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HOMILÍA DEL OBISPO DE SANTO DOMINGO EN NUEVE DE JULIO
MONS. MARTÍN DE ELIZALDE OSB
EN LA CELEBRACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS

- Nueve de Julio, 25 de mayo de 2006 -

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

En este día aniversario del comienzo de nuestra existencia como pueblo libre, la comunidad de Nueve de Julio con sus autoridades a la cabeza, se congrega en el templo del Señor para expresarle su gratitud a Dios por los beneficios recibidos. Es verdad que los inicios, hace 196 años, se presentaban llenos de esperanza: “se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa Nación”. Pero la historia, en la cual interviene la libertad de los hombres, donde los acontecimientos no pueden preverse ni gobernarse, tiene sus propios caminos, y así es como nos encontramos agradeciendo en este día, no el cumplimiento de las ilusiones que se hicieron entonces los próceres, sino una realidad que nos ha ido forjando, con victorias y derrotas, logros y fracasos, ricos de experiencias y encaminados con decisión hacia el futuro. Esta acción de gracias nos recuerda lo que somos y nos abre a la consideración de lo que debemos ser.

 

Un presente, hecho en casi dos siglos de vida en comunidad, y para reflexionar sobre el cual la lectura de la primera carta de San Pablo a los corintios (I Cor 12,31-13,13) nos indica las pistas principales y las centra en el bien común, que es el nombre de la caridad en el ámbito social. La construcción de la Argentina ha sido la obra de hombres y mujeres clarividentes, desprendidos, generosos en su apertura a quienes vinieron de todos los horizontes para poblar nuestro suelo, dando igualdad de oportunidades, premiando el mérito y el trabajo, y donde a pesar de los obstáculos encontrados en el camino, se logró realizar la vocación de Patria que hoy nos congrega y justamente nos enorgullece. Esta propuesta de la caridad, la pasión por el bien común, es preciso repetirla, anunciarla, proponerla, insistiendo en ella, pues solamente así alcanzaremos las metas a las que aspiramos. Justicia, rectitud, honestidad, laboriosidad, son los instrumentos a nuestro alcance para esta tarea.

  

Y las palabras de Nuestro Señor Jesucristo en el evangelio de San Juan (Jn 8, 31-36) nos recuerdan que la verdad es la que hace libres a los hombres y a los pueblos. ¿Qué es la verdad? La pregunta que Pilatos le dirige a Jesús es la que se repite siempre, legítimamente si es expresión de una búsqueda, de un deseo de superación, de un ansia de alcanzar ese lugar desde donde se iluminan las conductas pasadas y se pueden trazar las presentes y futuras. Pero la misma pregunta puede conducirnos a una respuesta engañosa y falaz, si la hacemos con liviandad, y sin la voluntad de comprometernos. Porque la verdad se revela para que la sigamos, la hagamos nuestra y entremos en ella, desmenuzándola con la inteligencia que hemos recibido y aplicándola y difundiéndola a nuestro alrededor. Adhiriéndonos a ella, recibiremos la luz para razonar y para actuar, para interpretar y para difundir los bienes que la verdad misma nos acerca. El bien común no puede edificarse sobre la mentira, y la primera y más grave transgresión a la verdad es desconocer o negar una concepción del hombre, que está fundada en su condición de criatura divina, llamada a vivir en la santidad y la justicia. Y ello, porque en el hombre quiso Dios reflejarse, haciéndolo a su imagen y semejanza, dotándolo de inmortalidad e inteligencia, capaz de tanta grandeza como para llegar a abrazar su destino de hijo de Dios.

 

Por eso, la Iglesia se siente profundamente comprometida con la causa integral de la libertad del hombre y de la verdad de Dios, que son inseparables. Una condescendencia con lo humano que solo tuviera en cuenta aquellos aspectos contingentes de su vida y acción, sería una grave falta de responsabilidad, ya que el hombre está siempre llamado a la trascendencia. La preocupación de la Iglesia por la educación, por una vida integralmente libre y veraz, por una sociedad justa y orientada hacia el respeto y la promoción de los valores del espíritu, apunta en última instancia a dar efectiva realidad a lo que, de otro modo y por solo los medios humanos, sería apenas una utopía: la plena felicidad de todos los hombres y mujeres en este mundo, abiertos a la eternidad. Este es el destino de cada ser humano, esta es la tarea de quienes tienen la responsabilidad del gobierno de nuestra Patria.

 

El prólogo de nuestra Constitución invoca a Dios, “fuente de toda razón y justicia”, expresión que no es un mero reconocimiento formal de un legado religioso, sino una verdadera invitación a orientar, desde ese principio, la vida de la sociedad argentina desde el Estado: no hay justicia sin la inspiración divina, y esa justicia es la búsqueda del bien común, con una apertura a la caridad, que por eso no es meramente eficientista. Pero me parece que debemos resaltar también el otro término, “razón”, que significa causa, explicación. Es decir, una luz que ilumina y ayuda en la difícil tarea de ser y de hacer la Patria. Este es el ruego que hacemos hoy, en este día, con nuestra acción de gracias, para que el camino recorrido sea de verdad promesa de tiempos mejores. La Santísima Virgen de Luján, madre de los argentinos, nos acompañe en nuestra marcha. 

 

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