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Reflexión dominical de monseñor Rubén Oscar Frassia,
obispo de Avellaneda-Lanús

para el programa radial "Compartiendo el Evangelio" 

- 12 de noviembre de 2006 -
 

 

Nadie está eximido de tener caridad
 

 

Evangelio de San Marcos 12, 38-44

 

Hoy es la Jornada Nacional del Enfermo. Rezamos especialmente por la salud, por los enfermos, por sus parientes, por los que atienden a los enfermos, los médicos, las enfermeras, los enfermeros, las voluntarias, el personal de limpieza; por todo aquel que se dedica de alguna manera a aliviar, acompañar, cuidar y consolar al enfermo.

También rezamos especialmente por las abuelas, ya que es su día.

 

Evangelio: La ofrenda de la viuda

¡Qué sabiduría! ¡Qué ejemplos tiene el Señor! ¡Qué cosa extraordinaria!

¡Cómo distingue, cómo relaciona y cómo ubica las actitudes de las personas! Aquí está el tema de los ricos y los pobres; de los escribas y fariseos; y de la viuda: una cosa y la otra. Y el acento no está en lo material sino en la intención por la cual uno hace la ofrenda.

En primer lugar, yo quiero decir que todos tenemos, aún desde nuestra pobreza, algo que ofrecer, algo que entregar. Ninguno, por más pobre que sea, está eximido de tener caridad y de hacer obras de misericordia: obras o limosnas.

Con la oración, con la súplica, uno siempre puede hacer algo por el otro. Algo por los demás. Es importante darnos cuenta que el acento no está en lo que uno entrega. El acento está en la motivación que uno tiene.

No nos equivocamos al afirmar que el AMOR es la fuerza de la limosna, y no la limosna la fuerza del amor. Lo que importa es el amor: con qué intención uno hace las cosas; con qué motivación; cuál es el sentido; cuál es su actitud; por qué lo hace.

Una característica propia de esta viuda del Evangelio, es hacerlo en silencio. Es dar lo que ella necesita, no lo que le sobra. Da desde su necesidad, no de aquello que le sobra. Lo hace en silencio, rezando, con humildad y con amor.

Elementos muy importantes: de su necesidad, de su silencio, no lo pregona, no se pavonea, no hace alarde, “no sale en la foto”, reza con humildad, lo hace para mitigar el dolor del otro, para hacer un bien al otro no para complacerse a sí misma. ¡Y tiene amor! Esta es su motivación que une lo que hace, la ofrenda, al amor. Por eso esta ofrenda es tan importante y tan significativa.

En cambio está el otro: el que se pavonea, el que tiene vanidad, el que se queda en juicios humanos para que lo vean, para que sea considerado como importante, para que tenga poder o cierta relevancia en la sociedad. La verdad es que hace bien, pero NO SE HACE BIEN. Porque está dividido interiormente. Porque impide la capacidad de hacer algo interior, algo que está unido al propio Amor de Dios. No está concentrado, está dividido pues tiene otra intención.

Vamos a pedirle al Señor que nos haga dar cuenta que tenemos que acostumbrarnos A DARNOS Y NO SÓLO A DAR. A llamar las cosas por su nombre y a darnos con amor, con convicción. A entregarnos y a entregar, sabiendo que uno lo frece en la oración, en lo secreto, en el silencio y con amor.

Todo lo que así hacemos; en nuestro apostolado, en nuestra tarea apostólica, en nuestra tarea misionera, en el servicio que hacemos a Dios, a la Iglesia y a los hombres, a los fieles, a los pobres: todo tiene que estar en una clave de entrega, de silencio y de humildad.

¿Los demás lo hacen? Tendrán su paga.

¿Qué paga tú quieres? ¡Hazlo con humildad y harás una obra estupenda y maravillosa. Porque Dios, que ve en lo secreto, te lo va a premiar.

Le dejo mi bendición.


Mons. Rubén Oscar Frassia

Obispo de Avellaneda-Lanús

 

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