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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

Solemnidad de CRISTO REY

 - 26 de noviembre de 2006 -

Juan 18, 33-37

  

1.-  Su dominio es amor y servicio. Nos hallamos a una semana del Adviento. La naturaleza del reinado de Cristo escapa a toda consideración estimada normal hasta el momento. Cristo es Rey según la mente de su Padre. Su dominio es amor y servicio, olvido de sí y atención puesta - sin reservas - en quienes tiene el deber de “gobernar”. La verdad expuesta no es una utopía irrealizable, es un verdadero proyecto razonable y posible. El dominio que Jesús ejerce sobre la humanidad es amor que perdona el pecado y restablece el orden. Es otra visión de la función de gobierno. Como todo lo que procede de su Espíritu contradice al mal anidado en la naturaleza humana por causa del pecado. Mientras el hombre interior - que opera en cada hombre - no cambie de verdad, seremos testigos de altercados sucesivos, de injusticias flagrantes, de traiciones fundadas en dialécticas corrosivas y engañosas. Leo, a veces consternado, algunas cartas de lectores, distribuidoras de culpas y juicios implacables, que expresan el secreto intento de mezclar a Dios con el César. También, y gracias a Dios, aparecen otras, reflexivas y sensatas. La sociedad respira  por sus heridas. Aparece la fea supuración de la corrupción y de su aliada desembozada: la maledicencia. Necesitamos cambiar el corazón. Se logra por la fe auténtica y la religión “sin mancha”. Para que los Pastores no llamen a la conversión se los quiere distraer en temas que deben resolver otros miembros de la sociedad.

 

2.- Pastores y laicos.  Su misión es aportar, desde la fe, una seria reflexión sobre la realidad y elementos necesarios para la formación de la conciencia de quienes - cristianos - deben actuar en la ciencia, en la política, en la justicia y en la orientación de las relaciones entre las personas y los pueblos. Ardua tarea misionera que distancia - a los Pastores - de la relatividad de las opciones políticas y sociales propias de sectores y partidos. Decidir por el ministerio tiene sus aspectos favorables y sus inconvenientes. Entre estos últimos están los pretenciosos agentes de cierta política dispuestos a que todos - también la Iglesia - se sumen al intento de destruir a sus ocasionales enemigos. ¿Dónde quedaría el precepto evangélico de la caridad? La visión del núcleo del Evangelio - que predicamos - no disminuye ni empalidece la legítima controversia y el fervor por sostener propias y respetables ideas. La complejidad de la vida en sociedad, de la que participa la Iglesia de Cristo, necesita que la enseñanza evangélica mantenga su capacidad de orientación, de acuerdo a los valores trascendentes que sustenta; de allí que la misión específica de los cristianos laicos es hacerse presente como fermento de unidad en la legítima y providencial diversidad. La tentación a la clericalización de la actividad temporal se impone cuando el laicado no ocupa el lugar que le corresponde. El reinado de Cristo no es una mezcla fragmentaria de funciones y responsabilidades, como ocurre con algunas alianzas políticas.

 

3.- Diversidad y división.  Cristo es un Rey que da la Vida, ofreciendo la propia en el oscuro madero de la Cruz. Por ello, la única Ley que rige a su Reino - que no es de este mundo - es el Amor. El amor no se da entre idénticos, para una estéril agregación, sino entre diferentes: Dios y nosotros, el varón y la mujer, identidades personales absolutamente irrepetibles. Somos distintos no para vivir en la división sino para realizarnos en el amor y en la unidad. Lamentablemente el pecado ha convertido la diversidad en perniciosa división. Cristo viene a restablecer la auténtica unidad eliminando la causa inequívoca de la división y del odio. Es el “Cordero que borra el pecado del mundo” no por el sendero de la destrucción de quienes se han identificado con el germen infeccioso de la ruptura. Lo hace aceptando la cruz. Muere por quienes merecen morir; por quienes - mereciendo ser destruidos - lo destruyen a Él injustamente. ¡Cuántas veces hemos meditado la Pasión! Sin embargo aún permanecemos en la inconciencia o en la indiferencia. Es preciso ponernos a la obra. Construir eficazmente la unidad no admite otro método que el de Cristo. La gracia que procede de su gesto de amor - que compromete su seguridad y su vida - es la única posibilidad para lograrlo. Aceptándola, sin reservas, conseguimos recorrer el único camino que conduce a la recomposición social que proclamamos intentar.

 

4.- Subordinación a las leyes divinas.  Esta es nuestra fe. De ella extraemos la energía que nuestro empeño reclama en pos del cumplimiento de nuestro destino y de nuestra misión. El “voluntarismo” se ha apoderado de los mejores proyectos y los ha inutilizado. Los desalientos y vacilaciones en el cumplimiento - hasta el fin - de nuestra responsabilidad  proceden de la inseguridad. No andamos bien cuando olvidamos nuestra necesidad de Dios. La madurez, a la que es preciso encaminarse, incluye la confianza en el Padre Dios que nos ha creado “sin nosotros”, como afirma San Agustín. Es importante e imprescindible el compromiso de nuestra libertad para que el plan de Dios - en nuestras vidas personales - se cumpla cabalmente. El Creador ofrece - a nuestra activa y responsable aportación - la posibilidad de llevar a la perfección su Creación. Pero debe darse una sabia subordinación a las leyes dimanadas de su Plan. Conocemos los resultados de la no observancia de sus leyes, aunque algunos contemporáneos, en el grave ejercicio de sus funciones de gobierno, parecen excluirlas de sus actuales proyectos y legislaciones. Un mundo vuelto a Dios, en humilde actitud de obediencia, encuentra las condiciones necesarias para recuperar el orden, la sabiduría y la paz. El Evangelio, que lo propone constante y claramente, aparece como un grave inconveniente para quienes han producido cambios de planes que no quieren deponer aunque adviertan su inevitable fracaso.

 

5.- Maestros de obra.  El Reinado de Cristo se construye con “maestros de obra” que se atienen rigurosamente al diseño dibujado por el Creador.  Los hijos fieles, adiestrados por el Hijo Fiel, son los “maestros de obra” que ponen todo lo que han adquirido en la construcción de ese Reino. A los más - los laicos - les corresponde las actividades temporales, desde las más encumbradas hasta las más humildes. Cristo está conduciendo, con su inspiración y su gracia, la faz temporal de la construcción de ese Reino. Exige conversión: “conviértanse, el Reino de Dios está próximo”. Ya está presente. Es ya un acontecimiento que avanza hacia la culminación de la historia. La conversión, a la que nos sigue llamando Cristo, es la condición indispensable para ser buenos constructores del Reino de Dios.  ¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!

 

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