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Homilía para la celebración de San Carlos Borromeo,
 100 años de la Iglesia Carlos Keen

- 4 de noviembre de 2006 -

  

Celebramos hoy la Misa, en la fiesta patronal de esta Iglesia que cumple 100 años. Hoy también algunos hermanos y hermanas de nuestra comunidad recibirán el sacramento de la confirmación y otros harán su primera comunión.

 Como les recordaba en una carta, Carlos Keen o el llamado "Pueblo de la Estación" comenzó a transitar sus primeros pasos antes de que naciera La Plata, constituyendo su fundación el 12 de agosto de 1881 a partir de la instalación de la estación ferroviaria, que fue la causa y origen del pueblo que más tarde se poblara con hombres y mujeres de trabajo, aquellos artífices de un glorioso pasado que logró que el lugar se convirtiera allá por la década del treinta, del siglo pasado, en ejemplo de crecimiento.

 Estos últimos cien años de historia fueron escritos con un templo propio, que así como el pueblo, comenzó antes de su fundación oficial; el templo, fue la consecuencia de un previo trabajo pastoral y de fieles que quisieron tener un lugar propio y digno donde dar culto a Dios y expresar su fe.

 El templo, edificio visible, es un signo especial de la Iglesia. La Iglesia al decir de San Cipriano[1] es el pueblo santo unificado por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Todos los bautizados de todos los tiempos en Jesucristo, por el Espíritu formamos el templo de Dios edificado con piedras vivas, donde el Padre es adorado en espíritu y verdad.[2]

 En las lecturas del Evangelio de los domingos, desde Pentecostés hasta el domingo pasado, hemos escuchado las enseñanzas de Jesús. Hoy todas estas enseñanzas están reunidas en un bellísimo texto sobre el primer mandamiento, el mandamiento del amor.

El contexto de esta enseñanza es muy simple. Jesús hace poco había tenido unas discusiones, sobre todo con los Saduceos, sobre la resurrección de los muertos. Entonces se acerca a Él uno de los escribas, para preguntarle: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Este escriba parece un hombre sincero. No se acerca a Jesús para ponerlo a prueba, sino que está dispuesto a recibir su palabra. Quiere aprender. Jesús lo toma en serio y le responde entonces citando el bello texto del Deuteronomio que los piadosos hebreos utilizan todavía hoy como oración: el Shema Israel, Escucha Israel.

El pueblo de Israel era muy celoso de su Ley, que lo distinguía de todos los otros pueblos. Él había recibido esta Ley de Dios mismo, con la intermediación de Moisés. Esta Ley determinaba todos los elementos de la vida del pueblo, como así también de toda persona, y buscaba la felicidad, pero también era un peso. Comprendía muchos preceptos. ¿Cómo sería posible para una persona observar todos estos preceptos, aunque sea sólo por un día? En este contexto de preocupación tenemos que ubicar la pregunta del escriba, una pregunta cándida, pero seria: ¿cuál es el más grande de todos los mandamientos? Esta pregunta expresa la búsqueda apasionada de un camino de salvación por parte de muchos compatriotas de Jesús; una búsqueda de la cual tenemos un buen ejemplo en la historia del joven rico de hace algunos domingos.

El camino no es otro que el amor, amar a Dios y al prójimo como a nosotros mismo, este mandamiento se debe expresar en nuestro culto, en nuestras elecciones, en toda nuestra vida.

Viene después, en la enseñanza de Jesús, otra consecuencia de la fe en un solo Dios: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Esto no es evidente. No es fácil amarse a sí mismo, y como recuerda también San Bernardo: el amor de Dios y de los otros comienza por el amor a uno mismo.

El escriba está de acuerdo con Jesús y agrega una cosa muy profunda “[esto] vale más, dice, que todas las ofrendas y que todos los sacrificios” Jesús lo aprueba y le dice: “no estás lejos del reino de Dios.”

 En estas fiestas patronales, en esta Iglesia centenaria de Carlos Keen, donde además confirmo a estos hermanos nuestros, cada uno piense ante Dios ¡cuanto debemos amar a Dios y al prójimo! Este es el camino al reino de Dios. Toda muestra vida tendrá sentido y será fecunda si nos esforzamos por escuchar a Jesús.

 El sacramento de la confirmación tiene, en cierto sentido, la función de completar en cada uno de ustedes lo que ya comenzó con el bautismo. Debe reforzarlo.

 Mediante el santo bautismo cada uno y cada una de ustedes fueron hechos cristianos y han recibido el signo indeleble de hijo de Dios, que los vuelve similares espiritualmente a Cristo, el Hijo de Dios.

 Mediante la confirmación cada una y cada uno deben volverse cristianos de una manera nueva. Un cristiano maduro en el Espíritu Santo. Ser un cristiano maduro quiere decir ser “testigos de Jesús”. Para ser maduros hay que aprender de la Virgen a creer y aceptar la voluntad del Padre, hay que aprender a vivir el mandamiento del amor.

 El sacramento de la confirmación debe consolidar la fe recibida en el santo Bautismo, y hacer que ella sea una fe viva: esto es animada por el amor de Dios y del prójimo.

 Recibir el sacramento de la confirmación y de la Eucaristía debe ayudarnos a crecer como hijos plenos de Dios.

 El 4 de noviembre de 1984, decía el siervo de Dios Juan Pablo II en Milán: «El 3 de noviembre de 1584 el cardenal Carlos Borromeo, arzobispo de la Iglesia de Milán, entrega su alma a Dios. Murió a la edad de 46 años. Los ojos fijos sobre el crucifijo, dando su último testimonio a aquellos a los cuales había consagrado completamente la vida… El moribundo, fijando la mirada sobre Cristo crucificado, parecía repetir: “El Señor es mi pastor.”»

 Al mirar la Iglesia de Carlos Keen, miremos el crucifijo, miremos al Señor presente en el Sacramento de su amor: la Eucaristía, que hoy algunos recibirán por vez primera. Sepamos que Él es nuestro Pastor, que confiando en Él nada nos puede faltar. Que confiando en Él tendremos la fuerza de ser mejores, de superar los egoísmos, los odios y las divisiones que no nos dejan vivir con plenitud nuestro ser hijos de Dios. El mandamiento del amor.

Estamos todos en camino hacia la misma meta. Pidámosle a Dios por medio de María Santísima la gracia de vivir de manera tal que Jesús diga también de nosotros: “Tu no estás lejos del reino de Dios.”

+Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján


[1] Cf. San Cipriano, Sobre la oración del Señor, 23 PL 4, 553.

[2] Cf. Jn 4, 23.

 

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