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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

- Domingo 5 de noviembre de 2006 -

Marcos 12, 28-34

 

1.- El mandamiento del amor.  Los dos primeros mandamientos son los menos respetados en una sociedad que intenta emanciparse de toda tutela religiosa. No obstante constituyen los mandamientos teóricamente con mayor consenso. Ni el ateismo se opone a ellos, al menos en su aspecto pragmático. Me refiero particularmente al segundo: “El segundo es: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos”. (Marcos 12, 31) El primero es el sustento necesario del segundo. El que no ama a Dios, ama mal a su prójimo o, simplemente, no lo ama. Una simple mirada a la realidad cotidiana basta para comprobar qué poco se aman quienes más deben amarse. La suposición de que el amor debe existir no es suficiente. Se requieren los hechos y el compromiso de los gestos. Recordemos el dicho español, en otros tiempos tan popularizado: “hechos son amores y no buenas razones”. Cristo nos ama con el don admirable de su vida. Muchos hombres y mujeres han logrado - en sus vidas heroicas - ese ideal. Muchos de manera explícita y otros de manera implícita han bebido, del Misterio de la Muerte de Cristo, la inspiración y la gracia para lograrlo. La presencia de Jesús vivo y activo, entre los acontecimientos variados de la historia, es el reaseguro para que el primer mandamiento sea cumplido por las personas que deciden abrir los corazones a su gracia.

 

2.- Proceso de cambio.  El dolor y el disgusto se acrecientan ante una falsa perspectiva de solución. Se pueden convertir en desesperantes, y así ocurre cuando muchos desafortunados seres - muchísimos jóvenes entre ellos - recurren al suicidio. La vida es digna de ser vivida cuando logra expresar, en una respuesta existencial, el amor que debe a Quien es el Amor. Es ésta una lógica conclusión de la creencia en la existencia de un Dios personal y de la fe religiosa auténtica. Si sabemos mantener la atención puesta en Dios - que nos ama antes de iniciarnos en la existencia - advertimos que nuestra historia personal debe constituir una respuesta de amor. Esa convicción alcanza para regular nuestro comportamiento. Los ejemplos de los grandes convertidos acuden a corroborar lo que venimos reflexionando. ¡Qué diferencia existe entre el antes y el después de un ser íntimamente tocado por la gracia! Sorprende el proceso del cambio interior. Basta dejar obrar  a Dios por la gracia de su misericordia. Al poco tiempo aquel ser descreído y disoluto se convierte en un santo. Sin duda que no es obra del propósito humano, hasta ese momento débil e ignorante, sino del Espíritu de Dios, huésped invitado y recibido de la intimidad de cada persona, si así lo ha decidido. El trayecto hacia el logro de esta transformación es tan humilde y oculto que muy pocos lo identifican y aprovechan. Pero hay que atraer la atención sobre su diseño y presentarlo realizado en quienes lo recorren valerosamente.

 

3.- El Evangelio para la vida.  En circunstancias excepcionales Dios nos revela los resultados de ese trayecto. Es bueno leer lo ocurrido en Misiones hace una semana. Un hombre simple, sin aparato alguno para garantizar el triunfo de una elección, se arriesgó a caminar entre la gente, como uno más, y mostrar que el Evangelio desborda recintos dedicados al culto para derramarse, como fertilizante sobre la tierra trabajosamente sembrada o como bálsamo sobre viejas heridas. ¡Qué inconveniente - para los recalcitrantes de siempre - que la religión formal vuelva al Evangelio de Cristo y reclame coherencia con sus términos pacíficamente revolucionarios! Exigir la vigencia social de los valores - religiosamente guardados en la intimidad personal - resulta grato a la gente de buena voluntad y causa escándalo a los escribas y fariseos contemporáneos. Pero es preciso volvernos a Jesús y dejarnos enseñar por Él. Su enseñanza se dirige al corazón y rechaza - a veces severamente - toda apariencia o teatralización de la Verdad expuesta. No se hace el pobre - como un demagogo más - ¡es pobre!; no se hace el componedor artificial de las diferencias ¡es el Artífice de la paz!; no dramatiza sus sufrimientos ¡los padece silenciosa y humildemente! De esta manera pueden ser enumeradas, una a una, todas las Bienaventuranzas. En ellas se encuentra la esencia del Evangelio vivido. Son incomprensibles sin el Espíritu que Jesús otorga a quienes lo siguen.

 

4.- Palabras y silencios de Jesús.  Para que el Espíritu entre en el interior de quienes lo reciben es preciso hacerse con Jesús “pobres de corazón”. Algunos gestos, el estilo de algunas protestas, distan mucho de la “pobreza del corazón” de quienes son constituidos en “dueños del Reino”. Las Bienaventuranzas constituyen un ideal ininteligible para quienes han cedido al espíritu del resentimiento y del odio, de la mentira y de la difamación. Jesús maneja muy bien sus palabras y sus silencios ante los diversos interlocutores. Habla con Pilatos y se niega a pronunciar una sola palabra ante el frívolo Herodes. El Espíritu - su Espíritu - alienta sus diversas y sorprendentes actitudes.  En circunstancias inéditas como las actuales se requerirá que el mismo Espíritu de Jesús inspire las actitudes evangélicas que correspondan. Entonces podremos hacer una lectura seria y honesta de la Palabra y encaminar la oración al logro de su verdadero sentido. Lo mismo digamos del amor a la Iglesia que - en su faz temporal - presenta una inexplicable combinación de blancos y negros o de claros oscuros. Borrarla como signo de la fe por la opacidad manifestada por muchos de sus miembros es una peligrosa incongruencia. Hay que pedir a Dios la fortaleza y la discreción para no perder el ánimo y sostener la fidelidad tanto en el obsequio de la obediencia como en la valentía paulina de exponer la honesta opinión. Una comunidad evangélicamente viva no improvisa ese comportamiento, lo cultiva en la mansedumbre y en el amor.

 

5.- Allí está la posibilidad.  El mandamiento del amor vuelve a exigir su lugar primordial. Aparece impracticable si no es acompañado por el Espíritu del Hombre Nuevo: Jesucristo. Nos corresponde atender el leve movimiento de su aliento: “Sopló sobre ellos y les dijo: ¡reciban el Espíritu Santo!”. Allí está el secreto y la posibilidad. Muchos hombres y mujeres, jóvenes y hasta niños han atestiguado - en sus vidas heroicas - la eficacia admirable de ese aliento de gracia. No existe una fibra humana especialmente elaborada para hacer santos. La conversión de grandes pecadores, que exhiben naturalezas muy dañadas por la adicción al mal, manifiesta una transformación humanamente impensable. La gracia de Cristo, transmitida por su Espíritu, hace ciertamente posible el cumplimiento del mandamiento del amor.

 

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