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Homilía para la Acción Litúrgica de la Pasión del Señor

Luján, 14 de abril de 2006

  

Ayer dejamos meditamos a Jesús como servidor en la última cena, en el Cenáculo, donde instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio y, donde, con el lavatorio de los pies nos mostró como debe vivirse el mandato del amor.

 Hoy al comenzar esta meditación de Viernes Santo, viene a mi pensamiento la exclamación del Ap. 5, 12: «Digno es el cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición.»

 Ya hace muchos siglos que en una pequeña y lejana región del mundo ocurrió la crucifixión de Jesús: es una antigua historia muy familiar; ya ni se recordaría después de tanto tiempo si el crucificado no fuese más que una víctima de la crueldad humana.

 A pesar de los esfuerzos de muchos historiadores y filósofos de clasificar a Jesús como uno de los grandes mártires de la historia, Cristo se eleva siempre en dignidad por encima de todos.

 Él no fue solamente un ardiente patriota, un gran maestro, un filósofo que acepta la muerte para testimoniar su verdad, un idealista muerto por sus nobles ideales, un incomprendido nacido en un momento “equivocado” de la historia…

 Su muerte no puede ser juzgada como un acontecimiento ordinario, ocurrido en un cierto día, a una cierta hora, en un lugar determinado…

 Lo que revivimos el viernes Santo (más que lo que recordamos), es un acontecimiento que se celebra para siempre. El acontecimiento central de la historia, pero un acontecimiento sobre todo teológico (más que histórico).

Cristo y su Cruz dan un sentido a la historia, pero la historia no puede explicar ese sentido. Sólo lo aclara la fe. La revelación de este hecho la da el mismo Dios en el Evangelio según S. Juan 3, 14-15: «A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que creyere en él tenga la vida eterna.»

Debemos recordar hoy que en la cruz no ha muerto sólo un hombre. Todo el sentido y la eficacia de esta muerte depende del hecho de que la naturaleza humana de Aquél que moría, pertenecía a una persona divina.

 Si Jesús hubiese sido sólo un hombre, la cruz hubiera sido sólo una tragedia (cómo es siempre trágico homicidio de un inocente). Pero Cristo era Dios, el Hijo eterno, Aquél que actuaba en y por la materia en la que se había hecho carne por obra del Espíritu Santo en el vientre de María Virgen: «Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho. Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo; y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre. Por nuestra causa fue crucificado…»

¿No es extraño que el momento de la vida de Jesús más admirado por sus discípulos sea el momento de su más grande humillación?, ¿No es extraño que la cruz, el instrumento elegido por sus enemigos para terminarlo y desacreditarlo ante todos se haya convertido en su símbolo y signo repetido incontables veces por todo el mundo en todos los siglos?

Es que sobre la Cruz, conviene pensar menos en los horrores del calvario que en la gloria que de ellas brota.

 Muchas veces los horrores del calvario nos dejan (aunque sea inconscientemente), como “fijados” en el fracaso de Cristo (aunque sea momentáneo). Pero toda su Pasión fue una victoria completa de la gracia misericordiosa de Dios sobre la miseria de los hombres. Victoria del poder de Dios sobre el “espíritu de las tinieblas”.

La Pascua y la Resurrección no son una compensación por la derrota de aparente de Cristo, domingo de Resurrección y Viernes Santo forman una sólo verdad en dos momentos: entrega la vida terrena para asumir la vida gloriosa.

Jesús entrega su vida libremente, como el mismo lo expresa en el evangelio. Por eso tiene derecho a pedirnos nuestra vida en libertad: «Si alguien quiere venir en  pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.»

 La “hoja de ruta” para seguirlo es :

                         -Libertad: “si quiere…” ¡Dios no se impone… por eso se lo conoce por la fe, a tientas…” 

                        -“niéguese a si mismo”: antes que nosotros conoció la repugnancia al sufrimiento, a la voluntad de dios… 

                        -“Tome su cruz” :El tuvo la suya, nosotros la nuestra… Pero es participación de la suya: “cumplo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo” 

                        -“sígame”; camine hacia la resurrección. Con esperanza y seguridad.

 

Finalmente ¿Por qué quiso Jesús sufrir y morir así?: ¿Por amor! No hay amor más grande que dar la vida por la persona amada, a mí nadie me la quieta, yo doy mi vida, dice Jesús.

La fidelidad hasta la muerte es la prueba máxima del amor. Los clavos no hubieran bastado para mantenerlo a Dios hecho hombre colgado de la Cruz (“si eres el Hijo de Dios desciende y creeremos en ti”), si el amor no lo hubiese mantenido clavado.

Jesús toda su vida esperó que llegase “su hora”. Para eso vino al mundo y para eso vivió. «Ha llegado mi hora, y que diré: ¿Padre pase de mi este cáliz?, que se haga tu voluntad y no la mía.»

 Nosotros estamos viviendo “nuestra hora”: personal, social irrepetible: “hora” con distintas etapas: niño, joven, maduro, anciano, casado, soltero, viudo, celibatario, obrero, empresario, profesional, ocupado, sin trabajo, con salud, con poca salud, sin salud, con familia, sólo, por fin llegará la hora de la muerte. Esa hora tendrá sentido y valor si participa de la muerte de Cristo, si como la vida de Cristo vivió la entrega del amor al Padre y a los hermanos.

 En esa hora estaremos solos, aunque como Cristo, estuviésemos rodeados de una multitud, en esa hora nadie nos podrá ayudar, de este mundo. Alguien sí nos podrá ayudar, alguien que era de este mundo cuando estaba al pié de la Cruz acompañándolo a Jesús: María Santísima.

 También aquel último momento de Jesús, que moría por amor a nosotros, estaba más preocupado por nuestro futuro, que por su presente. Por eso mirando a María y al discípulo a quien amaba (en quien estábamos todos representados), le dijo: “Ahí tienes a tu Hijo”, luego dijo al discípulo: “ahí tienes a tu Madre”.

Si en “nuestra hora” (prevista por una enfermedad, o de repente,), si nosotros se lo pedimos y queremos estará Ella. Podrá estar “de este lado” de la Vida porque está gloriosa en el cielo. Podrá ser mediadora, puente que toca la orilla de la tierra y la de la eternidad “puente” para que pasemos… porque es Madre. A ella le decimos para que interceda por nosotros a Cristo: «ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.»

  

+ Rubén Héctor Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján

 

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