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MENSAJE DE MONS. MARTÍN DE ELIZALDE OSB
OBISPO DE SANTO DOMINGO EN NUEVE DE JULIO
PARA EL COMIENZO DE LA CUARESMA

 

“Hemos conocido el amor que Dios nos tiene
y hemos creído en él. Dios es amor”

(I Jn 4, 16)

 

A los sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, y fieles todos:

 

El Papa Benito XVI en su primera Carta encíclica nos habla de la caridad: “Dios es amor”. Haciéndonos eco de su palabra y de sus enseñanzas queremos en este comienzo de la Cuaresma, recordar a todos ustedes, queridos hermanos, la riqueza del tiempo litúrgico que celebramos, desde la consideración del amor que Dios nos tiene, para que crezcamos en la fidelidad a la vocación recibida y nos dispongamos cada día más a trasmitir ese mismo amor a nuestros hermanos. En la preparación para el cincuentenario de la creación de la diócesis de Nueve de Julio, es oportuno recordar nuestra misión.

 

Dios es amor, y nos da la vida

Comenzamos la Cuaresma con una celebración litúrgica muy significativa: la bendición de las cenizas y su imposición sobre la cabeza de los fieles, como señal de penitencia y expresión de confianza en el perdón divino. Ambas actitudes son inseparables, pues “el amor que Dios nos tiene”  y que nos ha sido revelado, que nos abre perspectivas de vida y de felicidad eternas, ese amor que no defrauda y que se encuentra en el comienzo de la obra de Dios, de la creación en primer lugar, y en el acontecimiento aún más maravilloso de la redención, requiere la colaboración de nuestra respuesta, nuestra participación a través del reconocimiento arrepentido de todo cuanto nos ha apartado y nos separa todavía de Dios. Inclinando la cabeza, recibiendo la ceniza, proclama el cristiano que desea emprender con renovada generosidad y confianza el camino de la fidelidad y de la comunión con Dios. No habría penitencia ni tendría sentido un arrepentimiento que no estuviera originado en el conocimiento del amor de Dios; solamente por él podemos apreciar, aunque imperfectamente, cuánto hemos perdido por el pecado, por la indiferencia, por la ignorancia, por la tibieza.

 

Por el itinerario cuaresmal rehacemos espiritualmente el camino de nuestra vida. Comenzando desde la llamada de la gracia, siguiendo con nuestra respuesta, pobre e inconstante, con la aceptación de la salvación que nos viene por Jesucristo y su Pascua accedemos a la vida nueva. Los frutos de la Resurrección de Cristo alcanzan a cada cristiano que arrepentido por sus faltas, reconoce el amor de Dios y desea mantenerse en comunión con Él.

 

El rito austero, penitencial, de la ceniza expresa en realidad una elección: querer estar de parte de nuestro Padre del cielo, dando a todo lo demás el lugar que le corresponde según el plan divino. Es conocimiento del amor de Dios, es el fruto del amor que Él nos tuvo primero, y que se nos presenta en su Hijo crucificado por nosotros.

 

Cuaresma y vida cristiana:  nuestra respuesta, la santidad.

Es un tiempo dedicado a la oración, a la limosna y a la penitencia, a la corrección y enmienda de los pecados, con el objetivo de ir al encuentro de Dios, a la renovación espiritual, a la aplicación en nuestra vida de los dones que recibimos en la Resurrección de Cristo. Este pórtico de grave elocuencia que es la celebración litúrgica del Miércoles de Ceniza nos conduce a la sala del banquete, al reconocimiento que el Padre bondadoso hace del hijo pródigo, a la mesa de la eucaristía y de la palabra, al alimento que nos da la fuerza y la sabiduría, que nos introduce en la comunión de la Iglesia y nos lleva juntamente con los hermanos a la gloria celestial. La Cuaresma es tiempo de santidad de vida, de superación de cuanto pueda alejarnos de Dios, de entrega generosa a Él y a nuestros hermanos, para que ejercitados durante los cuarenta días de la observancia cuaresmal, prosigamos a lo largo del año y de la vida entera con la misma fidelidad, en la vocación cristiana.

