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Homilía de Mons. Carlos María Franzini
para la Misa Crismal 2006

 

  1. Anticipando -de alguna manera- la Semana Santa, estamos reunidos en la Catedral como Iglesia diocesana para celebrar la misa crismal. Fieles laicos procedentes de diversas comunidades parroquiales, escuelas y movimientos apostólicos, consagradas, diáconos permanentes, presbíteros y el obispo.

 

  1. Se unen a nosotros espiritualmente algunos hermanos que por distintas razones no pueden estar hoy acá personalmente. Quiero recordar de manera particular a los presbíteros de la diócesis que por estudio, salud u otros motivos se encuentran fuera de ella: el P. Félix Oreglia, el P. Luis Cecchi, el P. Gustavo Montini y el P. Enrique Monay.

 

  1. Esta celebración tiene dos notas peculiares que la hacen original y particularmente intensa. Serán bendecidos los óleos utilizados en la celebración de los sacramentos y los presbíteros renovarán sus promesas sacerdotales. Ambas acciones nos ayudarán a todos a penetrar más hondamente el misterio pascual celebrado en esta eucaristía y que nos disponemos a revivir en la próxima Semana Santa. Además, ambas acciones nos remiten al contenido de la Carta Pastoral que les he escrito al inicio de la Cuaresma, invitándolos a disponerse a la gracia de la conversión que –una vez más- el Señor nos ha regalado en este tiempo de gracia que estamos transitando.

 

  1. Conversión que –según les he propuesto en las catequesis cuaresmales ofrecidas a los cinco decanatos- no es sólo personal y moral sino también comunitaria y pastoral.

 

  1. Teniendo en cuenta que dentro de unos instantes renovarán sus promesas sacerdotales, permítanme que me dirija de un modo especial a ustedes, mis queridos hermanos presbíteros, aunque a todos los presentes –con las debidas adaptaciones- puedan ayudarnos estas sencillas reflexiones.

 

  1. Como les decía en las catequesis cuaresmales, la conversión pastoral nos llama a todos para adecuar cada día más nuestra vida a los designios de Dios. El camino que venimos recorriendo como Iglesia diocesana es animado por el Espíritu que nos convoca a cada uno, a mí el primero, a ser más dóciles a sus mociones y más disponibles a la voluntad del Padre para realizar aquí y ahora la obra de Jesús, el Hijo, en favor de todos los hombres. En este sentido la Carta Pastoral es expresión de la intensa vida eclesial que estamos compartiendo y no podemos quedarnos al margen de sus propuestas, si verdaderamente somos hombres y mujeres de fe que la viven no como hecho individual y privado sino como experiencia comunitaria, en la que se da y se recibe constantemente. La Carta Pastoral nos ayuda entonces a ser más Iglesia. Así el camino pastoral diocesano, asumido y vivido con entusiasmo y compromiso, será señal elocuente de una fe madura y fecunda. Por ello les he recordado en esta Cuaresma que la conversión no es tal hasta que no alcanza la dimensión “pastoral” de nuestra vida cristiana.

 

  1. Si estas reflexiones caben para todos los bautizados, de manera especialísima nos atañen a los pastores, en quienes vida personal y vida pastoral se identifican. Los pastores hemos de ser los primeros y más disponibles para acoger la llamada a la conversión pastoral, propuesta a todo el pueblo de Dios. Por ello, mis queridos hermanos, me permito invitarlos a renovar las promesas sacerdotales en esta clave; a tal fin hemos incluido una expresa referencia dentro del rito de renovación. Queremos así ayudarlos a que puedan renovar sus promesas no como un mero rito exterior sino como expresión sincera y convencida de la disposición interior que los mueve.

 

  1. Por tanto los invito a recorrer con sus comunidades este camino de conversión pastoral saliendo de la inercia del “siempre se hizo así”, del “yo ya lo sé”, del “en mi parroquia se hace así”. Dejemos que el Espíritu que guía a la Iglesia (también a nuestra Iglesia diocesana) y va guiando nuestra marcha pastoral, guíe nuestra conversión personal, comunitaria y pastoral. Nuestra conversión pastoral supone por tanto salir de los propios esquemas, del proyecto personal, para abrirnos al proyecto de Dios para su Iglesia aquí y ahora.

 

  1. Concretamente les propongo revisar nuestra adhesión cordial y decidida a la marcha pastoral que venimos haciendo desde hace algunos años. Suele decirse que lo que a un sacerdote no le gusta o no le interesa es difícil que sea asumido en su parroquia con el mismo entusiasmo y compromiso que lo que cae dentro de su área de interés. Es cierto que no todos tenemos todos los carismas y dones; que no podemos responder a todas las demandas; que no siempre se cuenta con los recursos necesarios; pero sí es posible responder progresivamente cuando trabajamos en comunión orgánica con la Iglesia diocesana, más allá de intereses o gustos personales, en favor de los objetivos comunes que nos hemos fijado, con docilidad al Espíritu. Haciendo el camino de la Iglesia estamos más seguros de responder a los planes de Dios, que no siempre coinciden con los nuestros. Da pena constatar que los laicos se quejan (con mayor frecuencia de lo deseable) de que los pastores son el primer obstáculo para avanzar en determinados aspectos de la pastoral. Aunque esta queja pueda esconder ciertas formas sutiles de clericalismo, no cabe duda que encierra una cuota de verdad que debería cuestionarnos a todos.

