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Homilía de Mons. Carlos María Franzini
 en la misa celebrada en la Iglesia Catedral
con ocasión de la Fiesta Patronal de la ciudad,
el 24 de octubre de 2006, 125 º aniversario de Rafaela


Construir juntos una ciudad para todos

 

1.       Por una feliz iniciativa de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad este año hemos querido celebrar la Eucaristía de la fiesta patronal con la “misa de coronación” de Wolfgang Amadeus Mozart, de cuyo nacimiento se cumplen 250 años.  

2.     De diversas maneras y en muchas partes del mundo se ha evocado el nacimiento de este genio musical, que supo poner su talento y creatividad al servicio del culto cristiano. También la belleza es camino de encuentro con Dios, ¡y lo es de un modo eminente!  

3.     Démosle gracias al Señor que en Mozart nos ha regalado un instrumento privilegiado para abrirnos a la sublime Belleza, que –a través de la música- inunda nuestros espíritus y los dispone al gozo sin límites de la Eternidad. 

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4.     Con esta singular celebración estamos recordando en  este día una fecha también singular: los 125 años del inicio de esta colonia, llamada a ser la hoy pujante ciudad de Rafaela. 

5.     Bajo la mirada protectora de Dios y del patrono San Rafael, hace 125 años aquellos gringos pioneros se lanzaban a una aventura formidable: construir juntos una ciudad para todos. Para ello fueron necesarias algunas condiciones que hoy nos conviene evocar, si queremos ser herederos legítimos y continuadores auténticos de aquella gesta. 

6.     Queremos hacerlo junto a hermanos venidos de las ciudades hermanas de Fossano y Sigmaringendorf, como expresión de vínculos entrañables entre nuestros pueblos. Esta evocación también a ustedes, queridos hermanos, les será grata y provechosa, al recordar con admiración y gratitud a sus mayores y recuperar así algo del espíritu que los animaba. 

7.     Hace 125 años la República, superadas décadas de violencia y desencuentros, se proyectaba con espíritu decidido hacia un futuro de progreso y crecimiento. La clase dirigente, conformada por grupos no siempre convergentes, sin embargo estaba animada por el proyecto común de construir una Nación, más allá de los intereses particulares. El horizonte era la Patria común, no el grupo, los personalismos o los protagonismos mesiánicos. 

8.     En ese proyecto no había espacio para miradas mezquinas ni espíritus sectarios. Para crecer y afianzarse como Nación, Argentina debía abrirse generosa y acogedora a hombres y mujeres que -provenientes de distintas tierras y culturas- quisieran venir a aportar su esfuerzo, su trabajo y su empeño perseverante, sumándose al proyecto común. Así comenzaron a llegar las sucesivas corrientes migratorias, con sus notas particulares, sus rasgos distintivos y sus riquezas propias. Cada uno en su diversidad, enriqueciendo la construcción de una unidad pluriforme y variada que ha dado un sello inconfundible a nuestra cultura nacional. 

9.     Así llegaron a esta zona vasta y desierta los gringos –sobretodo piamonteses- que supieron recrear acá lo más genuino de su tierra nativa y enriquecerla con el aporte propio y de otros grupos que- aún minoritarios- también han dado un matiz peculiar a esta parte de la “pampa gringa”. 

10.  Al espíritu de progreso y de trabajo de los colonos lo complementaron políticas de Estado serias y continuas, aportes de inversores y un marco jurídico, educativo y sanitario progresivamente adecuado a las crecientes demandas.  

11.   La básica matriz cristiana de los colonos y el aporte pastoral de una Iglesia que también salía de una larga “noche” en nuestra patria -y que se enriquecía con el aporte de misioneros que acompañaban el itinerario de los emigrados- fueron afianzando el espíritu religioso, solidario y familiar, tan característico de nuestra zona. Aún hoy nos impresionan los muchos signos que expresan esa religiosidad honda y arraigada de nuestros abuelos. 

12.  Aquellos pioneros, gente laboriosa y emprendedora, no dejaba de reconocer el lugar de Dios en la vida personal, familiar y social. No tenían miedo a Dios ni a la fe que –cuando es bien vivida- plenifica la vida de personas y comunidades. Prueba de ello es esta misma fecha, originariamente la fiesta litúrgica del Arcángel San Rafael. Conviene recordarlo: la fiesta de la ciudad es su “fiesta patronal”; es decir, es ante todo fiesta religiosa, que agradece y celebra la Providencia de Dios sobre su pueblo. 