 

La santidad, como el perdón, es un don divino. Dios la concede a sus amigos porque los ama, y este amor es comunicativo, inflama el corazón, enciende el deseo, da la fuerza y la capacidad de responder también con caridad, y de difundir entre los hermanos y hermanas la alegre noticia de la salvación. La Cuaresma nos llama, por el esfuerzo de la conversión, a dar un testimonio gozoso y pleno y a sostener en todo momento la tensión pacífica que nos conduce a Dios.

 

La vocación cristiana

Jesús llama: en los evangelios leemos que toma la iniciativa, se acerca a los que Él elige y los invita a seguirlo. El Señor llama, y deja a cada uno la libertad para escuchar su voz y seguirla. Si se abre el corazón a esa palabra, se inicia un proceso de conversión. Junto a semejante Maestro ¿quién no aprendería? Con su ejemplo ¿quién no progresaría en los caminos de la santidad? Lo mismo sucede en cada época, con cada persona, hombre y mujer, que recibe en su corazón la llamada divina. Y la actitud primera es la aceptación de la llamada, con el cambio de vida, orientada de ahí en adelante hacia otros fines y propósitos, no ya los propios, que son limitados cuando no egoístas, sino hacia aquellos que el mismo Señor nos sugiere, y que se resumen en el conocimiento y la difusión del amor de Dios. Este camino es el que la Iglesia nos pone como modelo durante el tiempo de Cuaresma: escuchar la voz del Señor, abrir nuestro corazón, apartarnos del mal, obrar el bien, y uniéndonos a la Pasión de Cristo, alcanzar por sus méritos la gloria de la Resurrección. Las prácticas cuaresmales son el ejercicio intensivo de las virtudes cristianas, para afianzar la caridad en los corazones.

 

“Señor Jesús, bendice a nuestro pueblo con servidores y testigos”

Pero en la economía de la salvación, la presentación del Salvador, de sus gestos y palabras, ha sido confiada a la Iglesia, a través de sus santos, de sus fieles, de sus ministros. Por el sacramento del bautismo, por la comunión en la Iglesia, por la experiencia del amor de Dios que hemos recibido, el corazón se renueva y transforma, y cada uno de los fieles cristianos se vuelve instrumento y representación de Cristo. Debemos pedir y esforzarnos por llegar a serlo, en profundidad y verdad, ya que en ello radica nuestra vocación, pero también porque la gracia de Dios nos envía para que el ejemplo y la enseñanza del Salvador, por nuestro medio, alcance a todos los hermanos.

 

Pedimos por eso en este año del camino celebratorio de los cincuenta años de nuestra Iglesia diocesana, dedicado a la “Vocación cristiana y Misión”, que Dios nos conceda con abundancia los servidores y testigos suyos que necesitamos, para bendecir a nuestro pueblo con su ejemplo y sus orientaciones. Que ellos realicen este servicio generoso de mostrar a todos el rostro del Señor y de animarlos a seguirlo, como lo hicieron los primeros discípulos y siguen haciéndolo en todo tiempo las almas generosas.

 

Los invito a aprovechar la ocasión que nos brinda el tiempo cuaresmal, que nos aprestamos a comenzar, para dedicarnos con intensidad a la oración, a la renovación espiritual y a la enmienda de nuestra vida. Y a pedir con insistencia a Dios por la conversión de todos y por la fidelidad de quienes ya han sido bautizados, para que de verdad seamos todos servidores y testigos para nuestros hermanos.    

 

Llamados para una misión

El Pueblo de Dios, renovado en su fe, esperanza y caridad, y generoso en obras buenas, podrá así irradiar en el mundo la Buena Nueva de Jesús, y de la misma comunidad brotará en muchas almas el deseo de ser como los apóstoles, discípulos e imitadores de Cristo, pero también sus enviados para dar a conocer su Evangelio. Nuestra Iglesia diocesana tiene una misión, que le ha confiado el mismo Señor, y solamente puede llevarla a cabo con el compromiso generoso de sus hijos. Hasta ahora, las comunidades cristianas han sido alimentadas con la Palabra y la Eucaristía, sus hijos fueron educados en la fe, las familias cristianas se santificaron con el sacramento del matrimonio y la oración, la adoración, la alabanza, la súplica, acompañó la vida, hasta los últimos momentos y la despedida final, de cada fiel. Sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos comprometidos con la fe y la caridad, sembraron en nuestra vasta zona del Oeste bonaerense la semilla de la Palabra , celebraron los sacramentos y acompañaron con su testimonio a muchas generaciones de cristianos.

