Homilía para el Domingo
III de cuaresma
Institución de lectores y
Acólitos
Mercedes 11 de marzo de
2007.
En la memoria colectiva del pueblo de Israel, la salida de Egipto y la
travesía por el desierto eran consideradas como los momentos
privilegiados de su relación con Dios, y la narración de estos hechos
era muy cuidada y remarcaba las maravillas que Dios había obrado para su
pueblo. En el desierto fueron guiados por una nube milagrosa que los
protegía del sol durante el día y los iluminaba de noche. Cuando esta
nube se detenía, plantaban las tiendas y cuando la nube seguía, ellos se
ponían nuevamente en camino. En esta travesía por el desierto se nutrían
con el maná que caía del cielo y bebían el agua de la roca, que había
hecho brotar Moisés con el golpe de su bastón.
San Pablo hace alusión a todas estas cosas en su carta a los Corintios,
cuando dice: “ nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, todos
atravesaron el mar Rojo… todos comieron la misma comida espiritual,
todos bebieron la misma agua de la roca… Pero la mayoría de ellos no
fueron del agrado de Dios, (1Co 10, 5)…”
Esto es para nosotros una seria advertencia: todos estamos bautizados y
confirmados y recibimos otros sacramentos, porque algunos ya estamos
ordenados. Nos confesamos y regularmente recibimos la Eucaristía y
hacemos la mayor parte de las cosas que debe hacer un buen cristiano, un
buen sacerdote y un buen seminarista. Pero ¿complacemos
a Dios? ¿Cómo podemos responder esta pregunta? El Evangelio nos
dice que somos agradables a Dios si damos fruto. Y para suerte nuestra,
el mismo Evangelio nos enseña que Dios es exigente, pero también es
paciente. Está siempre dispuesto a darnos un poco más de tiempo, pero
espera de nosotros frutos.
Toda esta historia de Israel, que es también la nuestra, y que comenzó
con Abrahán, toma una veta espiritual excepcional en el encuentro de
Moisés con Dios, que nos narra la primera lectura. Moisés estaba en casa
del Faraón de Egipto, como un hijo. Estaba destinado a altas
responsabilidades en la administración del país. Un día corre el riesgo
de defender a uno de sus hermanos y este acto le costó la carrera, bien
pronto se encontró en el exilio, sin porvenir, pero del todo libre,
porque ya no tenía que perder. Es entonces que, sumergiéndose más a
fondo en la soledad, encuentra a Dios. Dios se le revela como un Padre
amoroso, que ha visto la aflicción de su pueblo y quiere liberarlo. Es
posible un diálogo entre Dios y Moisés porque ambos tienen la misma
preocupación. Dios quiere confiar a Moisés la misión de liberar a su
pueblo. Moisés entonces formula dos preguntas fundamentales: ¿Quién soy
yo? Y ¿Quién eres tú? Quién soy yo para hacer esto que me pides. Y
¿quién eres tú? para que yo pueda decir quién me ha enviado. A la
primera pregunta Dios responde simplemente: “Yo estaré contigo” y a la
segunda responde: “Yo soy”.
Es el mismo Dios paciente y lleno de misericordia que Jesús nos revela
en el Evangelio de hoy. “En aquel mismo momento llegaron algunos que le
contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de
sus sacrificios. Les respondió Jesús: « ¿Pensáis que esos galileos eran
más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas
cosas?. No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del
mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de
Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres
que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís,
todos pereceréis del mismo modo.” Las injusticias y cataclismos que
pueden acaecer en nuestro tiempo, no necesariamente hay que
interpretarlos como castigo directo de Dios, por la culpa de aquellos
que los sufren. Muchos de esos cataclismos son frutos de la libertad de
la naturaleza o de la libertad mal usada de los hombres. Dios es
paciente, y desea que demos frutos, y sabe que los frutos tienen
necesidad de tiempo para crecer y madurar. La cuaresma nos es dada a fin
de qué realicemos nuestra conversión, el primero de todos los frutos, un
regalo que Dios quiere hacernos si permanecemos en él.
Hoy instituyo lectores y acólitos. Un seminarista en camino al
presbiterado debe recibir estos ministerios y ejercerlos durante un
tiempo para prepararse mejor al ejercicio de sus oficios de la Palabra y
del Altar.
El lector es instituido par la función, que le es propia, de leer la
Palabra de Dios en la asamblea litúrgica. Por lo cual leerá las lecturas
de la Sagrada Escritura, excepto el Evangelio, en la Misa y en las demás
acciones sagradas. Además al lector se le encarga en el pueblo de Dios
el oficio particular de instruir a los niños y a los adultos en la fe y
para la digna recepción de los sacramentos. El acólito es instituido
para ayudar al diácono y servir al sacerdote. Es propio de él atender el
servicio del altar. Además le pertenece como ministro extraordinario,
distribuir la Sagrada comunión. En circunstancias extraordinarias se le
podrá encomendar que exponga públicamente a la adoración de los fieles
la Sagrada Eucaristía y hacer después la reserva; sin bendición.
Los seminaristas que hoy reciben estos ministerios, y todos los demás y
nosotros debemos recordar la lección de la palabra de Dios: todo lo que
recibimos lo recibimos para dar fruto, el fruto no viene de nuestro sólo
esfuerzo. ¿Quién soy yo para esta misión? dice Moisés, Dios le contesta:
Yo estaré contigo. Sólo podemos dar frutos con el Señor.
Encomendamos a estos hermanos nuestros, y nos encomendamos nosotros
también, a la intercesión de María Santísima, que ella nos lleve de la
mano por el camino de la cuaresma al encuentro de Dios, para que en
nuestras vidas aprovechemos el tiempo que Dios nos regale y demos
frutos.
Mons. Rubén Héctor Di Monte
Arzobispo de Mercedes-Luján