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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

DOMINGO 8 de octubre de 2006

Marcos 10, 2-12

  

1.-  No separen lo que Dios ha unido.  Iniciamos el décimo mes del año 2006. Jesús comprende las debilidades humanas pero no modifica, por ello, el precepto divino. En este texto se refiere a la indisolubilidad del matrimonio. Si Moisés, el gran intérprete de la Ley divina, suavizó la aplicación de la Ley no fue porque fuera modificable sino por una actitud pedagógica alejada de todo irresponsable permisivismo: “Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. (Marcos 10, 4-9) Cristo es la perfección del profetismo que poseía Moisés y, por lo mismo, el verdadero intérprete de la Ley divina. Algunos, hasta cristianos, se atribuyen derechos y capacidad para corregir la lectura que Jesús hace de la Ley de Dios. El gran debate sobre el derecho a la vida, el matrimonio y la sexualidad, recibe una andanada de opiniones contradictorias que parecen no admitir una autoridad doctrinal superior. Se rechaza la autoridad de Cristo y de su Iglesia y, haciendo alarde de un discurso ambiguo sobre la libertad, se produce un sometimiento servil a la ideología de turno.

 

2.-  No cede a las presiones.  El mundo de la cultura es el más proclive a esa contradicción. En nombre de la libertad reivindicada se arroja en brazos de otros captores. Así se pierde la libertad, no se la ejerce como corresponde, se la diluye entre antojadizas alternativas que alejan de la verdad y del bien. La Iglesia ofrece una Verdad de la que no es autora. Es la Palabra de Dios; la brinda observando su integridad con escrupulosa minuciosidad. Es cruelmente perseguida por la fidelidad que le debe. La consideran hipócrita porque no cede a las presiones externas e insiste en predicarla - y enseñarla – sin glosas que la traicionen. En una oportunidad, y ante el peligro de ser condenados por el poderoso Sanedrín, los Apóstoles respondieron a la insistencia de aquellos señores: “Pedro, junto a los Apóstoles, respondió: ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo”. (Hechos 5, 29-30) La valentía de aquellos hombres responde a la tarea pedagógica del divino Maestro. Aprendieron de Quien les dio ejemplo de fidelidad a la voluntad del Padre. La Iglesia ha recibido esa herencia y la guarda con particular esmero. La firmeza imbatible de sus enseñanzas es una resistencia - a veces heroica - por ser fiel a lo heredado. El mundo del relativismo no comprenderá que la Palabra de Dios no está sometida a la fluctuación de las frágiles decisiones humanas. Cuando los hombres se adhieren a Ella, adquieren la solidez de la Verdad que les revela.

 

3.- Trampas intelectuales.  El sustento macabro de la ignorancia es la soberbia. El humilde se convierte rápidamente en sabio porque aprende. Pero la soberbia es indoblegable mientras no se produzca una saludable “caída del caballo”, como le ocurrió a Saulo de Tarso, que luego fue San Pablo. Algunos hombres se trampean intelectualmente y concluyen en el fracaso.   No creen que eso ocurrirá e insisten, engrosando el número mencionado por la Escritura: “El número de los tontos es infinito”. Jesús glorifica al Padre porque los “pequeños” son los únicos destinatarios de su Verdad. Los soberbios no atinan con la clave inspiradora que les permita acertar con el proyecto adecuado y con el camino que conduce a su realización. Pienso en los hombres y mujeres que constituirán la dirigencia del mañana inmediato. Dios nos conceda dirigentes humildes que sepan recibir el aliento de gracia para la construcción de la verdad que el pueblo necesita. ¿Podrá ser? Ciertamente. Todo Saulo puede ser un Pablo Apóstol. Basta que sepa aprovechar la “caída del caballo”, aceptar la ayuda de los hombres sabios y alejar de su lado a los oportunistas y violentos. Las lecciones que la historia formula dolorosamente se repiten ante la mirada atónita de un pueblo paciente y anhelante. ¿Vale la pena releer las páginas amargas del siglo XX y del que se ha iniciado? Es saludable hacerlo. Pero, para aprender, de ninguna manera para cometer  nuevos errores, quizás más trágicos que los anteriores.

 

4.-  Reaccionar humildemente.  ¿Tendremos que esperar “caídas del caballo”? ¿No será mejor volverse juiciosos y pensar con seriedad en base a una memoria saludable, para aprender? El enemigo del hombre no es el hombre sino el error y el egoísmo que lo han infectado. El hombre, alcanzado por la gracia de Cristo, sabrá vencer al error, al egoísmo y a sus crueles derivados: la violencia, la injusticia, el terrorismo y la guerra. Para ello será preciso que reaccione humildemente, como el Saulo ciego, hasta que se deje vencer por la gracia y recupere la vista. Es importante superar los conflictos y restablecer el orden gravemente alterado por el odio y la irresponsabilidad ciudadana. Es lamentable la persistencia de la enemistad cívica por causa de viejos altercados, aún no solucionados. Se reclama, legítimamente, que no haya impunidad y que una justicia independiente de presiones ponga las cosas en orden. Para lograrlo se requieren algunas saludables renuncias. El equilibrio es de absoluta necesidad para que no se produzcan confusiones trágicas, como las de entender que la venganza y el ansia de aniquilamiento de los ocasionales enemigos son logros o expresiones válidas de la justicia. Desde la fe cristiana debemos denunciarnos tales maniobras, si queremos ser honestos - con lo que afirmamos creer - y decidimos obrar cristianamente. Ya el mundo de la cultura está muy sacudido por estereotipos  que contradicen los contenidos del Evangelio o de una sana filosofía. Su influencia en la educación, en la economía y en la política crea una especie de caos difícil de revertir.

 

5.-  Administrador Apostólico.  Es el momento de la transparencia. La adolescencia se reedita; cuando se la cree superada adquiere rasgos absurdos y solemnes, como un maquillaje juvenil para gente adulta. Es preciso adoptar un comportamiento acorde a la edad psicológica y espiritual propia. No es fácil. Sobre todo cuando la edad ha sido tenida en cuenta para el otorgamiento de responsabilidades. Debemos ayudarnos mutuamente. Ahora un informe. He sido nombrado, por el Santo Padre Benedicto XVI, para acompañar, en un tramo particularmente importante de la historia de la Iglesia de Misiones, a mi hermano Obispo Joaquín Piña y a su amada Diócesis de Yguazú.  Lamento que una prensa políticamente manipulada teja teorías falsas sobre el hecho de mi Administración Apostólica. La Diócesis de Yguazú ha sido muy bien conducida por Mons. Piña, su primer Obispo, durante veinte años. Ha llegado la hora de su merecido y digno retiro, como me llegará a mí en breve. Durante dos meses, hasta que asuma el nuevo Obispo, serviré a la Diócesis hermana - de la que soy Metropolitano - sobre su mismo y acertado rumbo pastoral. Solicito, para ello, la gracia de Nuestro Señor y la maternal protección de María.

 

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