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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

Domingo 1 de octubre de 2006

Marcos 9, 38-43. 45. 47-48.

  

1.- La violencia contradice el plan de Dios.  Jesús sabe recoger, de las personas y acontecimientos más diversos, lo que contribuye al cumplimiento del plan de su Padre. El ser humano, cualquiera sea su situación cultural o religiosa, abriga coincidencias fundamentales que tienen un común origen en la creación de Dios. La vocación a la tolerancia y al buen entendimiento es una característica innegable de la fe cristiana. El egoísmo ha provocado distancias abismales entre personas, pueblos y culturas.  Jesús viene a erradicar el egoísmo y a restablecer el amor en las relaciones con Dios y entre los hombres. Tanta violencia y amenazas de destrucción contradicen el plan divino revelado en Cristo y deciden el método destructivo de la guerra. La mansedumbre y humildad de Jesucristo se constituyen en vencedoras de la muerte y del odio. La Santa Víctima del odio irracional, inmolada en la Cruz, elimina la causa única del egoísmo y desemboca en el misterio sobrecogedor de la Resurrección. Anunciar esta Verdad, en un mundo sumergido aún en el odio y la muerte, aparece como un sueño irrealizable – al modo de los cuentos de hadas - pero cumplido admirablemente en la persona de Cristo muerto y resucitado: “Si Dios le ha sometido todas las cosas (a Cristo), nada ha quedado fuera de su dominio” (Hebreos 2, 8)

 

2.- La lista de los mártires.  Lo vemos coronado de gloria y esplendor, a causa de la muerte que padeció. Así, por la gracia de Dios, él experimentó la muerte en favor de todos”. (Ídem 2, 9) Es para todos, sin posibilidad de excluir a nadie y - esta es la convicción que alienta e inspira la evangelización de la Iglesia - debe llegar a todos su noticia. Ese exigente compromiso con el mundo de todos los hombres y pueblos, constituye el peligro de constantes persecuciones y de muerte. La lista de mártires, hasta nuestros días, es abultada. Las amenazas actuales, provenientes del terrorismo internacional, no intentan más que incrementar esa gloriosa y trágica lista. El Espíritu de Cristo alienta una respuesta evangélica, incomprensible para el mundo: “Bendigan a los que los persiguen, bendigan y no maldigan nunca. Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes. No presuman de sabios. No devuelvan a nadie mal por mal… En cuanto depende de ustedes, traten  de vivir en paz con todos… No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal haciendo el bien”. (Romanos 12, 14-21) Ésa será siempre la respuesta cristiana al inútil propósito de destruir la fe en Cristo. Para mantenerla se requerirá el valor - que no se prueba esgrimiendo armas mortíferas contra poblaciones pacíficas e inocentes - únicamente expresado en el amor evangélico.

 

3.-  Santa Teresita del Niño Jesús.  Los santos han extraído de su Modelo divino ese formidable valor. Hoy celebramos la fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús. Una joven carmelita que, en los padecimientos espirituales y físicos, supo desgranar su vida oculta por amor a Dios y al mundo. Su heroicidad abarca los instantes más imperceptibles de sus pocos años y cobra relieve especial en su dolorosa enfermedad. Después de su muerte, el 30 de septiembre de 1897, se produce “una explosión de gloria” que desborda a la Iglesia - “en cuyo corazón quiso ser el amor” - y se hace reconocer por los más variados pueblos de la tierra. ¡Que diferencia entre su extraordinaria valentía, sin más armas que el amor, y la despiadada frialdad de quienes sacrifican las vidas de sorprendidos ciudadanos! El mensaje evangélico se encarna y eterniza en humildes “débiles y mansos”, capaces de ofrecer sus vidas por amor a los propios perseguidores. El mundo puede objetar los términos de nuestra predicación pero, ¿quién se atreverá a poner en duda el contenido de una vida así inmolada? Por ello San Pablo exponía, como síntesis preciosa de su doctrina, a Jesucristo crucificado. A Cristo hay que verlo morir para descubrir su presencia viva y vivificante. La gran devoción popular a la Cruz del Señor es el más elocuente reconocimiento de su presencia viva, por la Resurrección. No nos avergonzamos de ser los “siervos de la Cruz”.  Sin embargo algunos bautizados laicizantes pugnan por desalojar de las aulas de nuestras escuelas - para que las minorías no creyentes “no sufran discriminación” - la Cruz que identifica y distingue la fe de las mayorías cristianas.

 

4.- El espectáculo continúa.  Desde estas reflexiones no he dejado de llamar a nuestros conciudadanos - argentinos y correntinos - a la coherencia real entre fe y vida, doctrina y comportamiento, valores cristianos y legislación para una sociedad mayoritariamente cristiana. No es fácil el equilibrio en un clima humano donde el pluralismo se inclina en favor de las minorías perjudicando injustamente a las mayorías. Es verdad - también - que algunos componentes de las mayorías cristianas exhiben una supina ignorancia, contaminadora de la fe que debieran profesar. Basta examinar las argumentaciones de legisladores y periodistas que, no obstante, afirman pertenecer al redil de los católicos, apostólicos y romanos. El espectáculo continúa y se multiplican los proyectos de leyes que excluyen apriorísticamente los contenidos de la fe católica. Existen dos causas inocultables: la ignorancia de la doctrina católica y la debilidad moral. La primera no permite ver y valorar; la segunda frena la coherencia de la vida con la Verdad. Un mal que aparece como nuevo y, no obstante, remonta su existencia a los orígenes del cristianismo. Desde entonces aparecen las herejías, los cismas y las lastimosas “dobles vidas”. Signos de una batalla entre el pecado y la gracia, la infidelidad y la fidelidad, el bien y el mal. En el interior de la Iglesia-peregrina se manifiestan la santidad y el pecado, vale decir, la tan mentada incoherencia de los pecadores y la coherencia admirable de los santos.

 

5.- Valiente confesión de fe.  Es preciso recibir el aliento refrescante de la santidad en medio de tanta miseria. La luz debe brillar “para iluminar a los que están en la casa” y, por lo mismo, no tolera ser guardada “debajo de la cama”. Algunos cristianos, afectos a una religión ideologizada, rechazan la mención de los santos. No obstante, “el mundo necesita el testimonio de la santidad” (Juan Pablo II) y en segundo lugar el discurso de los apologetas. Ya lo intuía el gran Pontífice S.S. Pío XII, hace casi setenta años.  Es el momento de que la Iglesia - en sus mejores cristianos (los santos) - manifieste su identidad evangélica y su verdadera naturaleza. ¡Basta de ocultarla! Los enemigos de siempre intentarán, valiéndose de algunos hábiles gestores de la cultura contemporánea, desprestigiarla e impedirle cumplir su misión en el mundo. Es oportuno recordar  - a todos los cristianos - las palabras alentadoras de Jesús: “¡No teman!”

 

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