 

  1. No voy a desarrollar en esta homilía todos los puntos de la Carta Pastoral. Esto será tarea de todo el presbiterio junto a los demás agentes pastorales a lo largo del año. Sin embargo sí quisiera en esta ocasión, detenerme brevemente a reflexionar con ustedes en un aspecto de la enseñanza de Benedicto XVI en su primera carta encíclica “Deus caritas est” en el que percibo una notable continuidad con lo que nos hemos fijado en la diócesis como objetivo general para los próximos años. Dice el Papa: No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (nº1). En otras palabras el Papa nos está diciendo que el cristianismo es ante todo encuentro con Alguien que nos toca el corazón y nos cambia la vida.

 

  1. Por ello cuando, recogiendo la propuesta de la Asamblea Diocesana, les propuse como objetivo general para los próximos años: Consolidar el encuentro de los bautizados con Jesús, mediante una intensa vida sacramental, para que seamos testigos y servidores suyos, en las diferentes realidades de nuestra Diócesis”, les estaba proponiendo ir a la médula de la vida cristiana. Todo lo que hagamos fuera de esta propuesta es irrelevante y destinado al fracaso, en perspectiva evangélica.

 

  1. Pero este objetivo, propuesto como meta pastoral, nunca podrá plasmarse si no suscita en nosotros –ante todo en nosotros, pastores- la ardiente pasión por este encuentro. Hablamos de consolidar porque –gracias a Dios- ya lo hemos encontrado. Sino no estaríamos aquí esta noche. Sin embargo hemos de reconocer que nuestra condición humana, que confunde hábito con repetición y cotidianeidad con tedio, nos hace desdibujar el amor primero y degradar progresivamente la hondura de todo encuentro. Por ello la necesidad del “entrenamiento cuaresmal” y de la vigilancia perseverante para que del encuentro siempre renovado se siga una vida cristiana y ministerial alegre, profunda y contagiosa.

 

  1. Podemos decir entonces que el sentido de la renovación de las promesas que harán dentro de unos instantes es precisamente el compromiso por buscar cada día con renovado entusiasmo el encuentro con el Señor. Él ha venido a nuestro encuentro de muchas maneras, a lo largo de la vida. Pero de un modo especial salió a nuestro encuentro en el bautismo, en la confirmación, en la eucaristía y, también, en nuestra ordenación. Por ello precisamente hoy queremos renovar la frescura de ese encuentro con la fuerza, el “peso” y la hondura de los años de fidelidad que el mismo Señor nos ha regalado, a pesar de nuestras miserias y debilidades. Queremos renovar aquel encuentro que dio un nuevo horizonte a nuestra vida y le dio una orientación decisiva.

 

  1. Para esto nos ayudará volver a repasar, aunque más no sea brevemente, algunos de aquellos espacios privilegiados de encuentro que el Señor constantemente nos ofrece, para revisar si efectivamente estamos aprovechando esta oportunidad, estos “kairós”, que se nos regalan todos los días:

 

ü      la Palabra; saboreada en el silencio, el estudio y la oración, y hecha carne en nosotros por la creciente docilidad a su enseñanza.

ü      La Reconciliación ofrecida generosamente a los demás y recibida humildemente de un hermano sacerdote. Muy ligada a ella la Dirección espiritual como espacio necesario de objetivación y crecimiento en la fidelidad.

ü      La Eucaristía celebrada cotidianamente, no como imposición extrínseca sino como necesidad de un corazón enamorado, y extensamente adorada para interiorizar la grandeza del Misterio celebrado.

ü      La Comunidad a la que servimos, cuyos dolores y alegrías, logros y fracasos compartimos. Dentro de ella de manera especial los más pobres, débiles y sufrientes con quienes Jesús ha querido identificarse de manera privilegiada.

ü      El Presbiterio, presidido por el obispo, y sin el cual no llegamos a ser verdaderamente sacramentos del único Pastor. Aprovechando los espacios ya dados de comunión fraterna: decanatos, grupos de afinidad, encuentros formativos, retiros, etc.

 

  1. Tenemos que darle muchas gracias a Dios –y a ustedes, mis queridos hermanos presbíteros- porque muchos de estos espacios de encuentro se dan con abundante fruto entre nosotros. Es bueno ser conscientes y agradecidos a Dios por el presbiterio que nos ha regalado. Personalmente no me canso de agradecerlo y manifestarlo en cuanta ocasión se me ofrece. Pero quiero ser un padre verdadero para ustedes y por ello me animo a estimularlos y exhortarlos a seguir creciendo. Para el que ama de verdad nunca es suficiente el encuentro con el Amado.

 

 Que el Señor nos regale a todos –pastores y fieles- la pasión para buscarlo, el gozo del encuentro y el entusiasmo contagioso de compartirlo.

 

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