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HOMILÍA DE MONS. CARLOS MARÍA FRANZINI

CORPUS CHRISTI

 

  1. Una vez más nos reunimos como Iglesia diocesana, en la Iglesia Catedral, para celebrar juntos esta fiesta de nuestra fe, el gran Don de Dios, el alimento de los peregrinos, el consuelo de nuestras penas, la firme certeza que funda nuestra esperanza: Jesucristo, el Señor, que vive en medio nuestro bajo las especies sacramentales del Pan y el Vino consagrados.

 

  1. En esta fiesta de “Corpus Christi”, como suele llamarse tradicionalmente, la Iglesia alaba, adora, agradece y suplica. En esta fiesta la Iglesia profesa su fe en el Misterio eucarístico y lo testimonia con el elocuente signo de la procesión por las calles de la ciudad. Creemos que el Señor vive y con su presencia anima nuestra vida y nuestra fe y nos llama a testimoniarla en medio del mundo. Una fe que no se hace anuncio, testimonio y servicio es una fe muerta. Por eso hoy celebramos y caminamos por las calles de la ciudad.

 

  1. El año pasado les propuse reflexionar sobre la Eucaristía y el día del Señor. Les invité a recuperar el sentido del domingo, día del Señor, día del descanso, día del encuentro familiar. ¡Qué pena que nos cueste tanto vivirlo así!. ¡Qué pena que nos dejemos llevar por esta cultura consumista y no seamos capaces de detenernos al menos una vez a la semana! ¡Qué pena que para algunos sea más importante el lucro o la competencia y pierdan de vista esta dimensión esencial de la vida humana y religiosa!

 

  1. Este año quisiera proponerles avanzar en nuestra reflexión sobre el Misterio eucarístico, Misterio inagotable y siempre cuestionador. Los textos que la Palabra de Dios nos propone para esta celebración nos hablan de sangre derramada, de vida entregada, de alianza compartida. Nos hablan de un Dios que sale al encuentro de los hombres y en su Hijo, Jesucristo, nos ofrece de nuevo su amistad a un alto precio: su sangre derramada, es decir su vida entregada por amor.

 

  1. Celebrar y adorar la Eucaristía es volver siempre la mirada al Misterio Pascual, es situarse en el centro de este Misterio de amor y entrega hasta el extremo y hacerse –de algún modo- contemporáneo y protagonista  de dicho Misterio. No podemos celebrar la Eucaristía sin entrar en la dinámica de la Alianza: don de Dios y respuesta del hombre. Respuesta que compromete y modifica la vida. No podemos celebrar la Eucaristía y seguir encerrados en nuestro salvaje individualismo. No podemos celebrar la Eucaristía sin intentar  reeditar –desde nuestra debilidad y pobreza- el gesto generoso y magnánimo de Jesucristo.

 

  1. Por ello siempre ha estado presente en la conciencia cristiana la íntima relación que existe entre Eucaristía y solidaridad. De ello ya nos dan testimonio los escritos del Nuevo Testamento; de ello dan testimonio veinte siglos de historia cristiana en los que -de diversas formas- siempre encontramos esta necesaria expresión de la fe que reconoce al Señor en el Santísimo Sacramento del Altar y lo sirve en los hermanos más pobres, siguiendo el mandato del mismo Señor en el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo.

 

  1. Juan Pablo II nos ha dejado hermosas y agudas enseñanzas sobre la íntima relación que existe entre Eucaristía y servicio a los más pobres. Y Benedicto XVI nos ha regalado en su primera Encíclica abundante material para profundizar en esta relación.

 

  1. Al celebrar la Eucaristía en esta Fiesta de Corpus Christi quiero invitarlos a renovar el compromiso solidario de cada uno y de cada una de las comunidades parroquiales de la diócesis, hoy presentes aquí a través de sus representantes. Una Iglesia auténticamente eucarística será necesariamente una Iglesia profundamente solidaria. Si no fuera así algo estaría funcionando mal en nuestra comprensión de la verdadera devoción al Señor Sacramentado. La Madre Teresa de Calcuta, cuya enseñanza y testimonio en esta materia son incuestionables, solía proponer a sus hijas la adoración eucarística como fuente de su servicio y al mismo tiempo, el servicio a los más pobres como privilegiado encuentro con el Señor, que –de algún modo- prolonga la adoración.

 

  1. La semana pasada se realizó en todo el país, también en la diócesis, la colecta anual de Caritas. Como siempre ha sido una oportunidad para manifestar nuestra solidaridad con el sencillo pero elocuente signo de nuestra generosidad en el aporte. Pero no debemos confundirnos.  Juan Pablo II enseñaba que la solidaridad es el empeño firme y perseverante por el bien común. No se trata de gestos aislados o reacciones emotivas y fugaces. Se trata de vivir la vida en clave solidaria, reconociendo que cada hermano pobre y excluido es un desafío a mi propia fe, a mi vida cristiana y específicamente a mi genuina vida eucarística.

 

  1. Y lo que digo de cada uno de nosotros individualmente vale también para las comunidades cristianas. Hace unos minutos les decía a los Ministros Extraordinarios de la Comunión: “...la mejor de las celebraciones litúrgicas, la adoración eucarística más exquisita, la unción más recogida no sirven si no nos llevan a reconocer la misteriosa pero real presencia del Señor en el hermano pobre, enfermo o sufriente. Esto es gracia que hay que pedir pero también tarea que hay que cultivar...”

 

  1. Por ello quiero proponerles como fruto de esta hermosa celebración eucarística que compartimos un renovado compromiso solidario a favor de nuestros hermanos más pobres. Que cada uno de nosotros y cada una de nuestras comunidades se interrogue sinceramente delante del Señor Sacramentado cómo poder servirlo en los pobres, débiles y sufrientes; que cada Parroquia se interrogue qué lugar y qué desarrollo tiene en ella la actividad de Caritas u otros servicios a los hermanos necesitados.

 

  1. Para concluir los invito a que recemos juntos:

 

Jesús Eucaristía,

alimentados con tu Sacramento queremos descubrirte presente y necesitado en los hermanos más pobres;

danos generosidad, ingenio y perseverancia para servirte en ellos;

que nuestra vida eucarística se nutra de la celebración y de la adoración cada vez más frecuentes;

que nuestra vida eucarística sea haga servicio humilde y escondido a los hermanos más necesitados;

que nuestras comunidades sean genuinamente eucarísticas por la celebración gozosa y participada,

por la adoración serena y prolongada,

y por el servicio eficaz y organizado de nuestras Caritas. Amén

 

Mons. Carlos María Franzini

Obispo de Rafaela

 

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