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Homilía de Mons. Rubén H. Di Monte

Luján, domingo 22 de octubre de 2006

 

Hubo algunas épocas y en algunas sociedades que las funciones públicas se consideraban como un servicio que ciertas personas eran llamadas a ejercer en bien de la comunidad, frecuentemente el gasto lo afrontaban los mismos elegidos. No siempre en la historia se produjo un abuso de poder. En otras épocas, y hoy, las cosas son diferentes. Hoy los candidatos a ejercer las diversas funciones deben convencer a la gente y después administrar los recursos que reciben de los ciudadanos.

La naturaleza humana con sus más y sus menos siempre es la misma, por eso parece que el hombre de hoy no es tan diferente al que era contemporáneo de Jesús. En el Evangelio del domingo pasado habíamos visto que también después del tercer anuncio de la pasión, por parte de Jesús, los discípulos discutían entre ellos para saber quién tendría el puesto más importante en el reino. Esperaban que Jesús restaure el reinado de David en la tierra.

Desde aquel momento hasta el episodio contado por el Evangelio de hoy, los discípulos no parecen haber hecho grandes progresos. Lo que han entendido parece ahora ser que Dios le encomendará el juicio y la condena de los Gentiles no a un Mesías nacionalista, sino al Hijo del Hombre anunciado por Daniel, y que éste será rodeado de otros jueces que también se sentarán sobre tronos. Cuando el Hijo del Hombre haya sido entregado a los Gentiles, quieren ser asociados a la venganza divina. De nuevo Jesús intenta, con mucha paciencia, hacerles comprender que el único camino hacia estos tronos a los cuales aspiran es el del sufrimiento y del servicio. Él mismo no ha venido para reinar sino para servir. Jesús se manifiesta una vez más como aquel que cumple la profecía del siervo de Yahvé.

En los últimos capítulos del Libro de Isaías, se encuentran cuatro cantos atribuidos al Segundo Isaías, estos cantos son llamados los “Cantos del Siervo sufriente”, y fueron escritos en una época en la que el pueblo de Israel sufría la devastación, el hambre, la angustia, la persecución y el exilio. Le era imposible encontrar un sentido a todo esto. El mensaje del Segundo Isaías es una profecía impregnada de lágrimas humanas mezcladas con una alegría que cura todas las heridas, hace desaparecer todas las cicatrices y vuelve a todas las generaciones futuras capaces de comprender el futuro a pesar del absurdo o dolor del presente. No hubo nunca palabras más aptas para aportar consuelo en una situación hecha de sufrimientos y de lágrimas, hasta la misma vida de Jesucristo y su ofrenda total al Padre.

Israel estaba en el exilio y sus hijos eran “como un antílope en una red”. Los verdugos habían dicho a Israel: “Inclínense, que podamos pasar sobre ustedes”, “y habían hecho de su espalda el suelo, como una calle para que pasaran por allí.” Los exiliados vivían en un miedo constante. Es entonces cuando aparece la figura del “siervo sufriente”, aquel que elige pasar por este camino de sufrimiento. Como un cordero conducido al matadero, o una oveja delante de los esquiladores, se quedaba silencioso y no abría la boca.

Es a esta imagen del siervo sufriente que Jesús se refiere, cuando le dice a sus discípulos: “El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir, para dar su vida en recate por todos.” Es en este contexto donde debemos interpretar la invitación al servicio, los unos a los otros. San Juan en su descripción de la última Cena, pone en un lugar central el lavado de los pies, para que no quede ninguna duda de que esta actitud es esencial en el Reino de Dios. Esta actitud da el primer lugar.

Esta actitud esencial del cristiano que hoy nos presenta la Palabra de Dios, la vemos vivida hasta el fondo, por la Santísima Virgen María: “La sierva del Señor”, aquella que con su preocupación y su ayuda materna, siempre se ocupó de los demás: de su prima Isabel; de los novios, en las bodas de Caná; de la Iglesia naciente; de todos los hombres desde que Jesús nos la regaló en la Cruz por Madre. En esta Basílica y Santuario de Luján, que es signo de su solicitud por los hijos de estas tierras le pedimos que nos enseñe a vivir en el servicio, dándole sentido al dolor y sufrimiento que todos tenemos y transformándolo en redentor, para hacernos mejores, para ayudar a otros a ser mejores. «El que quiera ser el primero de ustedes, sea el servidor de todos.» ¡Madre nuestra de Luján, ayúdanos a vivir esta palabra, para que el mundo poco a poco se transforme en un mundo mejor! Así sea.

+Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján

 

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