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Homilía jornadas de formación sacerdotal

- Luján, 29 de agosto 2006 -

 

            Queridos sacerdotes: 

Agradezco la presencia de Vds. en estas jornadas de formación sacerdotal de nuestro clero. Desde el Concilio Vaticano II, los Papas y los documentos de la Iglesia no han dejado de animar la formación permanente de los sacerdotes. 

La necesidad de formarnos nace de nuestra vocación propia, sin caer en el enciclopedismo o la curiosidad, debemos preocuparnos por amor a Dios y a la Iglesia de nuestro crecimiento humano, espiritual e intelectual. 

El tiempo que dedicamos a nuestra formación no es tiempo perdido, sino que es útil en lo personal, para desconectar de las preocupaciones que nos encierran en nosotros mismos y a la vez nos ayuda en el trato de nuestros fieles por contribuir a nuestro crecimiento. 

Aprovecho para agradecer de modo particular a Mons. Luis Rivas, especialista en Sagrada Escritura, que nos ayudó esta mañana con la fundamentación Bíblica del tema que nos ocupa: la encíclica de Benedicto XVI “Dios es amor”. También agradezco al P. Gerardo Ramos, especialista en teología pastoral, que nos está ayudando a profundizar los aspectos teológicos, morales y pastorales de la encíclica. 

Nos encontramos en la Casa grande de la Madre, celebrando la Eucaristía, en este día que se conmemora el Martirio de San Juan Bautista, hemos escuchado en el Evangelio las circunstancias dramáticas y tristes del fin de su vida. En un mundo que se percibe como triste y sufriente, querría compartir con Vds. una reflexión sobre la causa de la tristeza de Dios. El Evangelio nos muestra a Jesús sumido en la tristeza. 

El relato de Jesús llorando sobre Jerusalén nos muestra al Señor triste hasta las lágrimas. Es uno de los momentos más tristes de su vida: “Cuando estuvo cerca al ver la ciudad lloró sobre ella.”

Sin embargo no es este el momento más dramático de su vida: éste corresponde a Cristo orando en el Huerto (Mc. 14, 32 ss): “siento en mi alma una tristeza mortal.” ¡y vino un ángel a consolarlo! 

De modo parecido Jesús revela su profunda tristeza, cuando se refiere a cierta clase de personas; aquellos que han puesto su confianza en las riquezas. “Ay de Vds. los ricos porque ya tienen su consuelo… Ay de Vds. los que ahora están satisfechos, porque después tendrán hambre… Ay de Vds. los que ahora ríen, porque van a llorar de pena” (Lc 6, 24-25) 

Jesús revela igualmente una profunda tristeza al dirigirse a aquellos que han rechazado su mensaje por intereses creados o por mala fe: “Ay de Vds. maestros de la ley y fariseos hipócritas… no entran Vds. ni dejan entrar a los que quieren entrar… Ay de Vds. guías ciegos” (Mt. 23, 13 s) Y Jesús termina con una lamentación más sobre Jerusalén: “Jerusalén, Jerusalén… cuantas veces quise cobijar a tus hijos, como la gallina cobija a sus pollitos bajo las alas, y tu no lo has querido.” (Mt. 23, 37) 

Conocer el Corazón de Jesús y su intimidad, en este caso, es constatar que a veces se entristecía hasta lamentarse. Debemos conocer aquello que es capaz de entristecer al Hijo de Dios. ¿Por qué llora sobre Jerusalén? Porque se ha negado a ver aquello que la puede salvar: “Ojala que en este día tú también entiendas los caminos de la paz, pero son cosas que no puedes ver ahora.” (Lc. 19, 42) 

¿Por qué está triste hasta la muerte en Getsemaní? Porque allí al asumir la suerte de los pecadores para redimirnos, experimentó en su alma la noche obscura de los que rechazan la luz que puede salvarlos. “Ahora esta es vuestra hora del poder de las tinieblas.” (Lc 22, 53). Es el mismo drama de Jerusalén que rechaza la luz salvadora. Es no querer ver, la ceguera voluntaria. Las otras expresiones de tristeza divina ya señaladas, tienen motivos similares. 

¿Por qué Jesús se lamenta de los ricos, de los satisfechos, de los que ahora ríen? Porque sus riquezas, les impiden ver los verdaderos valores y lo único necesario, su condición los ha vuelto ciegos ante la luz. Pues donde están las riquezas allí está el corazón, y si el corazón que debe ser nuestra luz y guía busca el mal, acabará en tinieblas y mal: “¿qué pasará si la luz que llevas dentro se vuelve obscuridad?, “y si la luz en ti es obscuridad, ¡qué oscuridad habrá! (Mt. 6, 23) 

¿Por qué Jesús se lamenta una y otra vez de los fariseos y maestros de la ley, denunciando su dureza y ceguera con infinita tristeza? Porque son deliberadamente sordos y ciegos ante su mensaje. “Ay de Vds. quías ciegos… ciegos que guían a ciegos…” (Mt. 23, 16. 17. 19. 24). El pecado de la ceguera voluntaria es la causa de la tristeza de Jesús

El ciego de corazón peca contra la luz, rechaza el amor salvador del Padre que envió a su Hijo a traer la luz (más aún Él mismo era la luz): “y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas, porque todo el que obra mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras.” 

Otros pecados no lo entristecen de esa manera. Si no se rechaza sistemáticamente la luz de su gracia, siempre hay posibilidad de perdón y misericordia. Pero el que peca contra la luz, se substrae voluntariamente a la misericordia que perdona setenta veces siete. De ahí las palabras de Jesús pronunciadas con intensa tristeza: “yo os aseguro que se perdonará todos a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que sean. Pero el que blasfema contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno.” (Mc 3, 28-29) 

No tendrá perdón no porque Dios no quiera perdonarlo, sino porque el ciego de corazón rechaza voluntariamente la luz, que lo llevaría a aceptar el perdón. 

¿Quién es capaz de apagar la luz en nuestra vida, la luz de Cristo que nos fue dada en el Bautismo a parte de nosotros mismos?: aquel que es tan potente agente del mal, que Jesús es al único que a quien nombra personalmente como el gran enemigo, en la única oración que nos enseño: el demonio (CIC 2850. 2851. 2854). 

Contra él es la gran batalla que se libra en nuestro corazón y en el mundo. ¿Quién la libra? Apocalipsis 12: “Una mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies y una corona de estrellas en su cabeza”. Dios le encomendó a Ella la batalla, debemos abrirnos cada vez más al amor de Dios que nos salva y que es luz que nos guía. A ella encomendó la lucha con sus hijos, especialmente los consagrados. 

 

Mons. Rubén Héctor Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján

 

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