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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

2º domingo de Adviento - 10 de diciembre de 2006

Lucas 3, 1-6

 

“(Juan) comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”.

  

1.- El Precursor.  Juan Bautista prepara el camino de Dios hacia nosotros y el nuestro hacia Dios. Su misión, cumplida entonces, está vigente ahora. Necesitamos que alguien allane el camino para que podamos transitarlo con seguridad. La Iglesia hace de Juan en tiempos fuertes como el Adviento, para luego ofrecernos al “Dios que viene”. Es conveniente observar a Juan desde la Pascua celebrada. Su llamado a la penitencia orienta nuestro sendero al perdón del Cordero de Dios. El agua de la conversión - tocada por el Espíritu de Pentecostés - regenera y santifica. Juan constituye el ejemplo a seguir durante todos los advientos de nuestra vida: su actitud penitente, su fidelidad a la misión, su búsqueda incansable del Señor “que viene” y le indica el ocaso de su actividad misionera. Todo en él es movimiento y esperanza, paso que precede y desaparición cuando llega el “Esperado de las naciones”. Su amor a Dios - que lo constituye en un gran profeta - se hace descubrimiento de Cristo, el Emmanuel. Cuando lo identifica públicamente sus discípulos toman la inmediata decisión de abandonarlo; sabe que ellos dan por terminada su búsqueda, no sin su oportuna inspiración: “Es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”.

 

2.- Fidelidad a la verdad.  Le creen y abandonan su fatigoso esfuerzo por encontrarlo. Si es el Cordero ¿por qué no seguirlo? ¿Qué significa Juan si ha llegado el Anunciado por él? La humildad del Bautista es fidelidad a la verdad. Por esa fidelidad perderá la cabeza. No teme quedarse sólo; es inevitable que así sea. Está en paz porque su voluntad responde desinteresadamente a la de Dios. Cristo es también su Redentor y en Él todo queda cumplido para su vida de profeta y esperanzado penitente. Cuando llegue el final de su búsqueda - el martirio - reaparecerá glorioso en el abrazo de Quien lo envió. Su itinerario se cumple en cada uno de nosotros como patrón común ideado por Dios para sus fieles servidores e hijos. Jesús recorrerá un sendero mucho más exigente. Será despojado hasta de su honor y de su “figura de hombre”. La cruz de Cristo es más que la soledad, es el desamparo absoluto, es la abyección.  El amor puro hace posible que la cruz sea redentora. El sufrimiento: “ese ingrediente de la vida humana”, como decía el recordado Mons. Zazpe, purifica el amor, lo desprovee de todo egoísmo y hace posible la auténtica redención. Así lo entiende y manifiesta Jesús adoptando la pobreza y la obediencia a su Padre, “hasta la muerte y muerte de cruz”. Este mundo, que busca el placer en sus formas más sofisticadas y enajenantes, no entenderá el misterio de la Cruz de Cristo mientras no sepa abrazarla con Quien pende de ella.

 

3.- El nuevo Bautismo.  La fe, predicada por Juan Bautista, conduce - a quien cree - al Bautismo nuevo, una verdadera inmersión en la muerte de Cristo, como lo enseña San Pablo. No es fácil la comprensión de esta verdad, manifestada en el comportamiento terreno del Señor. Jesús se hace conocer como es en su relación con el Padre y con cada una de las personas que entran en el espacio abierto de su conocimiento. La cercanía con todos se hace tierna con los humildes y los necesitados de su palabra y de su asistencia. Es severo con la hipocresía de los escribas y fariseos. Su trato comprensivo con los pecadores disipa el velo de rigidez que envuelve la ley interpretada por los principales de su pueblo. Hace sentir la bondad de su Padre en sus gestos, palabras y silencios. Quienes lo siguen, atraídos por el encanto de su personalidad, llegan a entenderlo; incluso los niños y los mendigos. No así quienes se mueven inspirados por algún prejuicio ideológico y no logran evadirse de su estrecha trampa. ¡Cuán libre es y cómo sabe interpretar a quienes procuran ser honestos! El error más grave es considerarse absolutamente perfectos. Para llegar a la perfección del Padre, consistente en el amor, es preciso entrar por el estrecho sendero del sufrimiento cotidiano y aceptarlo como saludable purificación. Lo mejor que podemos hacer los unos por los otros es eliminar el aislamiento. San Pablo pide solidaridad cuando exhorta a “llorar con los que lloran y reír con quienes ríen”. Dios se solidariza con el hombre sufriente cuando su Verbo se hace hombre. El “Siervo sufriente” de Isaías es el solidario de los hombres que sufren las consecuencias del pecado.

 

4.- Purificación del amor.  Cristo, que no tiene pecado, abraza el dolor - consecuencia del pecado - para hacerlo purificación del amor, que está contaminado por el egoísmo. La cruz es síntesis de todos los sufrimientos y, por ende, perfeccionadora del amor humano. Cristo y la Cruz - en la que agoniza y muere - son inseparables. Gracias a esa conmovedora identificación Dios “resucita a Jesús” y deja abierto el camino de la santidad a todos los hombres. El Adviento que estamos celebrando es tiempo de reflexión. Cada cristiano lo hará desde su propia situación, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Como lo venimos comprobando, domingo tras domingo, el pensamiento y los gestos se suceden en las diáfanas escenas evangélicas. Necesitamos ponernos en condiciones de dejarnos purificar por la muerte de Cristo e iniciar un camino de vida, siempre en constante renovación, que, con Cristo, nos haga solidarios de todos nuestros hermanos sufrientes. La Iglesia es el “buen samaritano” para quienes, heridos por el odio, la injusticia y la indiferencia, deben transformar su sufrimiento - por la gracia de la Cruz - en expresión del amor purificado de todo egoísmo. Será la gran tarea histórica. Huir del dolor, como lo pretende el mundo, es huir de la vida real. Los excesos que enferman - drogadicción, alcoholismo, sexo - son los senderos de huida que en la actualidad se transitan dolorosamente.

 

5.- Aprender los gestos necesarios.  Juan Bautista es quien sabe leer el acontecimiento central de la Historia de la Salvación. Le otorga la gracia de su misión de Precursor. Identifica al Cordero de Dios que, por su muerte inocente, borra el pecado del mundo. Es la última palabra profética de su singular ministerio. Queda impresa en el Evangelio de su discípulo Juan y se transmite a quienes vendrán, como nosotros, a aprender los gestos necesarios de la conversión y de la penitencia.

 

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