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MENSAJE DE MONS. MARTÍN DE ELIZALDE OSB

OBISPO DE SANTO DOMINGO EN NUEVE DE JULIO

CON MOTIVO DE LA PASCUA

  

“De hecho, Dios es visible de muchas maneras. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía. En la liturgia de la Iglesia, en su oración, en la comunidad viva de los creyentes, experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia y, de este modo, aprendemos también a reconocerla en nuestra vida cotidiana”.

S. S. Benito XVI: Carta Encíclica “Deus caritas est”,17

 

 

Queridos sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, hermanos y hermanas:

 

Celebramos con alegría la Pascua, el día de la Resurrección del Señor – “dato originario en el que se fundamenta la vida cristiana” 1-, y lo hacemos con la solemnidad de la liturgia de la Iglesia. Participamos así en el Misterio que inspira y orienta toda nuestra vida de cristianos. Misterio que se hace constantemente presente a través de la liturgia dominical, en las celebraciones sacramentales, en la lectura eclesial de la Palabra de Dios, en la comunión de los fieles que oran y que se esfuerzan por responder con fidelidad a la llamada a la santidad. Compartiendo la fe celebrada y vivida en estos días de salvación, les hago llegar mis felicitaciones cordiales por la presencia del Señor Resucitado, al que reconocemos, como los discípulos de Emaús, “al partir el pan” (cfr. Lc 24, 30-31) .

 

 

Dios es visible de muchas maneras

La experiencia de la fe nos lleva a expresar nuestra respuesta a este encuentro maravilloso. Es la caridad, el amor a Dios y al prójimo, la que dice con palabras y manifiesta con gestos y acciones lo que deseamos trasmitir, a Dios mismo en primer lugar, en el diálogo del amor, y a los hermanos con el testimonio de nuestras obras. El Santo Padre Benito XVI nos lo ha recordado recientemente en su carta encíclica Deus caritas est, a partir de la primera Carta del Apóstol San Juan. El encuentro del creyente con Dios se muestra en la caridad: “Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20). El Papa explica este pasaje como señalando una “inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo” , y que “el versículo de Juan se ha de interpretar más bien en el sentido de que el amor al prójimo es un camino para encontrar también a Dios; y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios” 2 . La celebración pascual nos deja como fruto del encuentro con el Resucitado, el reconocimiento del hermano, y nos dispone a abrirle nuestro corazón, para trasmitirle los bienes que hemos recibido de Dios, los espirituales y los materiales. El envío de los apóstoles a proclamar el Evangelio, a invitar a todos los hombres a la conversión y bautizar a los que crean, lo hace Jesús antes de su ascensión, es decir en el contexto pascual. Esta misión sigue estando confiada a la Iglesia, hasta que el Señor vuelva. Igualmente, el mandato de la caridad para con el prójimo que nos dejó Jesús, está muy presente en la vida de los cristianos.

 

El amor de Jesús, que da su vida por nosotros, dejándonos el mandamiento de la caridad con el gesto humilde del lavado de los pies de sus discípulos, durante la Última Cena, nos compromete a imitarlo. Celebrar la Pascua, que es la fe de la Iglesia, tiene que llevarnos a vivir la caridad para con nuestros hermanos.

 

El Señor sale a nuestro encuentro

La presencia del Resucitado se da en la Iglesia de diferentes maneras, pero de manera especial en la Pascua anual que celebramos y en cada domingo, día del Señor. El Papa Juan Pablo II, de quien recordábamos hace pocos días el aniversario de su paso de este mundo, nos dejó en su Carta Encíclica “Dies Domini”, una enseñanza luminosa, siempre actual, sobre la celebración del domingo. Por la participación en la Eucaristía se renueva la memoria de la Pascua, cada año, y sus frutos son actualizados en el alma de los fieles. También el domingo, como un eco de la gran fiesta: “En efecto, el domingo recuerda, en la sucesión semanal del tiempo, el día de la resurrección de Cristo” 3. De ahí la importancia que tiene la celebración dominical, en la cual los cristianos acuden a renovarse en la fuente de la vida, especialmente al alimentarse con el Cuerpo y Sangre de Cristo. Porque la Eucaristía es por excelencia el memorial del sacrificio de Cristo, de su pasión, muerte y resurrección. La Iglesia ha vinculado la santificación del domingo con la participación en la Eucaristía, y a través de su observancia son los fieles hechos partícipes de la gracia divina.

