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Se establece el domingo 5 noviembre como día para lucrar la indulgencia plenaria en las Iglesias y oratorios, prevista para la Conmemoración de todos los fieles difuntos

  

Se aproxima la Conmemoración de todos los fieles difuntos. La Iglesia tradicionalmente pone a disposición de los fieles en este día el don de la indulgencia, que pueden aplicar a los difuntos.

 Recordemos lo que nos dice el catecismo de la Iglesia católica, citando al Derecho Canónico[1], sobre la indulgencia: «La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos… Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias.»[2]

 El Siervo de Dios Juan Pablo II en 1999, en una catequesis, nos recordaba, como lo hiciera también Pablo VI, el valor de la Indulgencia, que está ligada al sacramento de la penitencia y fundamentalmente a la “misericordia de Dios”: «Jesús crucificado es la gran «indulgencia» que el Padre ha ofrecido a la humanidad, mediante el perdón de las culpas y la posibilidad de la vida filial (cf. Jn 1, 12-13) en el Espíritu Santo (cf. Ga 4, 6; Rm 5, 5; 8, 15-16).»[3]

 Las penas son como las consecuencias del pecado. Pecar es quebrantar el orden intrínseco de las cosas. Este desorden producto del pecado muchas veces tiene sus consecuencias para las personas que lo quebrantaron y a veces, lamentablemente, también para otros.

 Señalaba Juan Pablo II, en la catequesis citada: «En ese contexto, la pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, aun reconciliado con Dios, esta todavía marcado por los «restos» del pecado, que no le permiten una total apertura a la gracia. Precisamente con vistas a una curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor.»

 Las indulgencias, lejos de ser una especie de «descuento» con respecto al compromiso de conversión, son más bien una ayuda para un compromiso más firme, generoso y radical. Este compromiso se exige de tal manera, que para recibir la indulgencia plenaria se requiere como condición espiritual la exclusión «de todo afecto hacia cualquier pecado, incluso venial».[4]

Por esto concluía Juan Pablo II: «Por eso, erraría quien pensara que puede recibir este don simplemente realizando algunas actividades exteriores. Al contrario, se requieren como expresión y apoyo del camino de conversión. En particular manifiestan la fe en la abundancia de la misericordia de Dios y en la maravillosa realidad de la comunión que Cristo ha realizado, uniendo indisolublemente la Iglesia a sí mismo como su Cuerpo y su Esposa.»

 

La comunión de los santos

 El primer y segundo día del mes de noviembre, cada año, meditamos en la “comunión de los santos”. Aprovechemos el regalo de la indulgencia para profundizar más en esta comunión. Leemos en el número 1475 del catecismo: «En la comunión de los santos, por consiguiente, "existe entre los fieles -tanto entre quienes ya son bienaventurados como entre los que expían en el purgatorio o los que peregrinan todavía en la tierra - un constante vínculo de amor y un abundante intercambio de todos los bienes"[5]. En este intercambio admirable, la santidad de uno aprovecha a los otros, más allá del daño que el pecado de uno pudo causar a los demás. Así, el recurso a la comunión de los santos permite al pecador contrito estar antes y más eficazmente purificado de las penas del pecado.»

 Nos adentramos en el misterio de la comunión de los santos en la medida que tratamos de vivir más en la caridad. Las indulgencias confirman también la supremacía de la caridad en la vida cristiana. Pues no se pueden ganar sin una sincera conversión (metanoia) y unión con Dios, a lo que se suma el cumplimiento de las obras prescritas. Sigue en pie, por tanto, el orden de la caridad, en el que se inserta la remisión de las penas por dispensación del tesoro de la Iglesia.[6]

 

Indulgencias aplicables a las almas del Purgatorio

 A los fieles que devotamente visiten el cementerio y oren, aunque sea sólo mentalmente, por los difuntos, se les concede indulgencia, aplicable únicamente a las almas del purgatorio- la cual puede ser:

* Plenaria: cada uno de los días desde el 1 al 8 de noviembre.

* Parcial: los demás días del año.

  

Así, según una antigua tradición, lo trae el Manual de las indulgencias, en la concesión 29, que también establece la posibilidad de lucrar indulgencia plenaria, aplicable a los difuntos, en todas las Iglesias y oratorios públicos y semipúblicos El día de la Conmemoración de todos los fieles difuntos.

 Esta concesión contempla la posibilidad de que el Ordinario, traslade esta indulgencia al domingo anterior o posterior. Para facilitar a nuestros fieles esta práctica establezco que dicha indulgencia se pueda lucrar en nuestra arquidiócesis el domingo 5 de noviembre. La obra prescripta para ganar esta indulgencia es la devota visita de una Iglesia u oratorio, en la que se rece el Padrenuestro y el Credo, añadiendo la confesión sacramental, (que puede ser anterior o, si hay motivos reales, posterior haciendo la obra prescripta con un acto de contrición perfecta)[7], se debe agregar también la comunión eucarística y una oración por las intenciones del Sumo Pontífice[8]. Esta indulgencia se puede lucrar desde el mediodía del 4 de noviembre hasta la medianoche del 5.[9]

 La Virgen Madre es la figura de la Iglesia, ella es la dichosa por creer, la sierva del Señor, la que se preocupa por todos. En estos días de oración por los difuntos invoquemos a la Virgen como abogada nuestra. Pidámosle que nos ayude a vivir más adentrándonos en la comunión de los santos por medio del ejercicio de la caridad, hacia nuestros seres queridos difuntos, y hacia nuestros hermanos que nos rodean.

 

+Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján 

Mercedes, en nuestra sede arzobispal,

a 24 días del mes de octubre de 2006


 

[1] CIC 992-994.

[2] C.E.C Nº 1471.

[3] Juan Pablo II. El don de la Indulgencia. Catequesis 29-IX-1999.

[4] Enchiridion indulgentiarum, Norma. 25

[5] Pablo VI, Const. Ap. "Indulgentiarum doctrina", 5.

[6] Cf. Ibid. 11.

[7] Enchiridion indulgentiarum. Norma 25. El ordinario, donde sea difícil la confesión y comunión en el día, puede conceder hacer la obra prescripta con un acto de contrición perfecta. Y confesar y comulgar cuanto antes (no debe pasar el mes).

[8] En la norma 20 del Manual de las Indulgencias se nos dice: Se pueden lucrar muchas indulgencias plenaria con una sola confesión sacramental. Sin embargo, con una sola comunión sacramental y una sola oración por las intenciones del Sumo Pontífice se puede ganar una única indulgencia. Conviene que la comunión y la oración por el Sumo pontífice se realice el mismo día que la obra prescripta.

[9] Cf. Ibid. Normas 18, 10, 24, 25. Concesión 29. § 1.

 

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