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Homilía para la Fiesta Patronal de la Parroquia
San Ignacio de Junín

31 de Julio de 2006
 

Ignacio, hombre, soldado, devoto de María y obediente
 

Nos encontramos nuevamente en esta querida Parroquia de San Ignacio, patrimonio histórico cultural de Junín, para celebrar las fiestas de su Santo Patrono. 

Cuando la Iglesia declara la santidad en alguien, lo primero que tenemos que recordar es el misterio de la comunión de los santos, lo recordamos cada vez que rezamos el Credo. El cuerpo místico de Jesús está unido en los estados de la Iglesia: triunfante, purgante y militante. La intercesión y la oración con María Santísima y los Santos nos hacen adentrarnos en esa unión, en esa comunión. 

Lo segundo que nos propone la Iglesia con la santidad de alguien, es un modelo. El santo fue alguien como nosotros con las mismas debilidades, dificultades e inquietudes como cualquiera, pero supo, con ellas, responder a Dios. 

Y cuando la Iglesia declara a un determinado santo, patrono de una diócesis, de una parroquia, de una capilla, de personas o actividades, etc.; misteriosa pero realmente esa comunidad está unida por un vínculo especial a ese santo o santa que llamamos patrono. 

Esta comunidad parroquial tiene un santo muy importante en la espiritualidad de la Iglesia, no sólo porque fundó una congregación que significó mucho para ella, y para América en la conquista: los Jesuitas; sino por el testimonio de Ignacio para el mundo de hoy. 

1. Un hombre

¿Quién era Ignacio? Fundamentalmente un hombre, de su época, pero como el de todos los tiempos, recordémoslo una vez más. Era, dicen los mismos compañeros de su vida cristiana, un hombre metido en todas las vanidades del mundo, soldado ducho en travesuras juveniles y mozo pulido, amigo de galas y alguien que disfrutaba con todo tipo de diversión. No obstante, se hacía querer por todos, "porque era recio y valiente, muy animoso para emprender cosas grandes, de noble ánimo y liberal, y tan ingenioso y prudente en las cosas del mundo, que en lo que se ponía y aplicaba se mostraba siempre para mucho". 

2. Un soldado

Ignacio era un soldado. La gran pasión de Iñigo (así se llamó de nacimiento en vasco) a los veinte años era la guerra. Combatiendo estaba en Pamplona en 1521 como ayudante del duque de Nájera, cuando los franceses sitiaron la ciudad. Se hablaba ya en el castillo de rendirse, cuando Loyola se interpuso defendiendo la resistencia hasta la muerte. Resistió, efectivamente, como un héroe, hasta que una bala de cañón le dejó destrozada una pierna y herida la otra. 

Obligado a rendirse, el herido fue colocado en una camilla y conducido a Loyola. Allí empezó la cura de los cirujanos. Quisieron atarle, Como se acostumbraba en semejantes operaciones (no había anestesia), pero él no lo consintió; sereno e inmóvil, aguantó la espantosa carnicería. Sólo un momento se le vio apretar fuertemente los puños. Pronto advirtió que debajo de la rodilla le quedaba un hueso saliente, y no estuvo dispuesto a sufrirlo. Le advirtieron que su desaparición le produciría dolores atroces, pero no estaba dispuesto a hacer el ridículo en los torneos y en las fiestas cortesanas. Y por segunda vez ofreció su pierna a la sierra con valor estoico, y la oyó rechinar en su cuerpo sin inmutarse; "todo -dice un autor-, para poder ponerse unas bota muy justas y muy pulidas, como entonces se usaba". 

Cómo vemos nuestro santo no lo fue desde siempre, compartía los gustos y las limitaciones que hoy, también nosotros podemos tener, el gusto por una pasión, por la moda, por la figura… 

Es muy contada la circunstancia de su conversión. Para entretener el ocio de la convalecencia, pidió que le trajesen libros de caballerías (diríamos hoy novelas), el Amadís, o algún otro de los que hacían las delicias de la juventud, pero en casa del señor de Loyola no se encontraban estas obras profanas, y, por darle algo, le ofrecieron un “Flos Sanctorum” y la “Vida de Cristo”, del Cartujano. Estos libros lo decidieron a imitarlos. Pero cuando los cerraba pensaba en su vida mundana. 

Solicitado por ideas tan diversas, empezó a examinarlas y compararlas entre sí, notando que las del mundo, aunque le deleitaban, dejaban su corazón triste y vacío, mientras que las de Dios le llenaban de consuelo y alegría. Poco a poco la gracia iba trabajando su espíritu, hasta que vino al fin la resolución irrevocable, una resolución como sabía tomarlas aquella voluntad indomable. 

