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Homilía de de monseñor Rubén Di Monte,
Arzobispo de Mercedes-Luján

Misa Crismal -12 de abril de 2006

 
El Jueves Santo estaba antiguamente caracterizado por tres especiales celebraciones. En horas de la mañana el obispo reconciliaba a los penitentes que habían cumplido con los ejercicios cuaresmales, para que estos pudieran participar al atardecer en la Misa de la Institución de la Cena del Señor. Entre una y otra celebración tenía lugar la Misa Crismal, desarrollada hacia el siglo VII, en la que son consagrados los oleos que se usarán durante la liturgia bautismal en la Vigilia Pascual; el obispo confecciona el crisma y bendice el óleo de los catecúmenos y el de los enfermos.

El Jueves Santo permanecen dos Eucaristías, aunque por razones de sentido pastoral, una de ellas, la Misa Crismal, suele trasladarse a algún día anterior de esa misma semana para que los sacerdotes de la diócesis puedan, junto a su obispo, renovar sus compromisos sacerdotales delante de la comunidad a la que deben servir fielmente.

La celebración de la Misa Crismal, es un signo elocuente del misterio y de la belleza de nuestra vocación. Ella expresa, como ninguna otra Eucaristía durante el año, nuestra común unión con Cristo, que es unión con él y con el Obispo, y que debe ser lo que es en sí misma: profunda unión fraterna. En ella se renueva el misterio de nuestro sacerdocio, que nace en el Cenáculo, inseparablemente unido a la Cena del Señor y a su Pascua, y que se alimenta de la incorporación a él en la renovación de la alianza, renovación y actualización que ocurre cada vez que lo celebramos en la persona de Cristo, sacerdote y víctima, pan bajado del cielo para la vida del mundo.

Esta comunión es un misterio de unificación, de unidad mística y humana; y si bien esto se cumple en una esfera diferente de aquella puramente temporal, «no prescinde, no ignora, no descuida la sociabilidad humana, decía Pablo VI (1), en el acto mismo que la supone, la cultiva, la conforta» la eucaristía nos pone en sociedad con Cristo, y él nos pone en sociedad con Dios y en sociedad con los hermanos de diversa manera, según estén o no participando de la mesa que nos reúne, de la fe que une nuestros espíritus, de la caridad que nos hace un solo cuerpo: el cuerpo místico de Cristo.

En esta Misa que realiza y es signo de esta comunión, se proclama invariablemente el texto del Evangelio en el que, San Lucas, refiere la primera predicación de Jesús delante del Pueblo. El autor del Evangelio al colocar este sermón en un lugar tan destacado, le da el carácter de "auto presentación" del Señor. En este discurso Jesús explica quién es él y cual es su misión.

 
El texto de Isaías
El profeta es un mensajero que viene de parte de Dios, en este caso, (Is. 61) a anunciar la liberación a los judíos que se encuentran en la cautividad babilónica. El enviado acredita la legitimidad de su misión aludiendo a una unción que ha recibido del Espíritu Santo: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido.» (Is. 61, 1). Si viene a decir cosas tan importantes es porque el Espíritu de Dios lo ha ungido y lo ha enviado: «Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios; para consolar a los afligidos, los afligidos de Sión; para cambiar su ceniza en corona, su traje de luto en perfume de fiesta, su abatimiento en cánticos.»

Las culturas antiguas conocían el rito de la unción, al que se sometían aquellos que eran investidos para desempeñar funciones que distinguían del resto del pueblo. Originalmente eran los reyes quienes recibían sobre su cabeza el aceite perfumado, por eso al rey se lo llamaba el "ungido del Señor" (Saúl, David, Salomón son llamados "ungidos del Señor").
 
Jesús es el ungido
Hay tres títulos de Jesús con la misma idea: Mesías en hebreo; Cristo en griego; Ungido en castellano. Los diversos usos de la palabra "ungido" en el Antiguo Testamento no traían todavía la riqueza de sentido que le dio el Nuevo Testamento. Con Jesucristo se juntan cabalmente en este título tres "unciones" de que hemos hecho mención: real, sacerdotal y profética. Cristo (Ungido) no es ya para Jesús un título de tantos, es su nombre propio, que recapitula todos los demás y los que son salvados por él llevan también el nombre de ungidos (cristianos).

