Homilía del domingo 16 de Julio
Nuestra Señora del Carmen, Chivilcoy
La primera lectura que hemos escuchado es de
un profeta, llamado Amós, el más antiguo de los profetas de Israel, sus
actos y sus palabras nos fueron conservados en un libro. Los cuatro
versículos que hemos escuchado nos revelan algo fundamental en un
verdadero profeta: el hecho de que, hablar en nombre del Señor no era una
elección personal. Cuando el predica en Betel, el Sacerdote se muestra
molesto y lo invita a predicar en otro lugar, en el reino de Judá, por
ejemplo, Amós responde, entonces, que él no ha elegido esta misión, sino
que Dios lo eligió: “yo no era profeta, ni hijo de profeta; era un pastor
y juntaba sicómoros. Pero el Señor me eligió cuando estaba atrás del
rebaño, y fue el quien me dijo: «Ve, tú serás profeta para mi pueblo,
Israel.» ¿Qué puedo hacer, entonces?
Aquí hay una lección para todos nosotros. En
cuanto discípulos de Cristo y miembros de su Pueblo, nosotros tenemos
parte en su misión profética. Nosotros seremos verdaderos profetas,
solamente cuando, viviendo auténticamente según el Evangelio, nuestras
vidas sean una expresión del mensaje del evangelio y susciten en los demás
el deseo de seguir a Cristo.
Jesús envía a los apóstoles a predicar con
la única condición de apelar a la apertura de corazón de quienes son
objeto de su mensaje: todos los hombres sin distinción. El apóstol para
cumplir su misión sólo tiene que confiar en la llamada.
La Fiesta de Nuestra Sra. del Carmen,
también nos recuerda la misión de profeta y apóstol. El Carmelo, cuya
hermosura ensalza la Biblia, ha sido siempre un monte sagrado. En el siglo
IX antes de Cristo, Elías lo convirtió en el refugio de la fidelidad al
Dios único y en el lugar de los encuentros entre el Señor y su pueblo (1R
18,39). El recuerdo del Profeta «abrasado de celo por el Dios vivo» había
de perpetuarse en el Carmelo. Durante las Cruzadas, los ermitaños
cristianos se recogieron en las grutas de aquel monte emblemático, hasta
que en el siglo XlII, formaron una familia religiosa, a la que el
patriarca Alberto de Jerusalén dio una regla en 1209, confirmada por el
Papa Honorio III en 1226. El Monte Carmelo está situado en la llanura de
Galilea, cerca de Nazareth, donde vivía María «conservándolo todo en su
corazón». Por eso la Orden del Carmelo desde sus orígenes, se ha puesto
bajo el patrocinio de la Madre de los contemplativos. Hoy pedimos con la
liturgia al Señor que nos haga llegar, gracias a «la intercesión de la
Virgen María» «hasta Cristo, monte de salvación».
En 1246 en Inglaterra, Simón Stock, nombrado
general de la Orden Carmelitana, comprendió que, sin una intervención de
la Virgen, la Orden se extinguiría pronto. En esta situación de angustia,
recurrió a María, a la que llamó "Flor del Carmelo" y "Estrella del Mar" y
puso la Orden bajo su amparo, y le suplicó su protección para toda la
comunidad. En respuesta a su oración, el 16 de julio de 1251 se le
apareció la Virgen y le dio el escapulario para la Orden con la siguiente
promesa: "Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los
Carmelitas: quien muera con el escapulario no sufrirá el fuego eterno".
Los hombres nos comunicamos por símbolos,
banderas, himnos, escudos y uniformes, que nos identifican. Las
comunidades religiosas llevan su hábito como signo de su consagración a
Dios. Los laicos que desean asociarse a los religiosos en el camino de la
santidad, pueden usar el escapulario, miniatura de hábito otorgado por la
Virgen que, con el rosario y la medalla milagrosa, es uno de los más
importantes sacramentales marianos. Como la cinta roja en la ventana de
Rajab fue para los hebreos la señal para salvar del extermino a ella y a
su familia, el escapulario del Carmen, es para los que lo llevan, su señal
de predestinación. Dice San Alfonso Ligorio, doctor de la Iglesia: "Los
hombres se enorgullecen de que otros usen su uniforme, y la Virgen está
satisfecha cuando sus servidores usan su escapulario como prueba de que se
han dedicado a su servicio, y son miembros de la familia de la Madre de
Dios." El escapulario ha sido constituido por la Iglesia como
sacramental y signo que nos ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra
devoción, y que propicia la renuncia del pecado.
Para el cristiano, el escapulario es una
señal de su compromiso de vivir la vida cristiana siguiendo el ejemplo de
la Virgen Santísima y el signo del amor y la protección maternal de María,
que envuelve a sus devotos en su manto, como lo hizo con Jesús al nacer,
como Madre que cobija a sus hijos. Cubrió Dios con un manto a Adán y Eva
después del pecado; Jonatán dio su manto a David en señal de su amistad, y
Elías le dio su manto a Eliseo y lo llenó de su espíritu en su partida.
San Pablo nos dice que nos revistamos de Cristo, con el vestido de sus
virtudes. El escapulario es el signo de que pertenecemos a María como sus
hijos escogidos, consagrados y entregados a ella, para dejarnos guiar,
enseñar, moldear por Ella y en su corazón.
En 1950 el Papa Pío XII escribió "que el
escapulario sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María,
lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan
peligrosos". Quien usa el escapulario debe ser consciente de su
consagración a Dios y a la Virgen y ser consecuente en sus pensamientos,
palabras y obras.
En la última aparición de Fátima,
octubre de 1917, día del milagro del sol, la Virgen vino vestida con el
hábito carmelita y con el escapulario en la mano. El Papa Pío XII, que
recomendó frecuentemente el Escapulario, en 1951, 700 aniversario de la
aparición de Nuestra Señora a San Simón Stock, ante una numerosa audiencia
en Roma, exhortó a vestir el Escapulario como "Signo de Consagración al
Inmaculado Corazón de María, que nos marca como hijos elegidos
de María y se convierte para nosotros en un "Vestido de
Gracia".
Madre del Carmelo: Tengo mil dificultades,
ayúdame. De los enemigos del alma, sálvame. En mis desaciertos, ilumíname.
En mis dudas y penas, confórtame. En mis enfermedades, fortaléceme. Cuando
me desprecien, anímame. En las tentaciones, defiéndeme. En horas
difíciles, consuélame. De mis pecados, perdóname. Con tu corazón maternal,
ámame. Con tu inmenso poder, protégeme en tus brazos de Madre, al expirar,
recíbeme. Virgen Santísima del Carmen, ruega por nosotros. Amén.
+ Mons. Rubén H. Di Monte
Arzobispo de Mercedes-Luján