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Homilía de Monseñor Rubén Oscar Frassia

Fiestas Patronales de Nuestra Señora de la Asunción

Avellaneda, 15 de agosto de 2006

 

Queridos hermanos:

Como obispo de esta Iglesia diocesana quiero agradecer, en nombre de la Virgen, la presencia de todos ustedes, porque es la Virgen quien nos convoca. 

Agradezco al Señor Intendente, al Señor Presidente del Consejo Deliberante, a todas las autoridades, a los sacerdotes, a los religiosos, religiosas, al pueblo fiel de todas las comunidades, parroquias. Agradezco en nombre de la Virgen María, ella es la que nos convoca y nosotros estamos aquí para venerarla y honrar su presencia, darle gracias y pedirle su intercesión. 

Las cosas de Dios son para las cosas de los hombres. Dios ha hecho maravillas en la creación, en su historia, en la historia de Israel. Ha hecho maravillas de distintas maneras. Pero Dios ha hecho una obra ¡extraordinaria!, el fruto máximo, la cumbre máxima del Espíritu Santo: Dios ha elegido a María para que fuera la Madre de Dios. 

Esta elección, esta predilección, otorgándole ese privilegio en su Inmaculada Concepción, ella para ser la Madre de Dios pregunta y acepta y cumple con la voluntad de Dios. María es la “llena del Espíritu Santo”. Ella, criatura como nosotros, con el privilegio único y especial, nos anticipa y nos antecede a todo movimiento. Nosotros sabemos, por fe, que donde está la Madre vamos a estar nosotros, sus hijos. Por gracia. 

La Madre quiere que nosotros, sus hijos, estemos con ella. Para estar con ella allá, acá hay que amasar esta pertenencia, este esfuerzo, este trabajo, esta disciplina, este compromiso. Para estar allá, uno acá se debe jugar. 

Tenemos que darnos cuenta de la presencia de Dios en la Virgen. Ella es la que nos enseña. Nos enseña a escuchar,  a obedecer, a ser fieles, a permanecer, a perseverar. ¡Cuánta enseñanza nos da a cada uno de nosotros! ¡Cuánta enseñanza da a la Iglesia y a la humanidad! 

María, Virgen Madre, Señora nuestra,

Te pedimos que nosotros, tus hijos,

Podamos seguir aprendiendo de Ti.

Que podamos seguir recibiendo gracias.

Que podamos seguir caminando,

Como lo has hecho tú,

Con esa entereza y fidelidad.

 

Yo como Padre, Obispo y Pastor, quiero pedirle a la Virgen por la Iglesia Diocesana. Quiero pedirle por cada uno de los sacerdotes, de los consagrados, de los niños, por los jóvenes, para que escuchen el llamado que Dios les hace. Y tengan una respuesta generosa al Señor a través de la vida sacerdotal y religiosa. Para que estos jóvenes puedan formarse y que puedan formar, también, una excelente familia. Para que nuestra Iglesia esté presente, en este Tercer Milenio, sabiendo caminar ante las dificultades de este mundo pero con fe, con integridad y, sobre todo con esperanza. 

Quiero pedirle a la Virgen fuerza para no decaer; para no cansarnos. Porque el cansancio, muchas veces, puede ser fruto del orgullo. Muchas veces nos cansamos porque no sabemos ponernos como niños en los regazos de nuestra Madre. Porque no sabemos confiarle a María. Porque no ponemos nuestra vida. Y porque no confiamos y no ponemos nuestra vida, nos ahogamos en nuestras mismas cosas. Nos ahogamos, nos cansamos, nos decepcionamos, claudicamos.  

Yo le pido hoy a la Virgen, por cada uno de ustedes. Y también por mí. Para que vivamos, como ella, de la presencia viva del Espíritu Santo. ¡Porque el Espíritu Santo nos lleva a al amor de Dios! ¡A ese amor que es la Luz; que es la fuerza!, y que no puede estar ausente de nuestra vida. 

No nos engañemos: ¡amamos poco!

No nos engañemos: estamos con luces pero también con sombras.

Tenemos brillos pero también somos opacos.

Nos falta transparencia.

Nos falta confianza.

Nos falta serenidad.

Nos faltan entrega y sacrificio.

