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Reflexiones Pastorales de Navidad
de Mons. Rubén H. Di Monte

  

Queridos Sacerdotes,
Diáconos, seminaristas,
Religiosos, religiosas,
Laicas y laicos de consagración especial
Queridos hermanos todos:

 

Cada año la octava de Navidad termina el primero de enero, marcando ese día una triple celebración. Litúrgicamente, celebraos a María, con el título de “Madre de Dios”, una semana después del nacimiento de su Hijo. Civilmente celebramos el inicio de un nuevo año. Y además este primer día del año está dedicado a la jornada mundial de la paz. Evidentemente, aunque estemos alegres e intercambiemos felicitaciones, no podemos olvidar los pueblos que, también en ese día de la paz están afligidos por la guerra, o por situaciones que quitan la dignidad humana, y de tantos que también sufren moral y espiritualmente.

 Ese día la liturgia propone como segunda lectura de la Misa la Carta a los Gálatas (Gál. 4, 4-7), la cual expresa con una claridad y una fuerza muy excepcional todos los aspectos del misterio litúrgico que celebramos al inicio del nuevo año civil.

 «Cuando se cumplieron los tiempos, Dios mandó a su Hijo» Gál. 4, 4. Tenemos aquí un elemento absolutamente esencial de la fe cristiana. Que Jesús de Nazaret haya sido una persona extraordinaria –un profeta que ha marcado profundamente la historia- lo reconoce un gran número de personas de todas las religiones. Lo propio de la fe cristiana es reconocer y afirmar que, al momento de su nacimiento, los tiempos se han cumplido; que la aspiración de todos los seres humanos de todos los tiempos se encuentra realizada; que estamos en el fin de los tiempos, pero no como fin de término, sino como inicio de una nueva etapa que consistirá en la realización gradual en nuestra humanidad de aquello que se manifestó plenamente en Cristo.

 Si toda la primera etapa, a partir de la creación, estaba caracterizada por la espera, esta segunda etapa está signada por la «misión», esto es del acto de enviar. Primero Dios que envía a su Hijos, después será Jesús quien enviará a todos a llevar su mensaje.

 La primera manifestación del hecho de que Jesús se ha vuelto uno de nosotros consiste en haber nacido. Siendo eterno, ha conocido un inicio, en el seno de una mujer. Ha nacido en un pueblo concreto, que tenía su propia tradición religiosa y su Ley. Él entonces nació sometido a la Ley, no para ser esclavo, sino para liberar de la ley, que esclaviza, a todos los seres humanos, para transformarlos de esclavos de la ley, en hijos. Desde entonces, el Soplo de Dios que planeó sobre el universo la mañana de la creación, ha entrado en nosotros, como ha entrado de una manera especial en María, y grita «Abba», «Padre» un grito que es del Espíritu del Padre y del Hijo, y que también, por un don de amor, es nuestro grito.

 La Virgen está en el corazón de este misterio, así como este misterio se vive en su corazón. El misterio de María que celebramos en la Navidad, y el primero de año es de una soledad y de una profundidad inauditas. Mientras Dios se hacía hombre para salvar a toda la humanidad, ella estaba absolutamente, trágicamente sola para acogerlo, en nombre de todos, pronunciando su «Si». A partir del momento en que Jesús nació, es Él que está en el centro de la historia y de la atención. En la visita de los pastores, estos últimos encuentran a María y José, el cual comparte un poco la soledad de María, pero es al niño que los pastores vienen a ver, y cuando se van, es del niño que hablarán a todos, dejando a María en su soledad. La Virgen Madre queda escondida, con su soledad y su secreto incomunicable. Ella vive de los acontecimientos infinitamente más grandes de Él; y no hay nadie, excepto José, con quién pueda hablar, pero ni a él puede transmitirle toda la experiencia de su interior entregado totalmente al Señor. Por eso María no puede más que conservar y meditar estos hechos en su corazón.

 María vivirá esta soledad, nacida por su misión única, durante toda su vida. Hará la experiencia en el momento de la presentación de su Hijo al Templo; de nuevo; en el mismo Templo, doce años más tarde; después cuando Jesús se vaya de casa, hacia la edad de treinta años, para una misión incomprensible. Y conocerá todavía esta soledad a los pies del Calvario, y de nuevo, después de la muerte de su Hijo, dentro de la comunidad de los creyentes que se constituirán Iglesia. Siempre la Virgen lleva en su corazón todos estos acontecimientos repensándolos y meditándolos.

 La soledad de María da un sentido a nuestra propia soledad y le pone luz. No hablo de aquel aislamiento que podemos fabricarnos nosotros solos o en el cual podemos reducir ciertos hechos dolorosos. Hablo de la soledad en la cual se vive nuestro cara a cara con Dios, todos los días de nuestra vida. Esta soledad está hecha de todos los instantes en los que debamos hacer una elección y decir un «sí» o un «no», que nos comprometa, y según el estado de vida en que nos encontremos también comprometa a otros. Todos los instantes en que recibimos una «misión» para cumplir, que puede no tener nada de particularmente brillante, ni nada de glorioso, pero que es algo que debemos asumir y aceptar para ser verdaderos con nosotros mismos.

 María, Madre de Dios, es la madre de todas nuestras soledades. En la suya ha engendrado a su Hijo y nos ha engendrado también a nosotros. Contemplemos el pesebre: el niño envuelto en pañales, María y José, es un misterio de amor, de donación, de redención, es el misterio de la Encarnación. Contemplar el pesebre nos alegra, nace nuestro salvador; contemplar el pesebre nos consuela: Dios se hace hombre y comparte todas nuestras debilidades, menos el pecado; contemplar el pesebre es motivo de esperanza: la Madre nos invita a la alegría a pesar de nuestra soledad o nuestro sufrimiento.

 Con mis deseos de Felicidad y bendición para este tiempo de Navidad y para el nuevo año que comenzaremos.

 

         Mercedes 20 de diciembre de 2006.- 

 

+Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján

 

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