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Alocución radial de Mons. Domingo S. Castagna

Arzobispo de Corrientes.

Domingo 18 de febrero de 2007

Lucas 6, 27-38

  

1.- El valor de la persona humana.  Es para Dios tan importante el valor de la persona que, aunque se diera en ella el delito, conserva sus derechos fundamentales.  El garante de esos derechos es Quien se los otorgó. No respetarlos es ofender gravemente  a Dios, su Creador. ¡Cuántos atropellos a los derechos humanos - especialmente de los más pobres y desamparados - gozan de una aparente impunidad! Todo hombre, por más criminal que sea, es imagen de Dios y debe tender a la perfección, aparentemente inalcanzable, de Quien tiene que reflejar. Jesús mismo lo presenta como modelo que todo hombre debe imitar: “Sean perfectos como el Padre Celestial es perfecto”. El fundamento del amor a los enemigos está en esa actitud asombrosa de Dios que “hace descender la lluvia y el sol sobre buenos y malos”. El hombre es digno del amor no por su merecimiento personal sino por la dignidad que le ha conferido, gratuitamente, su Creador. Todos los derechos humanos tienen allí su origen y fundamento.  No todos lo entienden así, por ello, los derechos humanos se prestan a lecturas diversas, hasta contradictorias.  Esa diferencia causa, en consecuencia, una verdadera negación de los  mismos.  ¿Cuáles son los derechos que deben ser absolutamente preservados?  La Iglesia no se ha cansado de exponerlos guardando una jerarquía oportunamente descubierta y defendida. La vida humana, como don supremo e indeclinable, cuando se produce, no puede - invocando otro derecho - ser suprimida. Cuando se producen conflictos, a veces incentivados artificialmente, la alternativa no puede ser la supresión de ese derecho fundamental. No lo entienden así - en proporciones cada vez más alarmantes - los regentes contemporáneos de la política y de la justicia.  

2.- “Aprendan de mí”.  Es trágico para la humanidad perder el sentido de lo esencial y obrar por reacciones emotivas. De esa manera se condena - a la recta razón - a una celda de severo e injusto aislamiento. La incoherencia y el delito adquieren, de ese modo, carácter de alternativas válidas, hasta moralmente correctas. El Evangelio, que la Iglesia debe proclamar al mundo, no tolera el engaño y el acomodo ideológico. La verdad que formula es simple y directa. Jesús manifiesta un comportamiento constante - fiel a esa verdad - y exhorta a imitarlo: “aprendan de mí”. Sus discípulos, si de verdad lo son,  transitan ese sendero y se alegran de hacerlo. Estamos celebrando el trienio preparatorio al Centenario de la erección canónica de la actual Arquidiócesis de Corrientes. La próxima Vª Conferencia Episcopal de Latinoamérica y el Caribe inspira el pensamiento que regirá este primer año del trienio (2007): “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que el mundo crea y tenga Vida en Él”. Ser discípulos - innegable obligación de todo bautizado - es entrar en íntima convivencia con Jesús, el Maestro, y aprender de Él. Estar bautizado y no haberlo intentado es una grave incoherencia que, ciertamente, debe ser resuelta de inmediato. En la anterior  IVª Conferencia Episcopal Latinoamericana (Santo Domingo - 1992), el Papa Juan Pablo II llamó a los católicos de Latinoamérica a recobrar la conciencia de su Bautismo. Aquel llamado profético no se ha apagado y  adquiere ahora una particular actualidad. 

3.- ¡Iglesia de Corrientes! En Corrientes se nos ofrece la gran oportunidad de sumarnos a ese gran movimiento continental. Consiste en hacer de nuestra Iglesia un verdadero discipulado y, de esa manera, potenciar los dones que la distinguen para una evangelización más ajustada a la realidad socio política que hoy la desafía. Gran proyecto pastoral que no necesita tanto lúcidos programas como fervorosos cristianos. Durante estos tres años estaremos alertas a las inspiraciones que nos vienen del Evangelio y de las profundas necesidades de nuestro pueblo. No dejamos de identificar - pública y privadamente - a la pobreza como el peor escándalo contemporáneo. La causa no está afuera, ni en la mala suerte, sino en una sucesión de errores administrativos que aún no han sido totalmente superados. El desorden  inficiona la cultura y crea hábitos de negligencia e irresponsabilidad que atentan contra todo intento de revertir situaciones de caos.  ¡Querida Iglesia de Corrientes, próxima a celebrar los cien años de tu nacimiento, qué grave es tu responsabilidad! 

4.- El mundo sigue andando. La acción evangelizadora no puede permanecer en un espacio espiritualmente etéreo. Su destino es un cambio de comportamiento en las personas y en la comunidad. Debe producirse en base a motivaciones superadoras del caos producido por la irresponsabilidad que, desde la fe, identificamos como “pecado”.  Mantener cierto ocultamiento en los templos - y falta de aterrizaje en la realidad - es antievangélico. Cuando observamos que el mundo sigue andando, como si la Iglesia de Cristo no existiera, tendremos que deducir que se ha producido una falla sustancial en el ejercicio de la misión evangelizadora. Es tiempo de un profundo auto examen. La ocasión providencial del primer centenario ofrece un espacio para el examen y las decisiones que respondan mejor a las exigencias de la misión.  Nuestro propósito es aprovecharlo y colmarlo de sabias y santas iniciativas. El pueblo correntino hoy elegirá a los convencionales para una reforma de su Carta Magna. Es preciso orar para que la labor que emprendan esté inspirada, en todos sus momentos, por el sincero interés de ordenar la vida ciudadana y de facilitar su auténtico progreso. Desde esta cátedra pastoral, en el transcurso de más de diez años, no he dejado de observar los aspectos positivos y negativos de nuestra sociedad correntina. El Evangelio constituyó la fuente inspiradora para orientar el esfuerzo de cambio y renovación de todos los ciudadanos. Muchos han atendido con sincera prontitud el llamado de la Iglesia, otros - por ignorancia o intereses subalternos - lo han desoído y desestimado.  

5.-   Los laicos cristianos. No son - el Pastor y su clero  - los únicos responsables de una acción evangelizadora tan comprometida. Los laicos cristianos (“discípulos y misioneros”), suficientemente formados y conscientes de su fe, tienen que hacer presente a Jesucristo en los asuntos temporales. Les corresponde a ellos: “El apostolado en el medio social, es decir, el afán por llenar de espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que uno vive, es hasta tal punto deber y carga de los seglares, que nunca podrá realizarse convenientemente por los demás”. (Vaticano II  Decreto “sobre el apostolado de los laicos” Nº 13) Aún persiste un cierto clericalismo, más en los mismos laicos que en los clérigos, que debe ser saludablemente desalojado de la mentalidad de todos, especialmente de algunos dirigentes y responsables de la sociedad. Nuestro esfuerzo, al menos en la amada Iglesia arquidiocesana de Corrientes, debe concentrarse en enriquecer su presencia  mediante un laicado bien formado en la fe y responsable de la compleja tarea de animar evangélicamente el orden temporal, donde sin duda está incluido el quehacer político.

 

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