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MENSAJE DEL OBISPO DE SANTO DOMINGO EN NUEVE DE JULIO

MONS. MARTÍN DE ELIZALDE

CON MOTIVO DEL COMIENZO DEL ADVIENTO

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Este domingo se inicia el tiempo de Adviento, y al mismo tiempo la Iglesia comienza a recorrer el camino del Año litúrgico, cuya celebración revive para el cristiano los misterios de la redención: “en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor”[i] . Por este medio se manifiesta la cercanía del Salvador, y pueden los fieles renovarse en la comunión con Él y junto con Él progresar en la santidad. En efecto, la liturgia de la Iglesia nos hace participar en el Adviento a partir de la esperanza de nuestros Padres, que deseaban con ardor la venida del Mesías, y con ellos, por la fe, contemplar su nacimiento de la Virgen María en Belén, y los signos que lo acompañaron, precursores de su misión universal. Después del Adviento y el tiempo de Navidad, las seis semanas de la Cuaresma, tiempo de penitencia y de renovación, nos acercan a la Pascua, reviviendo con el pueblo de Israel la salida de la cautividad en Egipto y las alternativas de sus encuentros y desencuentros con Dios durante el largo deambular por el desierto, hasta llegar a la Tierra prometida. El Triduo Pascual nos pone en presencia del más grande y maravilloso hecho salvífico, que es la Resurrección, la liberación verdadera y definitiva que nos da la vida nueva al lavarnos e iluminarnos por el Bautismo. La presencia del Resucitado durante los cincuenta días del tiempo de Pascua junto a sus discípulos los forma y prepara, y en Pentecostés por el descenso del Espíritu Santo nace la Iglesia. Esa misma Iglesia que, a lo largo de las semanas del tiempo durante el año – 34 semanas -, medita las enseñanzas del Evangelio y de los escritos inspirados, expresa su fe, esperanza y caridad por la vida y conducta de los propios fieles, testigos ante el mundo, enviados a anunciar el Nombre de Jesús y su mensaje de salvación. La visión apocalíptica de las últimas semanas del año litúrgico nos habla de la soberanía de Cristo y de la vocación de todo hombre, llamado a contemplar la gloria de Dios y a no demorarse ni ser absorbido por lo creado.

 

Las cuatro semanas de Adviento conducen al creyente hasta la Navidad. El largo itinerario de los siglos con la aspiración por el Mesías y el clamor por su Venida, que se despliega en la abundante y riquísima selección de lecturas del Antiguo Testamento, nos hace comprender la misericordia de Dios, los repetidos llamados a la conversión que dirigió a su pueblo, y como, a pesar de los pecados que cometía y lo alejaban de Él, persistía en el corazón de los fieles el deseo de la redención. El primer domingo de Adviento aproxima el anuncio del Profeta Jeremías acerca del cumplimiento de la promesa hecha a Israel y a Judá[ii], al pasaje de la carta de San Pablo a los Tesalonicenses, que invita a los cristianos a presentarse santos e irreprochables ante Dios por el amor[iii], y el pasaje evangélico dice como los signos de la venida del Hijo del Hombre, a pesar de sus características que infunden miedo y confusión, son el anuncio de la transformación de todo lo creado para recibir al Salvador[iv], y encontrar en Él la felicidad prometida: “Tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación”. Todo esto nos ilustra sobre la necesidad de estar atentos y vigilantes para recibir al Señor que viene, y adquirir así el verdadero sentido de la existencia en el mundo, que es preparación y apertura a la vida eterna. Por las dificultades y las pruebas se llega a la gloria que el Mesías reserva para los suyos; a nosotros toca hacer la opción generosa que nos coloque en el camino justo. El segundo domingo de Adviento invita a Jerusalén, con las palabras del Profeta Baruc[v], a expresar el gozo de la fiesta del reencuentro, de la restauración de la amistad con Dios: “Paz en la justicia, Gloria en la piedad”, como lo hace también la expresión serena y alegre de Pablo en la carta a los Filipenses[vi], anunciando el Día de Cristo, que en esta perspectiva identifica la esperanza mesiánica con Jesús resucitado. El evangelio de Lucas[vii] sitúa en la aparición del Bautista el cumplimiento del oráculo de Isaías acerca de la voz que predica en el desierto. La larga preparación de siglos se recorre con la sencilla rapidez de la liturgia, abreviando los tiempos y calificando los acontecimientos, para que estos puedan ser leídos en unidad, como hecho de salvación.