 

Este año, con motivo de las fiestas pascuales, queremos hacerles llegar nuevamente la invitación a una celebración renovada del día del Señor, el domingo, la Pascua semanal. La fidelidad a la Eucaristía en este día debe ser una de las características del cristiano comprometido. Participando en el sacrificio de la Cruz, alimentándose con el Cuerpo y Sangre de Cristo, instruido y alentado por la lectura de la Palabra de Dios, confortado por la comunión con sus hermanos y con toda la Iglesia, el fiel expresa su fe, manifiesta su amor a Dios y al prójimo, y recibe las gracias que necesita para recorrer el camino de esta vida a la vez que renueva su vínculo en la esperanza con el Padre de los cielos por Jesucristo en el Espíritu Santo.

 

La Eucaristía : no se puede dejar pasar esta oportunidad, la más grande que se le ofrece en esta vida a la criatura humana, de unirse a su Padre y Creador por el sacrificio de Cristo y por la incorporación a la Iglesia con el sello del Espíritu.

 

La liturgia de la Iglesia

La costumbre generalizada ha hecho que el domingo quede englobado en una unidad más amplia: el fin de semana; y si se trata de un fin de semana largo, el domingo como tal, encerrado entre dos feriados, prácticamente es anulado. Sin embargo, para la conciencia del cristiano, el domingo no es un día cualquiera, que pueda confundirse dentro de un paquete de jornadas no laborables. Se trata de una realidad superior, diferente, porque es el día que Dios mismo se reservó: Dies Domini, Día del Señor (Dominus), es decir, dominical, propiedad del Señor. Y constituye un verdadero distintivo, una señal del cristiano auténtico, que sabe, quiere y puede dar a su Dios lo que le corresponde. La cultura de un pueblo es la suma de las actitudes dictadas por sus creencias y tradiciones; los cristianos, el Pueblo de Dios, los discípulos de Cristo, por su observancia del domingo desde el comienzo mismo de la predicación evangélica, le dieron un lugar esencial en sus prácticas, en su cultura. Tenemos numerosos ejemplos de ello en la historia de la Iglesia, que acreditan la fidelidad y fortaleza de los cristianos en la guarda y la defensa del Día del Señor. Y a través de las generaciones el sentido más profundamente humano de la familia y del hogar, del genuino descanso, de la paz y serenidad del espíritu, se fue gestando y difundiendo en la sociedad, a partir del reconocimiento del hecho que la dignidad del hombre procede de su cercanía con Dios, del encuentro con Él, del seguimiento de sus enseñanzas y de la imitación de sus ejemplos.

 

Considerar el domingo como una conquista meramente social, como un espacio indiferente, apto para cualquier capricho o para cualquier exceso, sin duda responde a ciertas costumbres adquiridas y bien establecidas en nuestro mundo moderno, pero es ajeno al significado más verdadero y profundo que nos llega por la revelación de Jesús, a partir de la santa institución del shabbat, el sábado, día del descanso de Dios después de la creación de todo y que fue trasmitido al pueblo de Israel como “una expresión específica e irrenunciable de su relación con Dios” 4. El reposo sabático, nos dice también el Papa Juan Pablo II tiene un alcance “contemplativo”, el gozo se da en la posibilidad de detenerse para ver “lo bueno” de la creación, de la vida recibida, de la vocación del fiel. Esta disposición positiva de la Ley, que sabemos por el Evangelio que llegó a ser interpretada materialmente, rígidamente, alejándose de su espíritu original, a la vez es la condición necesaria para una vida plenamente humana, abierta y profunda, como lo atestiguan las culturas más elevadas.