 

¡Ya lo sé! ¡Hay mucho sacrificio! ¡También sé que hay muchos sufrimientos! ¡También sé y no ignoro lo que ustedes o cada uno de los sacerdotes podemos sufrir! Pero a veces, estos sufrimientos, cuando uno los entrega, se hacen más fácil. La gracia hace más fácil la vida cristiana y la vida de los hombres. 

Le pido a la Virgen que nos ayude a levantarnos, a no tirar la toalla, a seguir confiando. Porque la Madre es madre e insiste, insiste, ¡y no quiere que ninguno de sus hijitos se pueda apartar del seno de la Iglesia! ¡Que ninguno de sus hijitos pueda traicionar a la Iglesia! Que ninguno de sus hijos pueda traicionar a los otros hijos, que son sus hermanos. 

Hoy la fe, la confianza en Dios, ¡cómo nos mueve a saber amar y respetar a cada uno de nuestros hermanos! Que sea alegre decir “Todo hombre es mi hermano”. La Virgen no hizo discursos, tampoco nosotros queremos hacer discursos. 

Estamos reflexionando para comprometernos en serio, porque la Palabra de Dios que es vida y eficaz, entre en nuestro corazón, nuestra alma, nuestro espíritu, nuestra voluntad, nuestros sentimientos, en nuestros sueños, nuestras ilusiones, nuestras proyecciones, para que tengamos la dicha de ser colmados por la presencia del Espíritu de Dios. 

La alegría de la Virgen es indecible. Yo quisiera que nosotros, hoy cuando volvamos a nuestra casa, sintamos el gozo interior ¡de ser cristiano, de ser creyente, de ser católico, de ser hijo de Dios, e hijo de María Virgen! ¡De pertenecer a la Iglesia, al Pueblo santo de Dios! ¡Es un honor, una alegría y una gracia, ser parte del Pueblo de Dios! 

La Virgen tiene que ayudarnos a descubrir y a vivir, de una manera convencida, nuestra vida cristiana. Ella nos da fuerzas para levantarnos, para que el mal, el pecado, la mentira, la injusticia y el desamor, no tengan cabida en nosotros.

¡La Virgen, que está presente, nos defiende como Madre!

¡Nos defiende con uñas y dientes, para que nosotros seamos fieles hijos de Dios e hijos de la Iglesia! ¡Qué consuelo nos da la presencia maternal de María en nuestra vida cristiana! 

Quiero pedirle a la Virgen que demos razones de nuestra fe. Que nos preparemos todos, como toda la Iglesia en América Latina y el Caribe, para que el continente latinoamericano se ponga de pie y tomemos conciencia de nuestra identidad, de nuestra pertenencia a la Iglesia Católica. Para que seamos “Discípulos y Misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en El tengan vida”.

¡Nuestro cristianismo no es un barniz, no es un adorno!  

Es algo que debe comprometer nuestra vida.

¡Cosa seria es ser creyente!

¡Cosa seria es ser cristiano!

¡Cosa seria es ser hombre!

¡Cosa seria es ser mujer!

¡Cosa seria es ser sacerdote!

¡Cosa seria es ser religiosa!

¡Cosa seria es ser Obispo!

 Cada uno de nosotros tiene que tomar conciencia de lo que Dios nos llama. Dar testimonio de El. La Virgen nos ayuda, nos acompaña, nos consuela las heridas, fortalece nuestras fragilidades y debilidades.

Le pido hoy a la Madre de Dios, nuestra Madre -que Dios nos la diera para ser nuestra madre- por la fidelidad de cada uno de ustedes. Por el amor de Dios de cada uno de ustedes. Por el testimonio de cristianos de cada uno de ustedes. Que ninguno, ni yo mismo, pongamos la excusa de decir “no puedo” o “es tarde” o “es imposible”, porque la Virgen hace posible lo que para nosotros puede resultar imposible.

Nuestra Señora de la Asunción,

Tú que te has adelantado en cuerpo y alma al cielo

Por los méritos que Dios te dio, en tu Inmaculada Concepción,

Seguiste a tu Hijo en la resurrección,

El ascendió y Tú fuiste asumida,

Te pedimos Madre, que nos ayudes a caminar en este mundo,

En nuestra diócesis,

Dando señales vivas y elocuentes de tu presencia.

 

Que así sea.

 

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