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Homilía en la Misa Crismal de
Mons. Martín de Elizalde OSB

Iglesia Catedral, 6 de abril de 2006

 

La Misa Crismal, que celebramos hoy en la puerta de la Semana pascual, en el ámbito espiritual de la Última Cena, con cuyo misterio y significado se encuentra muy vinculada, renueva la presencia de Cristo, el Ungido, entre nosotros. La elección divina se manifiesta por el gesto visible de la unción – los profetas, los reyes -; la unción es sobre todo signo de una profunda realidad interior, la llegada del Espíritu Santo que se derrama como el aceite y ocupa todos los espacios. Por Él es confirmada la incorporación al Cuerpo de Cristo como miembros de la Iglesia. Jesús es el Mesías, que significa el Ungido, y Él es quien nos hace participar de esa unción, por la elección divina, por el ministerio de la Iglesia. Es compartir su vida, es incorporarnos a Él, es ser reconocidos como hijos de Dios. La celebración de la Misa Crismal, como acción de la Iglesia, nos congrega como miembros de una misma familia espiritual, con el Obispo y el presbiterio, los ministros y todo el pueblo fiel, los consagrados y los laicos. En ella se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos de los enfermos y de los catecúmenos, que serán llevados a las parroquias y a las comunidades, y se emplearán en la administración de los sacramentos durante este año, hasta la celebración de la próxima Misa Crismal. Esta entrega de los óleos al sacerdote y a los fieles de toda la diócesis es una señal de la comunión  jerárquica que nos une; es la expresión de la Iglesia reunida junto al altar, para ofrecer el sacrificio eucarístico y participar de este encuentro sagrado. Realidad, la de esta tarde, que nos llena de alegría, con la experiencia de la fraternidad, como hijos de Dios y miembros de una misma familia, y que se renueva cada vez que se administran, con estos aceites consagrados y benditos, los sacramentos, ya sea en comunidad o en forma individual.

 

Por medio de estos óleos, especialmente del Crisma, está presente el Señor por su Espíritu para conducirnos al Padre: el Santo Crisma que se emplea en la Confirmación, sacramento del cual es la materia, pero está presente también en la ordenación, tanto del obispo, para ungir su cabeza, a imagen de Cristo, Cabeza del cuerpo que es la Iglesia, como del presbítero, al ser extendido sobre sus manos. Participando así de la unción espiritual, los pastores de la Iglesia son consagrados para ejercer su misión sacerdotal, ofrecer el sacrificio de Cristo, trasmitir la doctrina y perdonar los pecados. También en el Bautismo se unge con el Crisma, y como un signo particularmente elocuente, en la consagración del altar y del templo, imagen de Cristo, piedra angular, se derrama este aceite consagrado, para ilustrar la presencia del Resucitado, cuyo buen olor impregna y ocupa todos los espacios del alma. Este don de Dios, del cual todos ustedes van a ser en esta celebración testigos y copartícipes, es el que alimenta y sostiene la vida de la comunidad eclesial: sin él careceríamos de cuanto es más necesario, central, en la vida de la Iglesia, para la acción sacramental, símbolo vivo de la santidad, que es nuestra vocación. El óleo de los enfermos lleva alivio espiritual y, si Dios quiere, corporal, a los fieles que están enfermos, y nos muestra esta consecuencia de la encarnación del Hijo de Dios: también el cuerpo recibe los efectos de la renovación espiritual. El óleo de los catecúmenos, que se usa en la administración del Bautismo, señala la aceptación de la fe, el paso a una vida nueva en la Iglesia de Cristo.