 

Y estas características se trasladan del sábado del Antiguo Testamento a la Pascua de cada semana, el domingo: fruición contemplativa, espacio que alivia las exigencias y las urgencias, aplicación a las realidades más sencillas pero las más verdaderas también del ser humano de toda época y de cualquier condición. Interviene empero una novedad fundamental: este día es la recordación de la Pascua, es decir, en el marco de la celebración judía de la liberación de Egipto, el sacrificio de Cristo, que nos obtiene la redención y nos conduce a la patria verdadera después de la peregrinación purificadora por el desierto. La lectura de la Encíclica “Dies Domini”, del Papa Juan Pablo II, y la reflexión sobre ella, deberán ayudarnos a profundizar en el sentido del domingo y en los modos de su celebración. Cada domingo la Iglesia celebra la Pascua y los fieles se renuevan en la vida del Resucitado. Tiempo y espacio se conjugan para hacer posible el encuentro con Dios y la comunión entre los hermanos. La realidad espiritual de la Resurrección, que es única y eficaz para siempre, por la celebración litúrgica alcanza a quienes participan en ella y los santifica.

 

 

Pido a los sacerdotes que, en su predicación y en su enseñanza, recuerden la doctrina acerca del domingo, relacionándolo con la Pascua de Resurrección, y animando a los fieles a una celebración piadosa y comprometida. También en la catequesis, en todos los niveles, se la ha de tener presente e inculcarla a los catequizandos y a sus padres y familiares. En los movimientos apostólicos, asociaciones y grupos de oración y de espiritualidad, de apostolado o caritativos, la frecuentación fiel de la Eucaristía dominical tiene que ser una característica esencial.

 

Vocación cristiana y Misión: el domingo es el día de la identidad cristiana

El día del Señor marca profundamente el sentido de nuestra vida; es el día en que recordamos la Resurrección,  y por ella hemos obtenido la condición de hijos de Dios; es el día de la Eucaristía, por la cual nos introducimos en el misterio, hechos partícipes de la naturaleza divina, y somos enviados a evangelizar a todo el mundo. ¿Cómo podríamos decir que llevamos con verdad una vida cristiana sin el encuentro frecuente junto al altar del Señor?

 

En el camino preparatorio de la celebración de los cincuenta años de la creación de la diócesis de Nueve de Julio, tenemos fijado como tema para la reflexión y para aplicarlo en las diferentes áreas pastorales durante este año Vocación cristiana y Misión. Llamados a la vida, por el Bautismo fuimos incorporados a la Iglesia; signados por el sello de la Confirmación, participamos en la Eucaristía, que es comunión con Dios. El cristiano se forma y se fortalece con la Eucaristía, se instruye espiritualmente con la Palabra de Dios, ofrece su alabanza, se une al Señor en su sacrificio para recibir los frutos del mismo, por la comunión sacramental recibe el Cuerpo y la Sangre del Señor. Se define y describe de esta manera, la más adecuada, la condición del cristiano, su identidad, su vocación, y de ella surge su tarea, al ser enviado para dirigirse a sus hermanos y darles a conocer la Buena Nueva.

 

Vocación cristiana: para hacer más claro y elocuente el significado de la llamada, este año tiene que ser el año de una participación más constante y comprometida de la Eucaristía dominical, para alentar y enriquecer con ella nuestra vida cristiana.

Misión: a partir del encuentro eucarístico, prolongado en la plegaria, explicitado en gestos y acciones, podemos trasmitir el Evangelio.

 

Sea este, queridos hermanos y hermanas, el propósito que nos acompañe este año, y que el encuentro, cada domingo, junto al Señor Resucitado, nos conforte y sostenga, para responder a la vocación y cumplir con nuestra misión. La Santísima Virgen María, que estuvo siempre dispuesta a obedecer y servir, y es para nosotros ejemplo de fidelidad a Dios, de amor a su Hijo y de docilidad al Espíritu, nos acompañe con su intercesión, para que lleguemos a ser verdaderos adoradores, testigos solícitos y, un día, finalmente, copartícipes de la gloria celestial, en la Pascua eterna. Con todo afecto, los bendice en el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Nueve de Julio, abril de 2006

 

Mons. Martín de Elizalde OSB

Obispo de Santo Domingo en Nueve de Julio


 

1 Juan Pablo II: Enc. Dies Domini, 2

2  Benito XVI: Enc. Deus caritas est, 16

3 Juan Pablo II. Enc. Dies Domini, 1

4 Ib.: 13

 

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