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Reflexiones Pastorales para el Adviento 2006

 

Queridos Sacerdotes

Religiosos, religiosas, seminaristas

Laicos y laicas de consagración especial

Hermanos todos:

 

Introducción:

Nos disponemos, Dios mediante, el 3 de diciembre a comenzar el tiempo de Adviento, quisiera a partir de un texto de Lucas compartir con ustedes unas reflexiones que nos ayuden, en este tiempo especial, a prepararnos para celebrar con provecho el misterio de la Encarnación, en la próxima navidad.

 

Texto:

Lc 21, 25-36

«Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que estén en medio de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no entren en ella; porque éstos son días de venganza, y se cumplirá todo cuanto está escrito.

¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! «Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra, y Cólera contra este pueblo; y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles. «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación.» Les añadió una parábola: « Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra.»

Los tiempos.

Nuestra existencia humana está medida por la danza rítmica del tiempo. El movimiento de la tierra entorno al sol crea la medida que nosotros llamamos año. La revolución de la luna en torno a la tierra es la base de esto que llamamos mes. El movimiento rápido de la tierra sobre sí misma es llamado día; y nosotros dividimos este día en horas y segundos.

En las civilizaciones antiguas, mucho antes de la época de Israel, este avanzar del tiempo era considerado una disposición arbitraria de las potencias celestes cósmicas. Se consideraba que estos tiempos podrían ser propicios y nefastos, tiempos de salvación y tiempos de destrucción. El hombre sintiéndose impotente delante de los poderes de la naturaleza buscaba huir del influjo del tiempo refugiándose en los ciclos cósmicos sacralizados, de los cuales él podía ser partícipe, y en los cuales pudiese encontrar cierta estabilidad.

El fin del mundo y la venida de Cristo.

Para Israel, este esfuerzo de huir del tiempo real remplazándolo con un tiempo sagrado, era una ilusión. Porque Israel estaba convencido que cada suceso de la historia era una epifanía de Dios. Era Dios conduciendo a su pueblo; era Él que lo liberaba o lo castigaba. Él era el Dios de Abraham de Isaac y de Jacob, y era también el Dios del exilio de Babilonia. Muchos profetas habían anunciado la destrucción del Templo, como consecuencia de haber roto la alianza con Dios. En ocasión de su última subida a Jerusalén, Jesús hace lo mismo. Anuncia que el Templo de Jerusalén, centro de todo el culto de Israel, será destruido, y que no quedará piedra sobre piedra. Los que lo escuchan le preguntan entonces cuál será el signo de esta liberación del Pueblo de la esclavitud, y cuál el signo de la restauración del verdadero Israel que adorará a Dios en espíritu y en verdad (Lc 21, 7). Es entonces que Jesús pronuncia el discurso escatológico, que se lee en parte, los últimos días del tiempo ordinario, y el primer domingo de Adviento del ciclo C.

El discurso no describe el fin del mundo, como una fotografía. Describe, de manera simbólica, el desorden establecido en el corazón de la humanidad por la culpa y la falta de responsabilidad de las decisiones humana. Si Jesús hiciese el mismo discurso hoy, nos hablaría de males parecidos, todos males que tienen que ver con el egoísmo, la desunión, la sed de poder o de riquezas. En definitiva de todo lo que aleja el corazón de Dios y del prójimo.

Pero Jesús no se limita a esto. Anuncia la liberación: Entonces se verá al Hijo del hombre aparecer entre las nubes. No dice: Amedréntense, entonces, porque es el fin del mundo. Dice en vez: «cobren ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación.» (Lc. 21, 28). Jesús anuncia la liberación realizada por el Hijo del Hombre, esto es la humanidad transformada por la presencia en su seno del Hijo de Dios hecho Hombre, misterio al cual nos preparamos durante el adviento, en la primera parte, de su venida escatológica y en la segunda de su venida histórica, de esta humanidad nueva, hecha de todos aquellos que viven su mensaje, según las bienaventuranzas, de aquellos que son pobres, humildes de corazón, hacedores de paz. Todos por se cristianos, pero especialmente los pastores, debemos ser testigos de la paz, sedientos de justicia y dispuesto a soportar la persecución.

Jesús termina con una recomendación muy importante: “Estén alertas”. Es una recomendación que hace muchas veces hacia el final de su vida pública. Pide a sus discípulos de guardarse de los fariseos (Lc 12, 1), como así de los escribas (Lc 20, 46), o de los que provocan escándalo (Lc 17, 3). ¿De qué cosas dice Jesús que debemos guardarnos ahora? Nos pone en guardia contra todas las formas de desorden en la vida privada (libertinaje, embriaguez, preocupaciones de la vida) que generan las situaciones sociales catastróficas que había mencionado.

Su discurso termina, no con una invitación al temor y al temblor, sino con la confianza suscitada por esta vuelta fulgurante del Hijo del Hombre en la historia, a través de la acción humanizante de sus discípulos nutrida en su presencia a través de la oración y los sacramentos; no estar agachados ante Él por temor, sino con la cabeza levantada, en la espera que expresa dignidad, dignidad que Él nos ha devuelto queriendo ser uno de nosotros. A esto nos prepara el tiempo de Adviento.

Nuestro adviento.

En este tiempo fuerte celebramos esta presencia del Hijo del hombre en el corazón de nuestra historia. Estemos durante estos domingos delante de Él para que su presencia nos penetre y nos transforme, a fin de que a través de nosotros y de nuestra vida cristiana, Él continúe y complete la liberación de todas las esclavitudes, de todos los sufrientes y de todas las opresiones generadas por nuestros pecados.

La Virgen en nuestro adviento.

El adviento es el tiempo mariano por excelencia del Año litúrgico. Lo ha expresado con toda autoridad Pablo VI en la exhortación apostólica “El culto Mariano”. [1]

En su ejemplaridad hacia la Iglesia, María es plenamente la Virgen del Adviento en la doble dimensión que tiene siempre en la liturgia su memoria: presencia y ejemplaridad. Presencia litúrgica en la palabra y en la oración, para una memoria grata de Aquélla que ha transformado la espera en presencia, la promesa en don. Memoria de ejemplaridad para una Iglesia que quiere vivir como María la nueva presencia de Cristo, con el Adviento y la Navidad en el mundo de hoy.

En la feliz subordinación de María a Cristo y en la necesaria unión con el misterio de la Iglesia, Adviento es el tiempo de la Hija de Sión, Virgen de la espera que en el "Fiat" anticipa el Marana thá de la Esposa; como Madre del Verbo Encarnado, humanidad cómplice de Dios, ha hecho posible su ingreso definitivo, en el mundo y en la historia del hombre.

Esta Madre, en toda la significación de la espera más entrañable, imagen de la Iglesia, la feliz por haber creído es también el paradigma de vigilancia y de la unión a Cristo en la oración con Dios, en el misterio de la Trinidad. Ella está alerta. A esta Madre le pedimos la gracia de tener un adviento vigilante, que nos preparemos en serio para la venida de Jesús, que reconozcamos los signos de los tiempos con responsabilidad pero con esperanza.

 

Dejemos que Jesús siga viniendo a nuestra vida en su Palabra, que inspira nuestras obras, las acompañe y sostenga, de esa manera la Navidad tendrá un sentido pleno en nuestra vida, y habremos tenido un adviento provechoso. 

Desde el Corazón de nuestra Madre, la Virgen de la espera, los bendigo afmo.

 

Mercedes, 14 de noviembre de 2006.-

 

 

+Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján

 


 

[1] Marialis Cultus, 2 de febrero de 1974) nn 3-4.

 

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