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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

- DOMINGO 11 de febrero de 2007 -

Lucas 6, 17. 20-26

  

1.- Las bienaventuranzas.  He vuelto durante años al relato de las bienaventuranzas. Es honesto no forzar su contenido original para que algunos contemporáneos quieran utilizarlo a su arbitrio. Lo importante es lo que Jesús quiso decir, cuando las formuló. El hombre nuevo que propone como proyecto encaja exactamente con sus singulares términos. No podremos interpretarlas para un consumo ideológico interesado ni ocultarlas en cierta penumbra espiritualista, alejada del Espíritu que las inspiró. ¿Qué hacer entonces? Volver a la contemplación que ejercitaron los Apóstoles, durante tres años de discipulado, y que María de Betania supo defender de las críticas de su hermana Marta. Existe un presupuesto en aquellos discípulos, que supieron poner al servicio de la escucha del Maestro: “Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades”. (Lucas 6, 17) La gente lo sigue para escucharlo y ser curada. Nuestra reflexión debe andar por ese sendero. Escuchar su palabra, sin agregarle glosas extrañas a su auténtico contenido, y exponer nuestras heridas profundas para recuperar de Él la salud.

2.- Una sociedad enferma.  La sociedad es un enfermo que niega su condición de enfermo. Por ello, difícilmente acudirá a Quien pueda curarla. No obstante, como se hace con los niños, debe proponérsele la salud que necesita recuperar y casi obligarle a recibir la medicina adecuada. Se intentará respetando la dignidad personal de sus ciudadanos. Así lo hace la Iglesia. La predicación constituye una oferta y desafío a la libertad. La que necesita ser curada es, innegablemente, la libertad. Mal usada, como aparece en las diversas floraciones del delito, se auto empuja a la muerte, o sea, a la esclavitud. La inseguridad y la proliferación del crimen indican que la irresponsabilidad se ha adueñado de la libertad de nuestros contemporáneos. La pérdida de la libertad va acompañada por la ilusión de creerla en ejercicio. Libre es quien hace lo que debe. Libre es quien ama a Dios y a sus hermanos hasta el don de la propia vida. Libre es quien observa las leyes y el bien común, mientras su formulación no lesione los derechos superiores a la vida y a la integridad física y sicológica de todas las personas.  La Iglesia se presenta con una enseñanza inequívoca que reclama un comportamiento moral que le corresponda. Su fidelidad a los valores evangélicos, oportunamente formulados, le ha atraído un sinnúmero de inconvenientes y sinsabores. Es pública y feroz la campaña desatada por grupos ideológicos, unidos por comportamientos abiertamente amorales, contra la Iglesia Católica. Es considerada el enemigo número uno del proyecto que se pretende imponer a quienes desean responder a los valores espirituales del Evangelio propuesto por ella.

3.- Ridiculización del Magisterio.  Es un deber de conciencia insistir en el proyecto evangélico y reclamar su correcta interpretación. Lo hace el Magisterio de la misma Iglesia, siempre alerta a los desafíos que le presenta la hora. Uno de los grandes motivos  de desaliento es la ridiculización a que es sometido – dicho Magisterio - en los medios más sofisticados de la comunicación. No se produce, como debiera, un examen honesto de la doctrina propuesta. Desde el adversario, que es un verdadero enemigo, se intenta el descrédito mediante la fabulación y la calumnia. La lucha, mediáticamente desigual, se vuelve despiadada. Causan un doloroso estremecimiento los relatos de lo ocurrido en algunos “foros de la mujer” en ciudades como Mendoza y Jujuy. Lo mismo digamos de los insultos y blasfemias perpetradas en algunas Iglesias o Sinagogas. Las pintadas allí exhibidas no respetan los signos más sagrados de la fe (judía, musulmana o católica). ¿Qué ocurre con este mundo que ha perdido el sentido de lo sagrado o, al menos, del sagrado derecho que tienen las personas de profesar sin disimulos la propia fe religiosa? Hace cincuenta años otra era la situación social de los hombres y mujeres creyentes. ¿Cuáles son las causas de tal cambio? ¿Ha aflorado por fin lo que venía gestándose subterráneamente? Pero ¿a qué responden esas causas? No existe un único culpable para inmolarlo como chivo expiatorio de todos los errores. Las culpas están repartidas y será saludable que nadie juzgue a nadie y, en cambio, que todos se hagan responsables de su propia participación en el mal común.

4.- Un verdadero desafío.  El mensaje de la Iglesia está más afincado en las bienaventuranzas que ciertas diatribas condenatorias muy distantes del espíritu de Jesús. Es preciso retomarlas en cada circunstancia y aplicarlas a la realidad que nos agobia y cuestiona. No es fácil. Constituye, no obstante, un desafío para quienes desean ser buenos discípulos del Maestro. Pedro debió aceptar la humillación de negar a Jesús, en condiciones más que degradantes: ante una pobre mujer chismosa.  Excepto Juan y las santas mujeres, capitaneadas por María, los varoncitos del grupo se dispersaron atemorizados. Las pocas líneas de las bienaventuranzas constituyen una síntesis asombrosa de la doctrina del Maestro divino. Quienes las aprenden y viven muestran al mundo la eficacia de la gracia de Jesús y su influjo en la sociedad. No existen malas condiciones para su realización. Es inútil atribuir a la corrupción moral, ciertamente de ribetes escandalosos, la epidemia que hace contagiosa la enfermedad, mientras el remedio está presente y se ofrece como antídoto eficaz. La enseñanza no es una mera formula doctrinal, incluye la gracia misteriosa que mana de la presencia viva de Jesucristo en la historia actual de la humanidad. Las bienaventuranzas brotan del ser vivo y vivificante del Salvador. Sus seguidores y dóciles discípulos serán sus testigos.

5.- El Espíritu de Cristo.  Nos hallamos ante una sociedad culturalmente incapacitada para entender el sentido de las bienaventuranzas. El sendero para su correcta interpretación no es la teología y la ciencia sino la contemplación. En ella el mismo Jesucristo infunde su Espíritu. La inteligencia de las Escrituras es infundida por ese Santo Espíritu. Los pobres de corazón - primera de las bienaventuranzas - son permeables a esa infusión. El entorno de la vanidad, de la frivolidad y de la soberbia, produce un abismal distanciamiento del Espíritu. Es preciso cambiarlo por la dinámica presencia de los santos que, gracias a Dios, son muchos y desafían esas adversas condiciones. El panorama en sombras de la sociedad contemporánea no logra - por fortuna - anular la santidad de los cristianos ejemplares.

 

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