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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO - 3 de diciembre de 2006.

Lucas 21, 25-26. 34-36

 

1.-  Es el Señor Jesús.  El Señor viene. Ha sido el aliento esperanzador de las primeras comunidades cristianas. La experiencia de la presencia viva de Cristo preparó a aquellos indomables cristianos para enfrentar crueles persecuciones. Desde la conversión de Pablo se comprueba que la fe identifica a la Iglesia con su Señor: “Saulo, ¿por qué me persigues? - ¿Quién eres, Señor? - Soy Jesús, a quien tú persigues”. Hoy ocurre lo mismo. Jesús y su Iglesia se identifican. Perseguir a la Iglesia es perseguir a Jesús. Escuchar la voz auténtica de la Iglesia es escuchar a Jesús, el divino Maestro. Estas afirmaciones podrán ser rechazadas por quienes no creen, pero, son toda la verdad para quienes creemos. Lo importante para los creyentes es ser coherentes con ella y no ponerla entre paréntesis frente a la mínima objeción del relativismo moderno.  Nos hallamos ante una sociedad donde el principio de la duda existencial dicta las normas del comportamiento. Se ponen en duda las verdades de la fe y se cree sin vacilaciones los embustes del horóscopo y del tarot. ¡Qué irracional parece el rechazo sistemático de los contenidos de la fe y la adhesión ingenua a cualquier fabulación de moda! Toda oportunidad es buena para una cuidadosa catequesis. La ignorancia endémica - muy agravada hoy en los temas de la religión - constituye un desafío que es preciso aceptar.

 

2.- Adviento, espacio de vida.  Cuando se deduce una mayor exigencia moral de la catequesis de los sacramentos, aparece la réplica airada de quienes quieren que la religión sea el “opio” de siempre y no reclame más que una simple y formal anotación en Libros bautismales. El Adviento que hoy iniciamos abre un espacio importante en nuestra vida cristiana. En él tendremos la ocasión de revisar nuestra real situación religiosa. El método será el brindado por la Iglesia en este tiempo litúrgico “fuerte”. En cuestiones de la fe no alcanza el conocimiento intelectual - aunque su inclusión sea necesaria - es preciso iniciar o profundizar una práctica que llegue a comprometer la vida personal y social. Esta verdadera encarnación de la verdad religiosa tiene su vertiente principal en la Palabra de Dios y en la gracia de los sacramentos. Su ausencia se hace notar de inmediato en repetidas contradicciones y hasta en burdas manifestaciones de adhesión institucional a gestos “litúrgicos” alejados de la genuina Liturgia de la Iglesia. Es preciso reforzar la autenticidad de la profesión pública de la fe. Si se jura sobre los Evangelios que la gestión iniciada se desarrolle inspirada por los valores evangélicos. Se  detecta que la formalidad de las celebraciones sociales contamina a las de índole religiosa. Recuerdo la afirmación de un antiguo funcionario de Estado: “Soy muy católico, no dejo de asistir al Te Deum con motivo de las fechas patrias”.

 

3.- ¿Somos o no somos?  ¿Cuándo decidiremos ser lo que debemos ser? ¿Qué me identifica como cristiano? ¿No es la plena aceptación del contenido de la fe que profeso? Si digo ser católico y contradigo la fe católica - que me identifica - estoy manifestando una escandalosa incongruencia. En el ámbito de mi existencia ciudadana, si digo y me enorgullece ser argentino y traiciono las leyes y el espíritu de la Constitución, también soy incongruente y trabo con mi mediocridad los esfuerzos de tantos buenos ciudadanos. La fe tiene que ayudar - con particular eficacia - a construir una Patria justa y fraterna. Si la mayoría dice profesarla ¿por qué la sociedad no muestra el beneficio moral de la fe común? Difícil respuesta a una pregunta simple. Sin embargo hay una respuesta. Estamos clasificados entre los menos aventajados ciudadanos del mundo - me refiero a elementales virtudes de orden y convivencia - ¿por qué si la fe de la mayoría exige un comportamiento moral especialmente elevado? Porque se ha descuidado el valor social de la fe y se la ha relegado a una mera representación simbólica. ¡Cuántas veces hemos dicho que la fe es para la vida! No obstante, comprobamos que la actual vida en sociedad desecha las exigencias de la fe y se burla de ellas. La cultura, como se la intenta enriquecer e imponer, está sufriendo un lavado impresionante de los valores de la fe, teóricamente presente en más de un 80% de la población, en algunos lugares - como Corrientes - el 94, 2%. ¿Cómo salvarla del despojo de la fe católica a que se la está sometiendo intencionalmente?

 

4.- El compromiso de la santidad.  Los grandes constructores del Reino de Dios son los santos. Aunque la Iglesia valora los talentos y la actividad científica de muchos hombres y mujeres de nuestro siglo, no deja de recordar que únicamente la santidad hace grandes a los ciudadanos de este mundo.  Cortos son los pasos que los más notables pueden dar hasta hallar el atajo que los lleve a la sabiduría. Un simple examen, provisto de cierta clemencia y consideración, nos ofrece el resultado de esfuerzos débiles y  de proyectos inconclusos. La santidad, canonizable o no, supera la fragilidad humana ya que sabe depositar su confianza en la gracia de Dios. No la logramos aún, como debiéramos, en nosotros y en nuestros conciudadanos cristianos. En su inmensa mayoría piden que se les hable románticamente de Dios y rechazan que se les señale el compromiso que incluye ser cristianos. Cuando nos referimos a las exigencias puntuales que emanan del seguimiento de Jesús nos reprochan que no les hablemos de Jesús. Existe una diferencia entre el teleteatro y la vida, entre la emoción y el compromiso. Cristo llama a la conversión, no a una inestable adhesión afectiva. Por ello, la Palabra de Dios debe reclamar un cambio que toque la vida personal y social sin medir el grado de satisfacción que causa en sus interlocutores. En la lectura simple del Evangelio advertimos el valor que despliega Jesús ante sus farisaicos adversarios. Su palabra, en labios de su Iglesia, suscita la misma reacción, tanto de aceptación como de rechazo.

 

5.- La fidelidad a Dios.  El Adviento, tiempo de espera y de intensa renovación interior, crea un clima que favorece las decisiones más firmes en pro de la fidelidad a Jesucristo. Renovar la fidelidad a Cristo es el propósito de los “tiempos fuertes” celebrados por la Iglesia durante el año. Es una pérdida irreparable dejarlos pasar sin pensar en sus sabias exigencias. Pero ¡Cómo incomoda atender el llamado constante a la conversión del corazón! ¡Qué impaciencia causa el reclamo de perfección evangélica que la Iglesia, en su predicación y en su Liturgia, reitera año tras año! El Adviento es un silencio fecundo para que la Navidad sea una Fiesta verdadera. Muy semejante al silencio contemplativo de María “embarazada de Dios”. La Iglesia mira a la Virgen Santísima como modelo de silencio fiel y amorosa contemplación. Nuestro ser-la-Iglesia debiera llevarnos, más que a la presentación de reclamos extraños a la fe, a la docilidad ejemplar que María profesaba al Padre Dios. Que el Adviento sea ese tiempo, fuerte y transformador.

 

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