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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

Domingo 19 de noviembre de 2006

Marcos 13, 24-32

  

1.-  Cristo viene.  Cristo ha venido y está viniendo continuamente. Los signos de ese llegarse a nosotros están al alcance de la mano. Estamos acostumbrados  a dejar pasar las oportunidades estimando que vendrán otras mejores. Actitud que responde a apetencias muy personales, envueltas en su extrema debilidad y anticipadamente destinadas al fracaso. Es conveniente leer los signos de la venida de Cristo como acontecimiento actual, de otra manera el mundo real será trágicamente confundido con el mundo aparente. Dios hace de su Verdad una realidad que pasa a ser nuestra. Para ello su Verbo se encarna y hace que su Historia de Salvación se haga “carne” o historia humana. No hay más que dos alternativas: o recibirlo, cuando llega, o morir asfixiados en la imagen engañosa del mundo sin Dios que se nos intenta imponer. Si no enfrentamos la disyuntiva, presentada como consecuencia de ambas alternativas, pasaremos sin pena ni gloria por la vida. ¿No es lo que ocurre con muchos hombres y mujeres de nuestras rutilantes sociedades? La calidad espiritual y moral  - sumamente debilitada - constituye la prueba irrefutable. La mediocridad y la frivolidad que parecen imperar en las variadas expresiones de nuestro entorno social responden al mismo y lamentable origen.

 

2.- El mundo debe despertar.  Es la ocasión de reaccionar ante tal comprobación. El estado de generalizada inacción sume a la sociedad en una noche sin perspectiva de cercano amanecer. Alguien debe despertar al mundo. Es la especial misión de Jesucristo. Su cumplimiento está ofrecido como fuente saludable a quienes se predisponen a recibir su peculiar resonancia. Muchos, a Dios gracias, despiertan a su llamado y abren los ojos a su luminosidad. Son quienes lo adoptan para la vida y el compromiso. Es la constitución de una vida cristiana auténtica que espontáneamente ocupa su lugar en el entrecruce de ofertas ideológicas y religiosas tan variadas.   La fe cristiana singulariza a quienes la adoptan para protagonizar la historia. La calidad de fermento que cada cristiano constituye entre sus contemporáneos no excluye otros intentos, los considera verdaderas pistas de acercamiento al Evangelio de Cristo. De allí la vigencia del ecumenismo como intercambio y mutuo aliento hacia la Verdad que Jesucristo encarna. Hablo, lógicamente, desde la perspectiva de mi fe católica. Cristo desborda toda esperanza y logra la perfección de lo esperado. Es el Señor que aguardan los hombres, el Mesías de Dios, el auténtico Salvador. No nos es lícito disimular su presencia actual. La Iglesia, signo elegido por el mismo Jesús para hacerlo presente, debe desarrollar históricamente esa misión a pesar de las contradicciones y persecuciones que la agraden constantemente.

 

3.- Siglo XXI, ciego y sordo.  Nuestros conciudadanos, católicos y no católicos, claman por Jesucristo y sufrirían una trágica decepción si no lo hallaran. El recordado Pablo VI emplea términos muy severos para referirse a la responsabilidad evangelizadora de la Iglesia. Entiende que Dios intente otros caminos para salvar a los hombres pero no se explica cómo lograrán salvarse quienes deben evangelizarlos. (Evangelii Nuntiandi) El mundo del siglo XXI se halla literalmente postrado, sin oídos para escuchar y sin ojos para ver. Es preciso que recupere el oído y la vista para que la Palabra no suene en vano y los signos visibles de la presencia de Cristo no se pongan ante entendimientos que no saben descifrarlos. La acción ministerial de la Iglesia se hará cargo de esa irremplazable labor. No consiste ésta en hábiles campañas para captar adherentes sino en el testimonio de santidad de los cristianos. Para ello será necesario promover la santidad de todos los creyentes, cualquiera sea la misión que deban desempeñar tanto en la Iglesia como en la sociedad. Sin santos no hay misión y, lógicamente, la evangelización del mundo resulta irrealizable. Desde esta reflexión, instalada hoy en el interior de la Iglesia, se comprueba el origen de su actual debilidad misionera. También se descubre el secreto de la fecundidad apostólica manifestada en el transcurso de su extensa y accidentada historia. Quienes han decidido seguir a Jesús, prestando atención a su llamado directo e inconfundible, han experimentado la virtud espiritual del Espíritu de Pentecostés.

 

4.- La Verdad necesaria.  La prédica de la Iglesia no puede entretenerse en asuntos que no hagan referencia al núcleo de la evangelización. Desde el mismo se producirá la animación e iluminación de los temas más álgidos, necesitados de su Verdad. En la Palabra predicada y testimoniada está todo lo necesario. Está Cristo, el Mesías de Dios, el único ser necesario para llegar a resolver las cuestiones más difíciles. Cuando los ocasionales dueños del poder acallen sus absurdas e íntimas ambiciones se encontrarán en condiciones de iniciar un verdadero trayecto a la verdad y al orden social. No antes, ni por otro camino; el sendero está definitivamente trazado y no admite otro que no sea Cristo. La cosa es simple. Las complicaciones provienen de los hombres que pretenden una novedad que no es más que la reedición de antiguos y fracasados proyectos.  La auténtica novedad proviene del Espíritu. Eludirlo o rechazarlo constituye el más grave error. Lamentablemente, entre quienes debieran obedecerle con prontitud, se produce también una trágica inconciencia de su necesaria presencia y acción. El Espíritu de Dios - lo hemos afirmado en otras ocasiones - es el don de Cristo resucitado a sus discípulos y al mundo. Será preciso estar alertas a Él. Los vendavales que acosan a la humanidad proceden de la confusión y del desorden moral. Solo Dios es el ordenador de la vida humana. La paz auténtica y definitiva procede de la armonía lograda entre la voluntad de Dios y la voluntad del hombre.

 

5.- Cristo restablece la verdad y el orden.  No basta conocer los mandamientos de Dios, es preciso cumplirlos todos y en su plenitud: la caridad. ¿En qué consiste la santidad? Se preguntaba un preclaro Obispo de la Iglesia, ya fallecido, y se respondía con impresionante sencillez: “En conocer el catecismo y vivirlo; en aprender los mandamientos y cumplirlos”. El mundo necesita hacedores de la Verdad, auténticos cumplidores de los mandamientos de Dios. Tendremos que extender este elemental reclamo a toda actividad o función en la sociedad, y en la Iglesia. Los grandes que el mundo necesita son los cumplidores de los principios que han sostenido la vida de los pueblos, no sus transgresores. Cuando se burlan las leyes, desde arriba o desde abajo, se ofende gravemente a Dios y se produce un verdadero caos en el pueblo. Cristo viene siempre a restablecer la verdad y el orden comprometiendo la libertad, íntimamente redimida por su Sangre redentora.  

 

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