Oficina de Prensa

prensa@cea.org.ar

Todas las Noticias

HOME PRENSA

HOME CEA

La voz de los pastores

Documentos

Agenda CEA

Otras oficinas de Prensa

Vínculos

Contacto

Homilía para el miércoles de Ceniza

21 de febrero de 2007

 

La primera lectura de hoy nos enseña que el tiempo de Cuaresma es un tiempo de penitencia.

El profeta Joel (1. Joel 2,12-18) llama al pueblo de Israel a una jornada de penitencia. Les urge a que se conviertan de su mal y se pongan con decisión en la línea del seguimiento de Dios. Esto sucedía unos cuatro siglos antes de Cristo.

El ambiente se ve que estaba bastante apático y decadente. Además, estaban padeciendo en aquellos momentos los efectos de una catástrofe natural, una larga sequía y una plaga de langostas o saltamontes que había arrasado toda la cosecha.

El profeta aprovecha la circunstancia para convocar en asamblea general a pequeños y mayores, sacerdotes y laicos, para que todos juntos pidan perdón a Dios. Para él, la causa fundamental de la situación es que se han olvidado de Dios y descuidan su alianza. Eso sí: no se tienen que contentar con un ayuno oficial, ni con unas lágrimas o con un cambio de vestidos exteriores en señal de luto. La conversión tiene que ser interior: volverse de corazón a Dios, buscar sinceramente su voluntad y cumplirla.

El argumento con el que les anima a dar este paso es la bondad de Dios. Les recuerda una definición de Dios que se repite muchas veces en la Biblia: El Señor es «compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad».

Por medio de la penitencia debemos volver a Dios, reconocer que lo necesitamos y a veces las cosas que buscamos nos impiden encontrarnos con la bondad de Dios. Las ascesis el dejar lo superfluo el espíritu penitencial nos hace más ágiles en la búsqueda de Dios

 

La segunda lectura nos muestra que la cuaresma es un tiempo de gracia, un tiempo de reconciliación. San Pablo (2 Corintios 5,20-6,2) se lo dijo a los corintios hace dos mil años, pero nosotros lo oímos hoy: «ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el día de la salvación».

El se muestra orgulloso de ser «embajador de Cristo», y la embajada que trae de parte de él es ésta: «déjense reconciliar con Dios». Esta reconciliación se la ofrece Dios a todos por medio de la muerte salvadora de su Hijo Jesús. Hay que aprovechar esta ocasión y no «echar en saco roto la gracia de Dios». Es el tiempo propicio para reconciliarse: o sea, para recomponer la relación entre nosotros y Dios, por si se hubiera roto o debilitado. La confesión nos debería llevar constantemente a este espíritu de reconciliación que cuanto más auténtico es se refleja en la relación con los hermanos.

 

El Evangelio nos propone las obras propias de la cuaresma: oración, ayuno, limosna.

Jesús, en el sermón de la montaña (Mateo 6,1-6; 16-18), enseña a sus discípulos cómo tiene que ser su estilo de vida. Es una hermosa página, con paralelismos y antítesis muy expresivos.

Describe tres aspectos de la vida de un creyente que se puede decir que abarcan las tres direcciones de cada persona: para con Dios (oración), para con el prójimo (limosna) y para consigo mismo (ayuno). En las tres, el discípulo de Jesús tiene que profundizar, no quedarse en lo exterior, sino situarse delante de Dios Padre, que es el que nos conoce hasta lo más profundo del ser, sin buscar premios o aplausos aquí abajo:

- la limosna: «no vayas tocando la trompeta» para que todos se enteren; al contrario: «que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha»; el Padre te lo recompensará;

- la oración: no rezar «para que los vea la gente»; al contrario: «entra en tu cuarto y reza»; el Padre te lo pagará;

- el ayuno: «no anden cabizbajos para que la gente sepa que ayunan»; al contrario: «perfúmate la cabeza»; el Padre te premiará.

 

Muchos cristianos están asustados de la situación presente: la gran sequía de fe y de vocaciones, y los grandes males del mundo que arrasan valores humanos y cristianos. ¿Tiene futuro todo esto? La Cuaresma nos viene a responder que sí. Ante todo porque Dios sigue siendo rico en bondad y misericordia, y está siempre dispuesto a perdonar y empezar de nuevo. Y también porque las personas, por más débiles que se sientan, pueden ser movidas por el Espíritu y cambiar.

Por eso somos invitados a emprender un camino pascual, un camino que incluye la cruz y la renuncia, y por tanto será incómodo. Somos invitados a reconocer que algo no va bien en nosotros mismos, además de en la sociedad o en la Iglesia, y a cambiar, a dar un viraje, a convertirnos. Conversión se dice en griego «metánoia», que significa cambio de mentalidad.

 

El gesto penitencial de la ceniza que hacemos hoy, después de la homilía, nos recuerda, por una parte, que somos polvo y al polvo volveremos, cosa que nos hace bien recordar. Y por otra, nos invita a que aceptemos el Evangelio como norma de vida, como mentalidad propia de los seguidores de Jesús, la otra exhortación que se puede hacer al poner la ceniza: Conviértete y cree en el Evangelio.

Conversión que necesitamos todos y que tiene que tener las tres direcciones que Jesús nos proponía en el Evangelio hacia el prójimo, una caridad y una apertura que no busca ostentación, sino que se basa en un amor verdadero y desinteresado. En dirección a Dios, una oración que no se conforma con palabras y gestos exteriores, sino que brota del corazón. En dirección a nosotros mismos, un ayuno que es autocontrol, capacidad de renuncia de valores secundarios en favor de los principales.

Todo ello -dar limosna, rezar, ayunar- no lo hacemos para llamar la atención, sino con sinceridad y profundidad, para abrirnos a los demás, abrirnos a Dios y cerrarnos un poco a nosotros mismos.

 

Decía el Papa Benedicto XVI, el 1 de marzo del año pasado: «Animados por un fuerte compromiso de oración, decididos a un esfuerzo cada vez mayor de penitencia, de ayuno y de solicitud amorosa por los hermanos, encaminémonos hacia la Pascua, acompañados por la Virgen María, Madre de la Iglesia y modelo de todo auténtico discípulo de Cristo.» Si nos acompaña la Virgen la cuaresma de 2007 será un paso seguro, en nuestra vida, en el seguimiento de Jesús.

  

 

+Mons. Rubén H. Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján

          Si desea recibir nuestro servicio de noticias, envíenos un mail a :

prensa@cea.org.ar