 

El motivo que distingue la celebración del tercer domingo de Adviento es la alegría: desde la gozosa aclamación de la entrada: “¡Alégrense siempre en el Señor!”, que prosigue con el comienzo de la profecía de Sofonías[viii]: “¡Grita de alegría, hija de Sión!” , y el pasaje de la carta de San Pablo a los Filipenses[ix], que reitera la invitación a estar siempre alegres. El evangelio[x] refiere la predicación de San Juan Bautista, enseñando al pueblo a vivir con fidelidad y justicia y a aceptar el bautismo, pero diferenciándose también del Mesías, que es más grande que él. Este domingo señala el paso del anuncio del Mesías esperado a los signos de su inminente venida, y para el cristiano confirma que la fe de Israel tiene su cumplimiento en el nacimiento en la carne del Hijo de Dios: en la Navidad tiene lugar lo que anunciaron los profetas y esperaba el pueblo de Israel. El cuarto domingo de Adviento asume una nota mariana; señala el nacimiento del Salvador en Belén, por el oráculo de Miqueas[xi], y con un pasaje de la carta  a los Hebreos[xii] aplica a Cristo el anticipo del Salmo 39, 7-9, poniendo en su propia boca el sentido de su venida: “Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad”. El evangelio de la Visitación de María a Isabel[xiii] muestra la inmediatez del nacimiento de Jesús, y así nos deja a las puertas de la celebración de la Navidad. Los pasajes bíblicos, del Antiguo y Nuevo Testamento, están relacionados entre sí por la liturgia, resaltando la continuidad de la fe depositada en la promesa divina y confrontada con los distintos momentos de la historia de la salvación, para alcanzar su consumación en la Navidad. De manera que la solemnidad del Nacimiento de Jesús es ocasión de alegría porque en él se cumplen las promesas hechas a los Padres, por él adquieren sentido la vida humana y sus condiciones actuales en el mundo, y la salvación eterna tiene su expresión en el tiempo, por los signos maravillosos que ha obrado Dios y que actualiza la liturgia de la Iglesia.

 

Este tiempo de preparación a la Navidad nos muestra entonces el sentido de la solemnidad ya próxima, para que no nos conformemos con una sensibilidad puramente afectiva y débil, más tradicional y humana que renovadora de la comunión con Dios. La vivencia de estas semanas de Adviento, según el espíritu de la Iglesia, que recoge la tradición de Israel y la experiencia de la fe de  los siglos cristianos, es algo muy importante, para alimentar y orientar a los cristianos en su vocación. Por eso, este tiempo nos pide a todos prepararnos de acuerdo al espíritu de la Liturgia, para aprovechar las riquezas de este tiempo de espiritualidad y de esperanza.

 

Juntamente, a partir del primer domingo de Adviento, comenzamos la celebración del jubileo de la diócesis de Santo Domingo en Nueve de Julio, que el próximo 11 de febrero de 2007 cumplirá los cincuenta años desde su creación. A lo largo del año, con diferentes celebraciones que les daremos a conocer oportunamente, iremos recordando en la sede episcopal y en todas las comunidades de la diócesis, este importante acontecimiento, que se inscribe también en la manifestación de la misericordia divina hacia nosotros, al concedernos formar la Iglesia de Cristo en esta porción de la tierra argentina. También como Iglesia desarrollamos los tiempos y las etapas de la salvación en Jesucristo, con la esperanza de un cumplimiento que colme nuestros deseos y nos ponga muy cerca de Dios. En ella peregrinamos, con amor y confianza, siguiendo los pasos de quienes nos precedieron, e invitamos a todos a unirse con generosidad a nosotros, para habitar en esta casa de comunión. Los bendiga Dios Nuestro Señor, y les conceda un santo Adviento, con la asistencia y la intercesión de la Virgen María, tan presente en la liturgia de este tiempo de gracia.    

 

Nueve de Julio, noviembre de 2006


 

[i]  Conc. Vaticano II: Const. “Sacrosanctum Concilium”, 102

[ii]  Jr 33, 14-16

[iii]  I Tes 3, 12-4, 2

[iv]  Lc 21, 25-28.34-36

[v]  Bar 5, 1-9

[vi]  Fil 1, 4-11

[vii]  Lc 3, 1-6

[viii]  Sof 3, 14-18a

[ix]  Fil 4, 4-7

10  Lc 3, 2b-3.10-18

[xi]  Miq 5, 1-4a

[xii]  Hebr 10, 5-10

[xiii]  Lc 1, 39-45

 

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