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Homilía para la Misa en la Cena del Señor

Catedral de Mercedes, 13 de abril de 2006

  

Con esta Misa se conmemora tanto la institución de la Eucaristía, o sea el memorial de la Pascua del Señor, por la cual el sacrificio de la nueva ley se hace presente entre nosotros bajo los signos del sacramento, como también la institución del sacerdocio, con el cual se hacen presente en el mundo la misión y el sacrificio de Cristo; y también, se conmemora la caridad con la que el Señor nos amó hasta la muerte, caridad que tenemos que experimentar y donar.[1]

 Dios libró, de la esclavitud de Egipto al Pueblo de Israel, la Pascua de la Antigua Alianza, fue el recuerdo anual de este acontecimiento.

 En la plenitud de los tiempos Dios envió a su propio Hijo para librar a toda la humanidad de la esclavitud del pecado; es la Pascua de la Nueva Alianza, es el recuerdo cotidiano de esta liberación realizada por Jesús de Nazaret.

 En este Jueves de la Gran Semana, en el que nosotros celebramos de manera particular la Institución de la Eucaristía, que Jesús nos ha dicho de hacer “en memoria suya”, se proclamó el evangelio de Juan, que paradojalmente es el único de los cuatro Evangelistas, que no refiere las palabras de la Institución de la Eucaristía, aunque sí refiere con detalle los discursos íntimos de Jesús a sus discípulos, en la última Cena.

 La última Cena, tal como fue vivida por Cristo fue la expresión última del amor que había caracterizado toda su vida. El inicio del relato lo dice claramente: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.» el fin de su vida, el fin de sus fuerzas, el fin de su sangre.

 Todo en el curso de aquella cena, los gestos y las palabras están llenos de ternura. Y esta ternura no es más que la expresión del amor que Jesús nunca dejó de manifestar a todos en el transcurso de los años precedentes.

 El gesto del lavatorio de los pies, que dentro de un momento voy a repetir, estaría vacío si la realidad simbolizada no existiese. Cuando Jesús dice: «les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan.», no invita solamente a practicar unos gestos simbólicos como el lavatorio de los píes, sino que invita a vivir en la vida cotidiana lo que estos gestos significan: servicio, humildad, amor al prójimo, cada uno en el lugar donde el Señor lo haya puesto: obispo, sacerdotes, religiosas, seminaristas, esposos, etc. La celebración cotidiana de la Eucaristía nos reclama cada día el mandamiento de amar verdadera y concretamente a todos los hermanos y hermanas de Cristo, sobretodo a aquellos con los que él se identifica especialmente: los pequeños, los pobres, los abandonados, los enfermos, los injustamente presos.

Una de las cosas más impresionantes concernientes a Jesús cuando se aproximaba su muerte es su gran lucidez, subrayada por Juan al inicio del Evangelio de hoy: «sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre.» Y «sabiendo que el Padre ha puesto todo en sus manos…» Este “saber”, esta sabiduría, lo mueve a actuar. Se levanta de la mesa, deja su manto y toma una toalla, que se ciñe a la cintura como un siervo.

Pedro, en cambio no sabe, no entiende: Cuando «Llegó a Simón Pedro, éste le dijo: —“Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”» «más tarde entenderás.» le dice Jesús, pero mientras tanto le pide aceptar que él le lave los pies, ¿no es más o menos lo mismo que nos sucede a nosotros, que debemos continuar siendo fieles a nuestra fe y vocación, aunque no sepamos, aunque no entendamos todo lo de ella?

 Después de haberse levantado de la mesa y hacer el gesto de servidor, Jesús vuelve a la mesa y comienza a pronunciar aquellas palabras estupendas en la que se muestra verdaderamente nuestro padre, nuestro amigo, nuestro hermano, pero también nuestro Maestro. Con este ejemplo Jesús nos enseña a ser concientes de nuestros deberes y de nuestras funciones respectivas en la Iglesia, en la sociedad, en nuestra comunidad y a desarrollar estas funciones sin debilidad, pero también sin orgullo y sin falsa humildad, en un espíritu de auténtico servicio, ya que Él, el Maestro, no deja de lavarnos los pies cada vez que nos acercamos a la mesa del perdón (la confesión ¿cuánto hace que no confesamos o comulgamos?, no dejemos pasar esta semana santa sin hacerlo.), o a la mesa de la Eucaristía.

En lo profundo de nuestro corazón, y también en gestos concretos, simbólicos o prácticos, lavémonos los pies recíprocamente, y también aceptemos que nos laven los pies, aceptando la purificación que da el dejarnos perdonar por los otros.

 En la escena de hoy no aparece físicamente la Virgen María, aunque se hallaba en Jerusalén en aquellos días: la encontraremos mañana al pie de la Cruz. Pero ya hoy, con su presencia discreta y silenciosa, acompaña muy de cerca a su Hijo, en profunda unión de oración, de sacrificio y de entrega. Juan Pablo II señala que, después de la Ascensión del Señor al Cielo, Ella participaría asiduamente en las celebraciones eucarísticas de los primeros cristianos. Y añade el Papa: aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno!, ¡era su sangre, la derramada! Recibir la Eucaristía debía significar, para María, como si estuviera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo[2].

 Que la Virgen Santísima “la esclava del Señor”, nos enseñe a vivir el servicio como ella y la entrega en el amor, actitudes que se nutren en la Eucaristía.

 

 

+ Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján


 

[1] Cf. CE Nº 297.

[2] Ecclesia de Eucharistia, 56.

 

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