fraterna relación entre las personas. El Evangelio insiste en ese llamado a la conversión. Cristo es Dios humanado para que - su encuentro con el hombre - sea un acontecimiento histórico. En Él Dios es conocido como es de verdad. En Él descubrimos la verdadera causa de nuestra dignidad personal: ser sus criaturas e hijos. La ruptura de comunión, que el pecado causa, nos hace perder la auténtica perspectiva de nuestra condición humana. Para volver a ella necesitamos Quien nos conduzca,  sin el pecado que nos agobia. Es Cristo, Dios verdadero y hombre verdadero, nacido de la Virgen María por obra prodigiosa del Espíritu Santo. El que cree en Él “tiene Vida eterna y será resucitado en el último día”. Se requiere un contacto personal, histórico, para llegar a creer en Él. El ministerio evangelizador, que ejerce la Iglesia, hace de presentador. Por su misteriosa acción se produce el conocimiento y la fe.

 

4.- El Papa maltratado.  ¿A quién alienta Dios sino al humilde? ¿De qué manera Dios ha querido hacerse presente entre los hombres sino mediante la pobreza y mansedumbre de Cristo? Su Cruz es la misteriosa revelación del amor de Dios a los hombres, a todos los hombres. Estoy seguro que el Papa Benedicto XVI pronunciará  - “por el bien de la paz - la palabra “perdón” no obstante la profunda inocencia y pureza de sus intenciones. Me refiero al lamentable entredicho con los hermanos del Islam. Cristo pasa entre los hombres matizando palabras y silencios con el fin de conducirlos - a todos - al encuentro con el Padre, en auténtica fraternidad. La Cruz de Cristo: siempre será ella el sendero que desemboque en el amor y en la paz. No nos alcanza toda la historia para entenderlo, pero, un instante de gracia basta para lograr su verdadero conocimiento. Hemos superado momentos tan o más difíciles que el actual. Dios ama a los hombres y les expresa toda su ternura en el don de su Unigénito. La Iglesia, que Benedicto XVI encabeza, está exclusivamente para hacer efectivo ese don de Dios sin discriminar a los hombres por raza, nación o religión. En la entraña misma de su enseñanza está el respeto al hombre en la situación ideológica y religiosa en la que se encuentre. Algunos de sus hijos, como lo ha reconocido el Papa Juan Pablo II, han cometido históricos errores por haberse apartado de su auténtica doctrina y de su Espíritu. El Papa actual es, sin duda, un heredero coherente de su gran predecesor.

 

5.- Para el primero, el último lugar.  En el final del texto evangélico que se proclama este domingo, Jesús responde a la ambición que divide a sus discípulos: “El que quiera ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos. Después tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado”. (Marcos 9, 35-37) Cristo es el auténtico Salvador de todos porque “ha ocupado el último lugar”. Nadie querrá, ni podrá, ocupar ese último lugar - que es el primero - aunque posea los recursos bélicos y económicos para dominar al mundo. No es una ingenuidad lo que estoy afirmando sino el resultado constante del proceder histórico de Dios. Desde la Encarnación de Cristo Dios mantiene el mismo comportamiento en los acontecimientos más notables de una historia que aún no ha concluido.

 

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