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Homilía para la Misa de
 Fiestas Patronales de la Arquidiócesis

Nuestra Señora de las Mercedes, 2006

 

Un año más nos encontramos a los pies de la celestial patrona de la arquidiócesis, en una celebración que cada año nos lleva al recuerdo histórico de la fundación de la Orden de los mercedarios para el rescate de los cautivos, inspirada por la Virgen, según la antigua tradición, a San Pedro Nolasco, a San Ramón de Peñafort y al Rey Jaime I.

Las lecturas y las oraciones de la fiesta de hoy dan un tono particular al patronazgo de María, en esta advocación mariana, tan arraigada en nuestra patria. Hoy hay celebraciones especiales en Tucumán (está el Sr. Nuncio), Bahía Blanca, Chascomús, entre otros lugares. La liturgia propone para antes del evangelio lecturas que nos hablan del anuncio profético de Dios que libra a su pueblo esclavizado y de una invitación a vivir y a trasmitir fortaleza, guiados por el modelo de firmeza y fortaleza que es Jesucristo.

En el Evangelio, se desvela la relación que eso tiene con María, y el sentido que tiene leer estos textos en una fiesta dedicada a ella. La Virgen coopera también en el camino de libertad y redención del Hijo, en esta ruta que es necesario transitar firmemente, con fortaleza espiritual y decisión de la voluntad, la Virgen, en Caná, auxilia a los novios y hace que Jesús convierta la situación de aflicción que se hubiese podido vivir en situación de gozo, de felicidad, de plenitud.

La advocación de las Mercedes nace precisamente para auxiliar a aquellos que estaban en una situación sumamente penosa y lejos de su tierra, de su cultura y de su fe. En un mundo tan difícil como el de hoy necesitamos subrayar este aspecto de liberación y protección que nos ofrece la devoción a Nuestra Señora de la Merced.

Existe una lectura en la liturgia de las horas, en el oficio propio, que nos habla de la teología de la merced. Dice el autor[1]: «Íntimamente, esencialmente, la teología de la Merced radica en una función altísima de maternidad divina, dirigida a perpetuar y adaptar a las vivas necesidades de aquella época aquello que en tal función –a semejanza de la obra redentora de Jesús, el Hijo de Dios- tiene de más humano, más delicado y más esencial; es decir: poner los hijos de los hombres en el camino de la libertad que de derecho les toca como a tales y, sobre todo, como a Hijos de Dios.»

El camino de la libertad, lo recorrió abriéndolo para nosotros Jesucristo, nuestra vida de fe nos tiene que llevar por él para ayudarnos a encontrar la verdad y el sentido de nuestra vida humana y espiritual, y a su vez nosotros ayudar al prójimo en esta tarea.

 Volviendo al Evangelio, encontramos a nuestra Madre la Virgen, teniendo precisamente un gesto materno, de delicadeza humana y afectuosa. Como recordaba el Papa en su reciente viaje a Alemania, predicando de este mismo Evangelio. María no hace un pedido formal a su Hijo. Le dice “no tienen vino”, sabemos la importancia del vino en el gran acontecimiento festivo de una semana entera, que significaba una boda en aquél tiempo. “No tienen vino”, la Virgen le insinúa a Jesús que algo tiene que hacer, lo evidencia la respuesta de Cristo: “¿a ti y a mí qué, mujer?”. La virgen pone en manos de Jesús el problema de estos esposos, y deja a su creatividad la manera de solucionar esa dificultad.

 El título de Nuestra Señora de las Mercedes, tiene que ver, con misericordia, con gracia, con libertad. María respeta la libertad de su Hijo, y libra de un problema con su solicitud a los jóvenes esposos. Este episodio del segundo capítulo del Evangelio de Juan, está en relación con el diecinueve, capítulo central de su evangelio, que nos narra la muerte salvadora de Jesús. También el papa hacía mención de esto: ¿Por qué Jesús no llama Madre a la Virgen y le dice mujer, “¿a ti y a mí qué, mujer?”. Porque ese decirle “Mujer” nos recuerda el pasaje al pie de la Cruz: «Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.»

 La Mujer que intercede por los esposos en Caná, es aquella, que por voluntad de Dios es nuestra Madre. A ella con confianza invocamos en este día, pidiendo para nuestra arquidiócesis, para nuestra Iglesia catedral, para nuestras vidas la libertad, la verdadera libertad, que nos ofrece Jesús. Cuando nosotros aprendemos a vivir en esa libertad las consecuencias se extienden a todos los aspectos de nuestra vida y de la sociedad.

 Pidámosle a nuestra Patrona que ella nos enseñe, para ser libres en serio, a hacer todo lo que Jesús nos dice.

  

+Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján


 

[1] P. Miguel De Espulgues. Nuestra Señor de la Merced.
 Perdonar a quien nos ofende, respetar a quien nos aventaja, ayudar (miseria moral, espiritual, moral y física.)

 

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