Oficina de Prensa

prensa@cea.org.ar

Todas las Noticias

HOME PRENSA

HOME CEA

La voz de los pastores

Documentos

Agenda CEA

Otras oficinas de Prensa

Vínculos

Contacto

Homilía para la Misa de Fiestas Patronales.
 San Cayetano. Chivilcoy

7 de agosto de 2006

  

Cayetano nace en Vicenza (república de Venecia) en 1480, nace en una Italia renacentista, de una familia noble. Su madre María de Porto, terciaria de Santo Domingo, le inspira una piedad sólida y un hondo sentido de la vanidad de la vida. Estudia en Padua derecho y se gradúa en jurisprudencia. Dios lo llama a una vocación más especial, recibe la tonsura, con lo que ya es clérigo, hace construir una capilla y se retira a la soledad. Después de dos años viaja a Roma, familiar del obispo y después Cardenal Pallavicini, comienza a trabajar en la Curia Romana como protonotario apostólico (especie de escribano). Es papa Julio II, un papa renacentista, que tiene un gran programa político, cultural y reformador de la Iglesia. Cayetano vislumbra pronto las consecuencias amargas de este programa, que aún siendo justo, enfrentará al papa con parte de su grey. Es la época en la que se comienza a levantar la actual Basílica de San Pedro y en la que Miguel Ángel pinta, en la capilla Sextina, la historia de la humanidad. 

Este renacer cultural, no es la solución para la Iglesia, por eso Cayetano celebra cuando el Papa Julio II convoca el Concilio de Letrán 1n 1512, que busca la reforma de la vida cristiana. La clave de la reforma es la conversión. En la apertura de ese concilio dijo Egido Romano: «Son los hombres los que han de ser transformados por la religión, no la religión por los hombres.» Esto lo cumplió San Cayetano. Antes de que se cierre el Concilio Cayetano traza el ideal de su vida: reformase antes de reformar a los demás. Renuncia a su cargo de protonotario y decide cumplir su vocación y acepta ordenarse sacerdote, en septiembre de 1516 recibe la ordenación. Tarda tres meses en animarse a celebrar la Misa, sólo, por primera vez, lo hace en la capilla del Santo Pesebre, de Santa María la Mayor.  Con todo llevado por la atracción y fascinación ante Jesús escondido en la Eucaristía, celebra la Misa todos los días, costumbre no común en aquellos días. Roma lo conoce como el neosacerdote “literato, con suficientes bienes de fortuna, varón todo de Iglesia y que por devoción ofrece diariamente el santo sacrificio”. Más tarde no permitirá que los sacerdotes teatinos omitan la celebración cotidiana de la misa, ni por escrúpulos ni por ocupaciones. Un día, ya viejo y maltrecho, correrá sigilosamente de Nápoles a Roma para reprender cariñosamente a su compañero el cardenal Caraza, que, abrumado de ocupaciones, deja a veces la santa Misa. “El sacrificio de la Misa –le dice- es la ocupación más excelente de la tierra, el negocio más urgente, preferible a cualquier otro, por ser la vida y savia de toda obra”. 

En este día que venimos a pedirle al Santo: paz, pan y trabajo, que mejor que hacer lo con lo que fue para su vida el centro, la celebración de la misa. 

Esta profunda espiritualidad hace que Cayetano no se aísle de los problemas de su tiempo, que no eran sólo los económicos. El problema fundamental de todos los tiempos tiene que ver con la conversión. En época de nuestro Santo había que reformar la Iglesia y había varios caminos, Lutero que para reformarla se aleja de ella, otros, como Erasmo, que se centran en denunciar con elocuencia las oscuridades. Y san Cayetano que piensa que es mejor en la oscuridad, encender una pequeña luz, que maldecir con elocuencia la oscuridad, y trata de ser lámpara evangélica que ilumine los pasos indecisos de quienes viven a su alrededor. Y como en todos los tiempos esa espiritualidad lo lleva a socorrer a los necesitados, visita hospitales y prisiones, trata de levantar casas para desvalidos y todos las demás obras de misericordia. 

A pesar de todo no queda satisfecho, su sacerdocio le exige más. Ante la vista de Cristo exclama: «Veo a Cristo pobre, y a mí rico; a Cristo despreciado, y a mí honrado. Deseo aproximarme a Él un paso más». Ese paso más era vivir su sacerdocio según el modelo de los apóstoles, dejando todos los bienes temporales, nacen así los Padres Teatinos. Y sus últimos años lo consagra en esta tarea de reforma del clero y de sí mismo que ayudo a preparar la gran reforma de la Iglesia propiciada por el Concilio de Trento. 

Su madre de pequeño lo había consagrado a María Santísima, y por ello él creía especialmente en esa maternidad de la Virgen sobre su vida, dicen sus biógrafos que en la devoción Eucarística y Mariana se encuentra el secreto de su heroísmo. 

Hoy venimos todos a pedir pan para el alma, pan para el cuerpo, trabajo. Que por intercesión de San Cayetano, el Señor nos lo conceda, pero también a ejemplo suyo trabajemos y pidamos la conversión, el amor a la Iglesia, la devoción a la Eucaristía y a la Virgen y vivir el amor a los demás. 
 

+Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján

 

          Si desea recibir nuestro servicio de noticias, envíenos un mail a :

prensa@cea.org.ar