 

Ahora, en nuestro tiempo, nos toca a nosotros responder a la llamada del Señor y cumplir con la misión que nos encomienda. Pero frente a las exigencias crecientes, nuestros medios son escasos, insuficientes. Nuestra Iglesia padece una sensible falta de sacerdotes y ministros, de consagrados y hasta de laicos comprometidos, a pesar de la generosidad de quienes son colaboradores esforzados de nuestro servicio eclesial y que hacen cuanto pueden para acudir a cubrir las necesidades espirituales y pastorales de los fieles y a mantener vivo el anuncio del Evangelio.

 

Por eso, en esta Cuaresma, quiero recordar a todos la responsabilidad que tienen, en cuanto miembros fieles de la Iglesia, con la continuidad de la obra evangelizadora y con la pastoral. Necesitamos laicos, generosos y comprometidos, que vivan en profundidad la espiritualidad cristiana, que se formen en la doctrina de la Iglesia y trasmitan en toda su pureza el testimonio de una vida de fe. Si la sociedad, en especial en nuestra Argentina, parece apartarse irremediablemente de los caminos de la ley de Dios y de la justicia verdadera, no es solo culpa de algunos gobernantes y políticos. Ello se debe también a la indiferencia de los cristianos, a la pasividad con que se aceptan criterios que no son los la sabiduría divina, del bien común, de la moral, y que están penetrando en nuestras hogares y en nuestras escuelas. Necesitamos familias, que viviendo generosamente el amor de Dios que tiene su expresión en el sacramento del matrimonio, formen a sus hijos en la caridad, en la rectitud, en el servicio, y constituyan auténticas iglesias domésticas, en la santidad de vida y en el ofrecimiento de sus esfuerzos y talentos para hacer presente a Dios en el mundo. Los padres y madres aprendan a ser generosos con Dios, privilegien la formación cristiana de sus hijos y rueguen incesantemente por ellos, para que puedan discernir el camino al cual los llama Dios y tengan la fuerza para seguirlo. Necesitamos jóvenes que criados y educados en la fe, escuchen la llamada del Señor y abracen el sacerdocio, ofrezcan sus vidas al servicio de Dios y de sus hermanos, para predicar la Palabra y celebrar los sacramentos y lleven a todos los rincones de nuestra diócesis el anuncio de la salvación en Cristo. Necesitamos consagrados y consagradas,  a quienes el Señor invita a ser testigos de la perfección evangélica, ya sea en la oración y el retiro, ya sea en las obras de apostolado, como la educación, la atención de los enfermos, ancianos y pobres, la asistencia a los sectores más carenciados.

 

Nuestra Iglesia diocesana tiene una misión, que solo podrá ser cumplida cabalmente con la participación de todos sus hijos e hijas. Estas cuatro grandes intenciones, los laicos, las familias, las vocaciones sacerdotales y las vocaciones a la vida consagrada, pido que estén muy presentes en las celebraciones de la Cuaresma y en la oración personal de cada uno de nosotros.

 

Dios es amor

Concluyo esta reflexión, encomendando a Dios Nuestro Señor a todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, para que la riqueza espiritual del tiempo litúrgico que vamos a celebrar llegue a ustedes con abundancia, y por la renovación del corazón, reanudando nuestra alianza con Dios en el amor y en la fidelidad, podamos, como Iglesia diocesana cumplir con la misión que nos ha sido encomendada, que es atraer hacia Cristo a todos los hombres y mujeres, y no solo los de nuestro territorio, sino poder alcanzar también con una generosa disponibilidad a quienes están alejados. Con todo afecto, los bendigo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Nueve de Julio, 22 de febrero de 2006,
Fiesta de la Cátedra de San Pedro

+ Mons. Martín de Elizalde OSB
Obispo de Santo Domingo

en Nueve de Julio

 

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