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Homilía para la Solemnidad de la
 Asunción de la Santísima Virgen

Chacabuco, 15 de agosto de 2006

  

Escuchábamos en la segunda lectura: «El último enemigo en ser destruido será la Muerte.» (1 Cor 15, 26) Si continuamos leyendo el capítulo 15 hacia el final nos encontramos con estas palabras: «Cuando lo que es corruptible se revista de  incorruptibilidad y lo que es mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: la muerte ha sido vencida. ¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Porque lo que provoca la muerte es el pecado…» (1Cor 15, 54-56) 

Ya se van acercando a 2000 los años que hace que, en un día de Dios, con el gozo de los ángeles y santos, se cumplieron en la Santísima Virgen (subida por el poder y los méritos de Cristo su Hijo al cielo), esas palabras de San Pablo. 

Si también por los méritos de su Hijo había sido concebida sin pecado (Inmaculada Concepción), era lógico que aunque pasara por la muerte, no se cebara en su cuerpo (ese cuerpo que había dado carne, sangre, vida a Jesús). La corrupción del sepulcro, de la muerte. 

Esta verdad creída en la Iglesia desde los primeros siglos fue la que el 1º de noviembre de 1950, el Papa Pío XII, declaró como dogma de nuestra fe. Y por ser verdad de fe (= don, regalo de Dios), no la creen los que quieren, sino los que pueden… 

El triunfo de María que hoy celebramos es el triunfo de su fe, de su fidelidad a Dios. Su vida de fe se fue desarrollando en etapas sucesivas y continuas. Dios la fue despojando de sus proyectos, de sus planes. No porque eran inconvenientes o malos, si no porque tenía que creer que los que Él le proponía eran mejores: ¡y María creyó y los aceptó! 

Proyectó ser virgen (dedicada a Dios en cuerpo y alma), y Dios le propuso ser virgen y además madre. Si Dios era capaz de crear de la nada, ¿por qué no iba a poder hacer nacer la vida de una virgen? Y Ella, sin comprender, aceptó por la fe. 

El Señor pensó para su madre en alguien excepcional. Y ella pensó en alguien excepcional, José, con ideales parecidos, para que amparara su decisión y cubriera jurídicamente su estado en una sociedad que no entendía el estado de virginidad. Pero Dios no le autorizó a explicarle su estado, Ella calló, José estuvo a punto de abandonarla, María mientras tanto creyó y Dios en sueños, por medio de su ángel, le explica a José sus planes. 

Pensó en una casa digna para que nazca su Hijo, pero Jesús tuvo que nacer en una cueva de animales. Ella creyó y aceptó. 

Pensó en consagrar a su Hijo a Dios en el Templo, estaba viviendo esta alegría de la maternidad y del ofrecimiento. Cuando en esta historia de paz y amor, aparece el anciano Simeón y le anuncia que Jesús será signo de contradicción, ella no entendió, pero creyó y aceptó. 

Pensó en un Hijo “Príncipe de la Paz”, este era uno de los títulos de Mesías… y tuvo que escapar a Egipto. Pero ella creía y aceptaba. 

Un festejo, Jesús con 12 años en el Templo, el festejo de la Pascua, se convirtió en dolor, lágrimas y angustias, Jesús se pierde. Pero ella creyó y aceptó “conservando estas cosas en su corazón” (Lc. 2, 51) 

José la deja, por su muerte, Jesús sale a predicar, ella queda sola en la casa, con sus recuerdos, sus preocupaciones, sus miedos… pero siempre creyendo y aceptando. 

Como toda madre temió la muerte de su Hijo. Y la tuvo que presenciar, y ni siquiera una muerte normal, sino la muerte más indigna, la muerte de un malhechor. María al pie de la cruz creyó y aceptó. 

Y tantas cosa de la vida cotidiana, que fueron ocasión para su acto de fe y aceptación, que no sabemos. 

Tanta fidelidad recibió el día de la Asunción su premio. Y la Virgen está en el cielo, como Madre de Jesús y Madre nuestra, signo de lo que sucederá con todos hijos fieles de Dios. 

Madre subida al cielo, para gozarnos con ella, para amarla, para encomendarnos a Dios, pero también para imitarla, ahora en su fidelidad, un día más adelante en su triunfo. 

Fidelidad a Dios en tantas cosas que querríamos distintas y no son o no resultan así: enfermedades en vez de salud. Angustias en vez de serenidad. Injusticias en vez de justicia. Pobreza en vez de seguridad económica. Desempleo en vez de trabajo. Conventillo en vez de vivienda digna. Calumnias o mentiras en vez de verdad. Soledad y muerte en vez de compañía y vida. Desuniones en vez de unidad y paz. 

En estas fiestas patronales, en esta Parroquia de Chacabuco, donde además confirmo a estos hermanos nuestros, cada uno piense ante Dios ¡cuanto debemos creer y aceptar!. No para rendirnos, sino para con ese acto de fe y aceptación llegar a la plenitud de una vida bendecida por Él. 

El sacramento de la confirmación tiene, en cierto sentido, la función de completar en cada uno de ustedes lo que ya comenzó con el bautismo. Debe reforzarlo. 

Mediante el santo bautismo cada uno y cada una de ustedes fueron hechos cristianos y han recibido el signo indeleble de hijo de Dios, que los vuelve similares espiritualmente a Cristo, el Hijo de Dios. 

Mediante la confirmación cada una y cada uno deben volverse cristianos de una manera nueva. Un cristiano maduro en el Espíritu Santo. Ser un cristiano maduro quiere decir ser “testigos de Jesús”. Para ser maduros hay que aprender de la Virgen a creer y aceptar la voluntad del Padre. 

El sacramento de la confirmación debe consolidar la fe recibida en el santo Bautismo, y hacer que ella sea una fe viva: esto es animada por el amor de Dios y del prójimo. 

Si aceptan y viven la confirmación a ejemplo de María, que sube al cielo, entonces lo corruptible se revestirá de incorruptibilidad. Vivamos ya desde ahora con un gran espíritu de fe y aceptación de la voluntad de Dios, vivamos como sus hijos. 

Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján

 

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