 

Cristo, el Ungido, Salvador y Mesías, nos congrega en la Iglesia por estos óleos. Por eso, en este día, la comunidad diocesana se encuentra aquí, en la Catedral, sede del Pastor, ya que la recepción de los sacramentos está siempre ligada a la vida de toda la Iglesia. Es un compromiso personal, pero es una acción eclesial. Sin duda, esta celebración solemne nos ayuda a no olvidarlo, a no encerrarnos en una dimensión individualista, pequeña, sino a confirmar con nuestra fe y nuestro compromiso, que el Señor nos reúne para formar un Pueblo, y que lo que recibimos, cada uno de nosotros, nos enriquece y vivifica, a la vez que nos une y nos constituye en fraternidad con los demás miembros de la Iglesia.

 

Unción es descenso del Espíritu de santidad. Cada cristiano es templo del Espíritu por la inhabitación de la gracia, y ser fieles, significa llevar adelante cuanto esta condición significa. La santidad del cristiano está vinculada estrechamente con el sacerdocio de Cristo en la Iglesia, por la participación sacramental y la escucha de la Palabra. Nosotros, los bautizados, debemos con la observancia del Evangelio y la comunión de la vida divina por los sacramentos, que nos confieren la gracia y sostienen las obras, ser fieles a esa Unción. Hoy, en esta celebración, renovamos en el silencio del corazón nuestra fidelidad, como lo haremos explícitamente en la Vigilia Pascual, dando a la gracia del Bautismo el cauce que le ofrece nuestra existencia como cristianos.

 

Unido el presbiterio con su Obispo, renueva sus promesas: perseverar fielmente en el ministerio, manteniendo cuanto prometió cada uno de nosotros al recibir el Orden sagrado del sacerdocio de segundo grado. La compañía  orante, afectuosa y agradecida de los fieles nos acompaña esta tarde. Su oración y cercanía deben ser una ayuda en el ministerio, y con sabiduría se ha querido asociar esta fiesta de la Iglesia, que es fiesta del Espíritu, y es ocasión de encuentro para las diferentes vocaciones que se encuentran en ella, con la renovación de las promesas sacerdotales. ¿En qué consisten? ¿A qué obligan?

 

En primer lugar, es nada anteponer a Cristo y al servicio de quienes son confiados a nuestro cuidado pastoral. Con dedicación plena, total, con un corazón libre y generosamente dispuesto, estamos llamados a ser pastores, maestros, guías, compañeros, amigos, pero sobre todo, instrumentos dignos, con humildad y constante esfuerzo de crecimiento y de superación espiritual, para representar a Cristo, para trasmitir su Unción. Tal vocación  sería imposible sin la comunión en la unidad, unidad de fe y de caridad. Nuestros fieles, - ustedes, queridos hermanos, - con razón nos exigen un estilo de vida, una calidad de servicio ministerial, pues es a través de nosotros que debe llegar a ustedes la gracia de Cristo. Ayuden a sus sacerdotes, como la harán hoy, sobre todo con su oración y su sacrificio, también con su colaboración pastoral y su apoyo material.

 

Queridos cohermanos sacerdotes: Este compromiso debe ser sostenido por la oración y la asistencia de los fieles, pero la raíz de nuestra fidelidad está, lo sabemos, en el amor  de Cristo, en la caridad por la Iglesia y todos los hermanos y hermanas. Para dar lo que ellos esperan de nuestro ministerio, tenemos que vivirlo primero, con total sinceridad, en la presencia de Dios, que lee en las conciencias e inspira lo que es bueno. Renovar las promesas, significa profundizar en el silencio de nuestro interior, buscando aquellos medios que necesitamos, los remedios espirituales que combatan el pecado, y los medios materiales, que nos ejerciten y lo hagan factible. Esta renovación la hacemos en el corazón del misterio eucarístico, ofrenda de Cristo al Padre, con el Espíritu Santo que es derramado en la Iglesia.

 

Cristo el Ungido, ha querido llamarnos a nosotros, ungidos en el Bautismo, para confiarnos a los que Él ama. María Santísima, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, Madre de todos nosotros, nos asista, intercediendo por este pueblo fiel y por sus ministros.

 

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