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Homilía Mons. Rubén O. Frassia

4º domingo de Cuaresma

Iglesia Catedral de Avellaneda - Lanús

26 de marzo 2006

 

Queridos hermanos: estamos celebrando la misa del 4º domingo de Cuaresma, llamado también laetare (de alegría) porque vamos tomando mayor conciencia y anticipando la celebración de la Pascua. Y el misterio de la Pascua es el gran amor de Dios que se entregó por nosotros, para que todos nosotros, creyendo en Él, “tengamos vida y vida en abundancia.”

La celebración de un acontecimiento religioso toca siempre lo eterno, lo absoluto, por eso la Pascua significa que Cristo no solamente ha resucitado sino que está vivo y presente en medio de nosotros y que si Él ha resucitado también nosotros tenemos que resucitar.

Jesucristo es la LUZ, para que nosotros no andemos en tinieblas: El es la VERDAD, para que no andemos en la mentira; El es el CAMINO para que no andemos desorientados; por eso hay que mirar siempre a Cristo para no confundirnos, para no equivocarnos, para no desviarnos, para no distraernos.

Y lo que Cristo hace es mostrarnos el amor del Padre, porque no se resigna a que los hombres se pierdan, a que los hombres se condenen, a que los hombres no amen, a que vivan en la violencia, en la injusticia o en el rencor. Cristo da la vida por nosotros y expresa esa entrega diciendo desde la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. No dice: “¡Padre, los odio!”; no dice: “¡Qué injusticia! “, sino que dice “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Y la quintaesencia del Evangelio para nosotros consiste precisamente en levantar nuestra mirada hacia lo alto, hacia donde Él procede, y de donde viene toda verdad, toda gracia, todo amor, toda sabiduría; y nosotros, si queremos vivir en la luz, debemos tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

En los últimos años, como país, hemos vivido y engendrado mucha violencia (tanto de un lado como del otro, aquí no caben las medias verdades). Debemos reconocer que de muchas maneras los hombres en la Argentina nos hemos hecho mucho mal. Y por eso tenemos que decir como cristianos con toda claridad y firmeza: ¡la vida vale, y vale la vida de cada ser humano, sin condiciones y sin exclusiones de ningún género!

La vida de cada ser humano vale y debe ser respetada, reconocida, admirada, cuidada y custodiada. Y cuando se atenta contra la vida, evidentemente se está obrando mal, lejos de la luz, se está obrando en las tinieblas.

Muchas cosas y muy graves han pasado en nuestro país, pero no nos podemos quedar en el pasado, tenemos que tener una perspectiva más profunda, más integra, para comprender lo sucedido en toda su amplitud. Porque es cierto: hay que buscar la verdad; es cierto: hay que buscar la justicia; pero también es cierto que hay que saber perdonar y buscar caminos de reconciliación, porque de otro modo jamás vamos a salir adelante como sociedad.

En este sentido no podemos conformarnos con medias verdades, no podemos reducirnos a una sola campana. Por eso yo creo que Cristo, el Señor, viene a darnos fuerza, para que tengamos el coraje de vivir en la luz, que no es adulterar, no es suavizar, no es barnizar o disimular los acontecimientos por todos conocido; pero que sí es saber que desde Dios, repito, desde Dios, debemos tener una mirada profunda, abarcadora, íntegra y por eso mismo, misericordiosa.

¿Saben por qué? Porque todos somos pecadores, porque todos, si somos reflexivos, tenemos la experiencia de haber obrado mal. Por este motivo, vibremos frente a todo lo que tenga verdad, pero también alejémonos de aquello que carece de la misma.

¡Cuántas veces la adhesión a sistemas e ideologías que no tienen verdad ha llevado a no respetar la vida de los hombres! ¡Cuánta violencia hay también en los sistemas corruptos que acarrean miseria y exclusión!, para los más débiles especialmente. Podemos  pensar, por ejemplo, en los niños, en los ancianos, en los enfermos que carecen de lo más elemental para la existencia.

Toda esta realidad es la que nosotros tenemos que reconocer y sanear desde la verdad y desde el bien.

El mundo en que nos toca vivir está impregnado de una cultura mediática que lleva a todos a uniformar su lenguaje, cuando no sus ideas, para no quedar en evidencia, para eximirse de la responsabilidad y de la coherencia. Y es en este mundo que tenemos que seguir pensando, tenemos que seguir buscando la verdad, independientemente, incluso, de los voceros de la opinión pública. Nosotros tenemos que vivir la verdad profundamente desde nuestra fe y desde nuestra humanidad.

Realmente en esta Pascua que se aproxima, y para la que nos preparamos durante este tiempo penitencial, el Señor viene a darnos su presencia y su amor. Que también nosotros lo sepamos recibir, que lo dejemos entrar a nuestra vida y que lo dejemos también construir entre nosotros caminos de esperanza, de amor y de reconciliación.

Pidamos entonces al Señor en esta Eucaristía por todos los que han muerto víctimas de la violencia; por todos y no sólo por algunos. Porque si somos cristianos de verdad debemos tener, como dijimos, una mirada, una comprensión, y un amor universal, católico, por todos y para todos. Porque Cristo vino por todos y para todos, y la Iglesia, fiel a su misión, va a seguir enseñando que vino por todos y para todos.

Pidámosle esto hoy al Señor. Y que cada uno, esté donde esté, proyecte y obre en la verdad y en el bien. Y cuando uno busca sinceramente la verdad y el bien, pase lo que pase, el Señor está presente y ¿quién nos podrá separar del amor de Jesucristo? ¿Quién nos podrá quitar la dignidad de cristianos? ¿Quién podrá empañar o debilitar la dignidad de lo humano que tiene que estar en cada uno de nosotros?

Le ofrecemos todo esto al Señor con mucho dolor y con mucho respeto, pero también con mucha esperanza, para que también el Señor cure las heridas que deben ser sanadas para animarnos a construir en serio una civilización del amor.

¡Cristo no derramó su sangre en vano! Aprendamos, decidamos y construyamos.

Así sea.

Mons. Rubén O. Frassia

 

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