Jesús mostró que Él era el enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los cautivos del poder del mal y de la muerte, de todo aquello que entendemos cuando hablamos del "poder del diablo". Dice la carta a los Hebreos 2, 14, que Jesús, por medio de su muerte, vino a reducir a la impotencia al diablo, que tenía el poder de la muerte, y a librar a los que estaban reducidos a la esclavitud por temor a la muerte. Pero para que Cristo hable se necesita nuestro silencio, no es fácil entenderlo porque hemos caído en la urgencia de la palabra, sin comprender que el silencio es necesario a nuestra misma palabra. La vida debe ser la palabra.

Como tal el sacerdote es el "hombre de Dios" que pertenece a Dios y hace pensar en Él, porque es "amigo" de Él, por el Espíritu. Como tal, el sacerdote, es el hombre encargado de las relaciones de humanidad con Dios. Es constitucionalmente Pontífice -puente entre Dios y la humanidad. De allí que los cristianos «esperan encontrar en el sacerdote (Juan Pablo II 11.III.90) no sólo un hombre que los recibe, que los escucha con gusto, y que les muestra una sincera amistad, sino también debe ser un hombre que los ayuda a mirar a Dios.» Por eso la Iglesia reclama que los que se preparan al sacerdocio sean formados en una profunda intimidad con Dios. Las dudas en la "intimidad" llevan a las dudas en la "identidad". La intimidad genera docilidad. ¡Cuántos son hoy los que dóciles al querer de Dios quieren sólo lo que Dios quiere, pero también cuantos los que no obedecen, que se revelan que no observan la disciplina a la que juraron someterse y no obedecen disciplina alguna!

El sacerdocio de los Obispos y los presbíteros, igual que el ministerio de los diáconos, es "para" los laicos y precisamente por esto, posee un carácter ministerial, es decir de servicio. Por eso el sacerdote es esencialmente, entonces, el "hombre de la caridad", su unción es a favor de los hermanos. 
 
Un pueblo de ungidos
Queridas religiosas, religiosos, laicas y laicos de consagración especial, hermanos todos: la primera lectura del profeta Isaías y la segunda del Apocalipsis, que hemos escuchado, amplían el horizonte de lo que hemos comentado hasta aquí. Porque el texto de Isaías comentado por Jesús en la sinagoga de Nazaret, también nos dice: «Ustedes se llamarán "Sacerdotes del Señor", dirán de ustedes: "Ministros de nuestro Dios"». Misteriosamente, el profeta anuncia a los lectores que ellos también participarán, por el bautismo, de la función sacerdotal. Y el texto del Apocalipsis nos dice: «nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre.» Por eso, donde es posible, la liturgia pide celebrar esta Misa Crismal, con el mayor número de fieles, pues de ese pueblo de sacerdotes, por un nuevo acto de amor Jesús el Ungido del Padre «elige a algunos hombres para hacerlos participar de su sacerdocio ministerial.»

Si la relación de los sacerdotes ordenados con Jesucristo es especial, la relación con la Madre del Sumo Sacerdote debe ser también especial. El Concilio Vaticano II, remarcando la docilidad de la Santísima Virgen al Espíritu Santo (a la manera de una unción que penetra en su existencia y la inunda), exhortaba a los presbíteros a amarla filialmente: "Veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio" (Presbyterorum ordinis, 18), pues ella se entregó totalmente al misterio de la redención de los hombres.

En esta Misa crismal, los invito, queridos hermanos en el sacerdocio, a vivir cada vez más la verdadera devoción a María; a confiar nuestra tarea a la solicitud de la Madre; a unirse sacerdotalmente a la oblación de Cristo y a la entrega generosa de la Virgen; a asumir con gozo nuestra misión, sabiéndonos protegidos y guiados por ella; a asociarnos al sacerdocio de Cristo, como lo hizo María Hoy. Quiero agradecer vuestra entrega, fidelidad y constancia en las tareas pastorales. ¡Que María nos ayude a ejercer cada día mejor nuestro ministerio sacerdotal como verdaderos ungidos del Señor!. Les pido una oración incesante, humilde, perseverante, confiada. Así el Espíritu Santo derramará sobre el mundo como un nuevo Pentecostés de gracia y de fuego para hacer nuevas todas las cosas.

Mons. Rubén Héctor Di Monte,
Arzobispo de Mercedes-Luján
 

Nota:
(1) Pablo VI, Roma 26.III.1964.

 

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