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Homilía para la dedicación de la Iglesia y del Altar de la Parroquia San Vicente

Mercedes, 4 de Marzo de 2007.-

 

Querido Sr. Vicario General Mons.

Jorge Bruno, Queridos P. José de Estrada

P. Alejandro, P. Sebastián, Queridos Seminaristas

Queridos hermanos todos:

Hoy 2 domingo de Cuaresma nos reunimos en esta casa de Dios para celebrar el Domingo, para profundizar en el camino de conversión que es este tiempo de gracia, y para Dedicar a Dios nuestro Señor, con este Sagrado Rito, pero sobre todo con la celebración de la Misa, esta Iglesia y este altar. La liturgia en tiempo de cuaresma nos pide celebrar la misa del tiempo, salvo la oración sobre las ofrendas y el prefacio. Meditemos juntos la palabra de Dios de este domingo de la transfiguración.

Cada una de las tres lecturas que hemos escuchado habla de una forma de transformación radical. El Evangelio habla de la transformación radical que han vivido los tres discípulos que se encuentran con Jesús en la Montaña y que los vuelve capaces de percibir como un fulgor, como una rápida percepción de la divinidad de Cristo. La primera lectura hablaba de la transformación de Abrahán, que contra lo esperado pasa de estar asentado en un lugar a ser nómada en búsqueda de la tierra prometida, y del estado de pagano, como era entonces, al estado de adorador del verdadero Dios. La lectura de Pablo a los Filipenses habla de la transformación de una vida de pecado a una vida de virtud. Todas estas transformaciones podrían ser llamadas de manera muy apropiada con el nombre que tienen en la tradición cristiana: son conversiones.

Los discípulos que se encontraban con Jesús sobre la montaña fueron transformados, porque recibieron una iluminación. En el Evangelio, iluminación y conversión van de la mano. Jesús refiriéndose a los ojos del corazón, dice: la luz del cuerpo son los ojos. Si tu ojo está sano, todo el cuerpo está en la luz; pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Cómo llegamos a la iluminación: a través de la conversión.

Cuando San Pablo habla de conversión, sabe por experiencia, de qué cosa está hablando. Cuando recibe en el camino a Damasco la luz que lo cegó, fue preso de amor por Cristo de una manera absoluta de tal manera que para él la vida era Cristo y la muerte una ganancia. Sus valores se ordenaron tanto que lo que antes consideraba importante se vuelve para el como desperdicio, confrontado con la gran gracia de conocer a Jesucristo, su Señor.

Se podría decir con alguna escuela psicológica, a manera de ejemplo, no como dogma, que el nacimiento se extiende a cada paso de madurez en las etapas del crecimiento. La primera es cuando el niño sale del seno de su madre. La segunda la encontramos en el momento de la pubertad, cuando el adolescente entra en la vida adulta como persona que debe tender a la independencia y a la responsabilidad. La tercera se verifica cuando una persona, habiendo adquirido un cierto grado de vida espiritual, sale de los conflictos que ocupan mucho tiempo en su vida, para descubrir mejor su yo y abrirse al prójimo. Y la etapa última es evidentemente cuando deja el mundo presente para entrar en la eternidad.

Algún autor ha escrito que muchas personas no pasan con éxito a través de estas etapas, que generan crisis, y entonces se podría decir que no han llegado a nacer completamente. Se cree que la razón principal de esto es el miedo a la muerte que precede necesariamente cada uno de estos nacimientos. Así, como el niño no deja fácilmente el seno materno, se rechazan fácilmente los sufrimientos y el dolor que implica cada nacer de nuevo, ese dolor hace que maduremos y que encontremos la vida de Verdad. Por la cruz se llega a la resurrección, es el mensaje de la transfiguración.

Jesús es el modelo en ir asumiendo y cumpliendo las etapas de su vida. Ve que su hora se aproxima y en la Montaña en una noche intensa de oración habló de su muerte próxima con Elías y Moisés. Esta transformación en él provocó una transformación en sus discípulos que lo acompañaban. Ellos entonces eran capaces de percibir un poco aquello que Jesús era como hombre y como Dios, y lo que significaba llegar hasta el fondo en su misión.

La cuaresma debe ser para nosotros no sólo un breve paréntesis penitencial, sino más bien un tiempo de conversión auténtica y profunda, un tiempo de transfiguración. Debe ser un tiempo en el cual nuestro ser interior se vaya configurando con Cristo y se manifiesta en nuestra manera de pensar, de ser, de obrar.

Una transformación así requerirá largas horas de oración, de esfuerzo. La cuaresma simboliza el tiempo de la vida, que debe ser una constante conversión.

 Hoy consagramos esta Iglesia y este altar de la Parroquia san Vicente, de nuestra ciudad. Es una feliz iniciativa P. José y te agradezco a vos y a los que la hicieron posible, hacer una Iglesia digna es muy importante, y en la Iglesia el altar, que representa el cuerpo de Cristo es el centro del culto litúrgico, porque en el altar cada día se hace presente el único sacrificio de Cristo, que nos abrió las puertas de la Salvación, el altar debe ser el tabor donde debemos subir para aprender, como Pedro, Santiago y Juan a descubrir el fulgor que sale del interior de Cristo. En el altar recibimos el pan de vida que nos fortalece en el camino de nuestra vida, que como la cuaresma debe ser un camino de conversión.

 Vamos a proceder ahora a la consagración del Altar y del Templo. Cuando se queme el incienso sobre el altar y suba como oración a Dios y cuando se unja el altar con el crisma y las paredes, con el que nosotros fuimos bautizados y confirmados, recuerden que somos templos de Dios y que somos altar de Cristo. Renovemos entonces la consagración de nuestro bautismo, como ya hemos significado con la aspersión de agua bendita, al principio de la celebración. Renovemos también la consagración de nuestra confirmación, y para los sacerdotes, nuestra ordenación sacerdotal. Unámonos todos en oración a esta consagración que vamos a realizar, de manos de la Virgen nuestra Madre, que seguro está cerca de este altar, como estuvo al lado de la Cruz de su Hijo. En este altar Cristo muere y resucita cada vez que se celebra la Misa, que ella nos acompañe en esta celebración, nos guíe por el camino de conversión que es la cuaresma, y nos cuide toda nuestra vida. Que así sea

 

Mons. Rubén Héctor Di Monte

Arzobispo de Mercedes-Luján

 

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