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Homilía del Sr. Obispo de Morón en la
Celebración Diocesana del Cuerpo y Sangre de Cristo
e inicio del año Jubilar diocesano

 


Celebrando esta Fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesús, iniciamos nuestro Año Jubilar, por cumplir nuestra Diócesis, el próximo año, el 50º Aniversario de su creación.

Lo primero es la Eucaristía. El gran don de Dios. Sacramento (signo eficaz) de salvación, misterio de presencia, alianza y comunión. La Eucaristía hace y manifiesta a la Iglesia y hoy, concretamente, a nuestra Iglesia particular de Morón.

Es todo un signo: todas las comunidades, muchísimos fieles, en torno al Obispo, sucesor de los Apóstoles y a su presbiterio, dando gracias al Señor por estar con nosotros y por hacernos Iglesia, familia, pueblo, cuerpo de Cristo, aquí en estas tierras moronenses.

Queremos hoy renovar, como el pueblo Hebreo con Moisés, nuestra Alianza con el Señor. Queremos en verdad ser su Pueblo, queremos ser Iglesia diocesana, casa y escuela de comunión. Y esto lo seremos especialmente participando de este misterio de comunión que es la Eucaristía.

Todo esto significa un pacto de fidelidad. Fiel es Dios que nos ha elegido, nos ama y se entrega por nosotros en esta Cena del Señor; fieles queremos ser nosotros cumpliendo el mandamiento de Cristo: ámense unos a otros, como yo los he amado, y aquel otro: vayan y anuncien el evangelio a todos los hombres, haciéndolos mis discípulos.

Comunión y misión: dos palabras que sintetizan nuestro compromiso, dos palabras que son dos desafíos, dos caminos, que queremos recorrer juntos, desde este compartir el Cuerpo de Cristo en esta fiesta del Corpus Christi.

La Eucaristía es fuente de la vida y de la actividad de la Iglesia. Por esto es que he convocado de manera especial a esta fiesta a los agentes pastorales de nuestras comunidades. Nada podemos hacer sin Jesús, y a Jesús lo encontramos aquí, en esta celebración, en su Palabra y en su Cuerpo y Sangre que se entregan por nosotros. Dios ha hecho su morada entre nosotros, y no en una tienda de campaña, sino en el mismísimo Cuerpo de Cristo, en la Eucaristía, en la Iglesia que es su Cuerpo místico.

Esto nos lleva al primer compromiso: si queremos ser fieles al Señor, debemos asumir con decisión la tarea de cultivar una auténtica espiritualidad de comunión. Es decir, vivir unidos, en comunión con el Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo. Comunión entre nosotros muy profunda, enraizada en Dios mismo, que es familia, comunión de amor.

Esto significa asumir el mandamiento del amor mutuo como estilo de vida propio en nuestras comunidades: por lo tanto, respeto por cada uno, atención, fraternidad y amistad compartidas, reconciliación sincera, solidaridad y participación responsables: son metas y frutos propios de la participación en la Eucaristía y de la celebración de un Año Jubilar.

Si no asumimos el esfuerzo concreto de amarnos así, como el Señor lo hizo y hace con nosotros, nunca podremos hablar de una Iglesia casa y escuela de comunión.

Si queremos que esta vida y espiritualidad de comunión no quede en meras palabras, deberemos concretarlas en nuestras prácticas y estructuras pastorales, que nos ayudarán a comunicarnos, a colaborar, a trabajar juntos, siempre en comunión y participación, asumiendo la corresponsabilidad propia de todo bautizado en la vida y actividad de la Iglesia.

Así, nuestra pastoral será expresión orgánica de nuestro ser Iglesia-comunión, que ha asumido con verdadero ardor y pasión la tarea encomendada por Jesús: Vayan, anuncien el Evangelio, hagan que todos sean mis discípulos.

Esta es la otra vertiente que mana de la Eucaristía: la misión.

Una Iglesia comunión para la misión. La tarea más urgente y necesaria hoy es la nueva evangelización, en un mundo en el que se intenta borrar a Dios, prescindir de Él, construir el mundo a espaldas de Él, como aquella vez en Babel.

Llevar la Palabra de Vida a todos los hombres, para que creyendo en Cristo, tengan vida en Él, que es camino verdad y vida.

Atendiendo especialmente a nuestros hermanos más pobres, los necesitados, marginados, los que sufren cualquier tipo de dolencia. A ellos debemos atender preferencialmente, tender a ellos una mano solidaria, y una Palabra evangelizadora. Hemos de lograr que ellos, los pobres, se sientan en la Iglesia como en su casa, como nos decía Juan Pablo II.

Y llegar a todos. Todo hombre, cualquiera sea su situación, es evangelizable. Empezar ya, con nosotros mismos (evangelizados para evangelizar, como nos decía Pablo VI). Anuncio kerigmático, catequesis de iniciación para adultos, niños y jóvenes, en estilo catecumenal: la Iglesia ya nos ha marcado la ruta; ¡salgamos a caminar!

Una nueva evangelización, para una Iglesia renovada por la Palabra y por la Eucaristía. Una Iglesia que se siente desde esta celebración, que se continúa y se prolonga en la vida diaria, signo de comunión y constructora de comunión, para que los hombres vivan una sociedad más humana, más fraterna, más unida en pos del bien común.

Comunión y misión: dos palabra llenas de contenido, que nos llevan a empezar este camino Jubilar, el cual será, si somos fieles, momento de acción de gracias, de recuerdo y memoria, de toma de conciencia de nuestra identidad y pertenencia a la Iglesia diocesana, y sobre todo, de renovación profunda en nuestra vida cristiana y eclesial.

Que Jesús Eucaristía no dé la fuerza para vivir en comunión y asumir la misión. Que María Santísima, nuestra Madre del Buen Viaje nos acompañe en el camino de la escucha de la Palabra, de la fidelidad a ella, de la entrega al Señor sin límites.

Que así sea.

Mons. Luis Guillermo Eichhorn
Obispo de Morón
 

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