3. Devoto de la Virgen

Ignacio es devoto de la Virgen, encontramos esta devoción en los momentos más significativos de su vida:

Una noche, se levantó de la cama, se postró de rodillas ante una imagen de la Virgen, y prometió renunciar a sus antiguas vanidades. El caballero mundano quedaba convertido en soldado de Dios. Fue una conversión radical, integral, definitiva. El nunca había tenido la menor duda sobre su fe católica; sentía particular devoción al príncipe de los Apóstoles, y hasta le cantó en trabajosos versos al mismo tiempo que a las damas; pero desde este momento su vida entera quedó consagrada al servicio de Dios. Su primer pensamiento fue peregrinar a Jerusalén; luego se le ocurrió entrar en la Cartuja de Miraflores. Las horas que antes gastaba pensando en su dama, las dedica ahora a orar. 

Una de los primeros frutos de su conversión es la pureza, escribe en su Autobiografía: “Y ya se le iban olvidando los pensamientos pasados con estos santos deseos que tenía, los cuales se le confirmaron con una visitación, de esta manera. Estando una noche despierto, vio claramente una imagen de nuestra Señora con el Santo Niño Jesús, con cuya vista por espacio notable recibió consolación muy excesiva, y quedó con tanto asco de toda la vida pasada, y especialmente de cosas de carne, que le parecía habérsele quitado del ánima todas las especies que antes tenía en ella pintadas.” Dicen sus biógrafos que este cambio interior se notó en su exterior su familia enseguida se dio cuenta que algo en él había cambiado. 

Después de muchos meses de forzado encierro, empieza su mística aventura. Se arrodilla primero ante la Virgen de Aranzazu, va luego a Navarrete para despedirse del duque de Nájera, su antiguo protector; allí se separa de sus criados, solo, montado en una mula. Cuando se dirige en peregrinación a Montserrat, una alegría íntima llena su alma; medita penitencias, peregrinaciones y hazañas por Cristo; y para reparar su vida de pecado, se disciplina cada día hasta derramar sangre. En Montserrat se confiesa durante tres días; escribe luego su confesión, regala su mula al monasterio y cuelga la espada y la daga ante el altar de la Virgen. El soldado vanidoso y ambicioso ha muerto para siempre y ha nacido el general de la Compañía de Dios. Aquí empieza la parte más dramática de su vida. 

Después de cuatro meses de una serenidad imperturbable, entra su alma en los más terribles combates de la vida interior. Va a empezar su noviciado. El enemigo le decía: "¿Quién resiste una vida semejante durante treinta años?". Pero esta prueba se le desvanece con esta sencilla respuesta: "¿Quién me asegura que voy a vivir una sola hora?". Después de una semana, le echaron de menos unas mujeres piadosas que escuchaban sus consejos, y tras muchas pesquisas le encontraron en una ermita de la Virgen, tan extenuado, que no podía andar ni tenerse en pie, y fue preciso que el confesor le negase la absolución, para hacerle tomar alimento. 

4. Obediente

Los sufrimientos de la vida le enseñan la obediencia. En Roma, frialdades, indiferencias y persecuciones. En los pulpitos se desautorizaba a aquella compañía de "sacerdotes reformados”. La causa de Ignacio parecía perdida, cuando vino en su ayuda la influencia de algunos hombres poderosos, ganados por la práctica de los Ejercicios. Príncipes, cardenales y embajadores empezaban a sentirse transformados por la magia de aquel libro prodigioso. El mismo Papa, Paulo III, se sintió impresionado por la grandeza moral del fundador y en sus conversaciones con el pontífice, empezó a esbozar el plan de una Orden nueva, que abarcase la actividad apostólica en todas sus formas, la enseñanza literaria y teológica en todos sus grados, las obras de caridad en todos los aspectos, las misiones entre fieles e infieles, considerando el mundo entero campo de su acción. El 27 de septiembre de 1540 aparecía la bula por la cual el Papa Paulo III aprobaba la nueva fundación, y el comienzo de la Compañía de Jesús 

Los quince años últimos de su vida los dedica Ignacio en el Gesú de Roma, a perfilar, acrecentar y completar la gran obra de su vida. Escribe las Constituciones, forma a los novicios en el Colegio Romano, envía sus teólogos al Concilio de Trento, esparce sus discípulos por todas las partes del mundo, escribe cartas, legisla, ordena, vigila. Quiere que el alma de su milicia espiritual sea la obediencia, una obediencia consciente, voluntaria y alegre; una obediencia ciega. De ahí el voto especial de obediencia de los jesuitas al Santo Padre. Su carácter firme viene templado con la dulzura de la devoción a la Virgen, a su imagen aprende a obedecer y a mandar. 

Pidamos para nuestra, parroquia, nuestra arquidiócesis, para toda la Iglesia, a ejemplo de San Ignacio, ser personas que tengan pasión por la fe, que la devoción a la Virgen nos ayude a ser entregados y obedientes a Dios y a los hermanos, que nos proteja y nos ayude a ser cada día mejores.
 

Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján
 

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