13.  Nos hace bien detenernos a recordar y celebrar; a adorar, agradecer y festejar. La dinámica de trabajo, descanso y fiesta está en la entraña de la condición humana ya que el hombre no es sólo una “máquina de producir”. Por eso da pena que hoy muchos no hayan podido -y otros no hayan querido- detenerse a celebrar esta fiesta.  Más aún, da pena que –empujados por un consumismo enfermizo- hayamos perdido el sentido del domingo, el “Día del Señor”, como día de descanso, de encuentro familiar y de alabanza al Dios vivo. 

14.  Al mismo tiempo la presencia de diversos credos desde los inicios ha marcado el espíritu genuinamente ecuménico de nuestra región, en el que pueden convivir y compartir hombres y mujeres que adoran al único Dios desde la peculiaridad de la propia tradición religiosa. El diálogo, el respeto y la tolerancia a lo diverso han sido vividos de hecho entre nosotros, aún antes de elaboraciones conceptuales. También en la experiencia religiosa nuestra ciudad ha sido precursora... 

15.  Herederos de esta historia nos debemos interrogar sobre nuestra real voluntad de ser continuadores de esta gesta. Los pueblos y sus culturas son realidades vivas, dinámicas, en constante crecimiento o en fatal decadencia. Podemos preguntarnos si aquellas condiciones que se dieron para que pudieran afincarse los pioneros se siguen dando hoy, adaptadas a la nueva situación y respondiendo a las nuevas necesidades.  

16.  La primera condición es la actitud abierta y acogedora hacia quien viene desde afuera a traer su aporte, su riqueza, su talento; actitud abierta que brota de la conciencia de haber recibido un don de Dios que –como todo don divino- debe ser compartido con otros. Actitud abierta que acoge, asimila y purifica lo diverso, pero lo valora como un bien apreciable y necesario para el propio crecimiento. ¿Somos los rafaelinos de hoy tan abiertos y acogedores como lo fueron quienes recibieron a nuestros abuelos? ¿Somos conscientes de que hoy no estaríamos celebrando esta fiesta si hace 125 años la actitud hubiera sido otra con ”los de afuera”? ¿Nos damos cuenta que una comunidad cerrada y excluyente camina irremediablemente hacia su fracaso?

17.  Al espíritu laborioso de quien llega lo deben acompañar políticas de Estado y un marco jurídico, económico, sanitario, educativo, habitacional adecuado. El compromiso emprendedor de los rafaelinos –y de quienes quieran sumarse a nuestra marcha- debe ser acompañado por el esfuerzo convergente del Estado, las organizaciones de la sociedad civil, las diversas confesiones religiosas y otras instituciones privadas, empeñadas todas en la búsqueda del bien común.  ¿Estamos dispuestos a trabajar cada uno desde nuestra propia realidad, aportando mucho o poco –pero siempre lo mejor de nosotros- para esta empresa común que es una ciudad en la que merezca la pena vivir? Una ciudad en la que, junto a los innegables logros económicos, podamos ofrecer vivienda, educación, trabajo, salud -en definitiva, dignidad- para todos sus habitantes. 

18.  La fe de los abuelos –mayoritariamente católicos- no puede quedar en mero recuerdo folklórico, en ritos exteriores o vacíos de contenido. Por ello quienes hoy nos reconocemos hijos de la Iglesia, y seguramente también los demás creyentes, nos sabemos especialmente comprometidos a no desperdiciar los muchos talentos recibidos del Señor y de nuestros mayores. 

19.   Celebramos con gratitud estos 125 años de historia rica y fecunda; reconocemos con humildad que no siempre hemos estado a la altura de la fe profesada y de los dones recibidos y, con mucha confianza, nos disponemos a seguir construyendo juntos una ciudad para todos, una ciudad digna de ser vivida por todos, una ciudad abierta y acogedora para recibir a todos los que –compartiendo nuestros valores- estén dispuestos a sumarse a esta aventura formidable.

 

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