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Homilía de Mons. Rubén H. Di Monte

Domingo de Ramos

9 de abril de 2006

  

Jesús esquivo a todo signo de honor, aquella vez, en su entrada a Jerusalén para enfrentarse con su pasión, no se opuso a la exaltación pública. El mismo dispone el encuentro con la multitud que lo aclama, en la humilde forma que recordamos en la bendición de los ramos: cabalgando en un burrito prestado, que por modesto que fuese ponía de relieve la figura del Maestro, a quien las aclamaciones del pueblo, de los jóvenes y de los niños especialmente, tributaban el título más alto que la historia y la psicología del Israel de aquel tiempo podían dar a un hombre, exaltándolo como el hijo de David, como mensajero de fortuna para el pueblo elegido, como el enviado de Dios a cumplir su alianza. Agitaban ramos de palmas y olivos para dar a aquella hora fatídica un aspecto de fiesta. Un triunfo, un humilde triunfo, que querría ser como la chispa del fuego mesiánico, que estaba por realizarse. Manifestación exterior improvisada y superficial, pero que en el fondo revelaba la verdad del misterio de la pasión de Jesús, por sus sufrimientos el Mesías realizaría la promesa de Dios. Jesús mismo lo dejó intuir, y quiso que la explosión del entusiasmo popular no tuviese freno; y todavía más, mostró que la hora estaba llena de misterioso significado, cuando llegando, ante los poderosos muros de la ciudad santa, él, comenzó a llorar según el evangelio de Lucas, profetizando la no lejana ruina. Pero antes que la de la ciudad, la ruina lo habría, después de pocos días abatido a él, Jesús, que sabía bien que suplicio lo esperaba, la Cruz.

 

Así entramos en la Semana Santa – Semana Mayor – Semana penosa a causa de los tormentos de Jesús. Semana de muchas emociones, muy apropiada para afianzar nuestra fe y nuestro amor de gratitud al Señor, para la conversión de los pecadores y la renovación espiritual del pueblo de Dios.

 

De Belén a la Cruz fue el recorrido de la vida de Jesús. Desde la Navidad de Belén hasta el calvario de Jerusalén. La Iglesia le canta: «Para vosotros nación, para nosotros fue dado a luz por una Madre virgen y después de una vida breve y de sembrar en el mundo su palabra, clausuró su obra de una manera maravillosa.»

 

A XXI siglos de distancia temporal de la vida terrena de Jesús la Iglesia nos sumerge cada año en la Semana Santa, para que con un leve esfuerzo y buena voluntad, «saquemos con gozo nuevas aguas, de la fuente de la salvación.» Para llegar a esa “fuente” nos hace caminar desde la entrada apoteótica de Jesús a Jerusalén hasta el Cenáculo de la Institución de la Eucaristía y el sacerdocio, el jueves santo. Desde el Huerto de los Olivos hasta los tribunales, el viernes santo, rodeado de una multitud vociferante y enemiga, atravesando cargado con la cruz las calles de Jerusalén hacia la muerte en el Calvario; luego el sepulcro y la soledad de su Madre, el sábado santo, para darnos el valor y el sentido de todo en el domingo de la Resurrección. Esta es la “fuente” de la salvación.

 

El domingo de Ramos es el pórtico de entrada en todo este misterio de salvación. Para nosotros todo es claro, miramos la historia de lo que pasó, para los participantes del primer Domingo de Ramos todo les estaba oculto. Iluminemos esta semana santa nuestra de 2006 con las enseñanzas que nos llegan de aquella.

 

La alegría del “domingo de ramos” de nuestro nacimiento, fue el comienzo de un camino que pasa por los misterios de las gracias de Dios (sacramentos, vida cristiana), del jueves santo… para pasar por el calvario de un “valle de lágrimas”, que se hace viernes santo de nuestra muerte y se abrirá a la gloria del cielo y a la resurrección final a través, les decía hoy Benedicto XVI a los jóvenes en Roma, del Sí de la Cruz: «el verdadero gran “Sí” es propiamente la Cruz, propiamente la cruz es el verdadero árbol de la vida. No encontramos la vida agarrándonos a ella, sino donándola. El amor es un donarse a sí mismo, y por esto es el camino de la vida verdadera simbolizada en la Cruz.» (Benedicto XVI. Roma 9-IV-2006)

 

Cristo nos precedió, a su luz miremos nuestra vida. Cada uno medite en qué momento de ella se encuentra. Jesús nos acompaña en este caminar, nosotros acompañémoslo repasando toda su semana santa a partir de este Domingo de Ramos.

 

A distancia los seguía su Madre, ¿Qué madre no acompaña la vida de un hijo? Pidámosle a ella que también nos acompañe a nosotros, en nuestros miedos e incertidumbres, en toda la semana santa de nuestra vida.

 

+Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes Luján

 

 

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