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Homilía 21-V- 06

 PASCUA Y  EL MUNDO NUEVO

 

La festividad de Pascua ha diluido -de hecho- la vivencia pascual en el mundo cristiano. Se ha  caído en lo que tanto temía para sus monjes S. Bernardo cuando les advertía “que las ceremonias  no apaguen la oración”. Las solemnidades de Semana Santa, aún para los que asisten, han ocultado la razón de ser de esas mismas ceremonias y la proyección pascual a la más plena y fecunda vida humana cotidiana...

            Una auténtica renovación de la vida cristiana, una real y profunda puesta al día de la actividad de la Iglesia, una urgente y necesaria nueva evangelización del mundo actual, requieren una reflexión, una meditación, una contemplación del misterio pascual. Y no simplemente en una fecha anual, sino como fuente y cumbre del vivir cristiano. El tema de la muerte y resurrección de Jesús no es un tema más entre otros que hay que conocer como si la vida cristiana fuera un cúmulo determinado de normas de bien vivir. Una teoría más…una sabiduría de existencia humana y humanizante. No. La historia de Jesús no finaliza con su muerte por heroica que hubiere sido. La muerte humana ciertamente de Jesús es única y original como único y original es el hombre histórico Jesús de Nazaret. Por eso, sin haber leído la vida de Jesús es imposible leer su muerte, y sin ésta, es imposible leer su Resurrección. Es una muerte que finaliza en la resurrección de tal suerte que la predicación de los orígenes cristianos renuncia a una biografía de Jesús para limitarse a anunciar exclusivamente su muerte y resurrección cómo única realidad salvífica. La Resurrección es lo definitivo sobre la vida y lucha y pretensión de Jesús. Es la realización de la utopía que Jesús proclamaba, es la realización del Reino que él anunciaba. “Es el SÍ que Dios da a la pretensión de Jesús  desautorizando el NO de sus representantes oficiales y convirtiendo a Jesús… en el Adán definitivo” [1]

            Supongamos que nuestras informaciones sobre Jesús terminaran con la noticia de su muerte y que nunca hubiera resonado en la tierra el anuncio de  su Resurrección. En tal caso  lo estaríamos recordando como uno de los más grandes Maestros de la humanidad y para muchos críticos de la Historia de la humanidad y con sobrada razón, decididamente el más grande. Lo recordaríamos, en tal caso, como hoy  recordamos a Sócrates, Confucio o Buda. Sería uno de los  “hombres normativos”[2] y nada más…

Ciertamente se seguirían citando frases notables del Evangelio; de modo particular se releerían como modelo literario y enseñanza moral las Parábolas de su predicación. Pero su muerte infamante daría cabida a seguir proyectando la sospecha al menos de una justa condenación o el fracaso de sus utópicas enseñanzas y discutibles actitudes. Y con razón porque la muerte histórica de Jesús de Nazaret fue un fracaso de su vida y la desautorización de sus pretensiones. Pero aconteció la Resurrección. Hecho inaudito y definitivo. Más aún, para la revelación cristiana en sus orígenes, es el único hecho del que había que dar testimonio a tal punto que si Jesús no resucitó vana es nuestra fe y los seguidores de Jesús de Nazaret seríamos los más despreciables de los hombres, llega a sentenciar S. Pablo porque viviríamos en una autoestafa con la vida (1Cor 15,12-17).

            La Resurrección no es el caso de un redivivo, es decir que ha vuelto a la vida que tenía antes del hecho de su muerte. Por la Resurrección, Jesús de Nazaret ha entrado en otra dimensión que no es la de este tiempo y este espacio. Es un acto tan exclusivamente divino como la creación. Dios lo resucitó (Rom 4,14 y 23)  y comienza a recrearse el mundo, la humanidad nueva. El mundo nuevo no es simple anhelo de una urgencia que expresa el slogan “un mundo nuevo es posible”. Es realidad existencial ya en Jesús Resucitado y en tanto por la Fe lo aceptemos está a nuestro alcance en germen activo, brindándonos capacidad para construir el mundo de verdad en justicia y amor en nuestro cotidiano existir. Porque no es un mero ferviente recuerdo. Es el Viviente (Apc.22,13) que  se autodefinió  el “Camino de la Verdad y la Vida” ( Jn.14.6)
 

 Miguel Esteban Hesayne
                                                                                                          Obispo


 

[1] La Humanidad Nueva pag.137 J.I.González Faus

[2]  Según expresión de K.Jaspers

 

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