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Homilía de Mons. Miguel Esteban Hesayne,
Obispo Emérito de Viedma

- Domingo 03.09.06 - 

 

EN EL CENTRO DE TODO ESTÁ LA VIDA

 

 

El centro mismo del hecho cristiano es la vida. Una vida que esperamos tendrá su consumación definitiva en la existencia ilimitada, más allá de la muerte, en la plenitud de Dios. Pero, muchas veces, en la enseñanza y en consecuencia en la práctica cristiana, se ha pervertido radicalmente una de las enseñanzas básicas de Jesús en su Evangelio.

            El apóstol Juan en forma admirable plantea el tema de la vida en estos términos:

“Miren que magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios y además lo somos” (1 Jn.3, 1) Pero, se apresura a añadir “quede claro quiénes son hijos de Dios... quien no practica la justicia o sea, quien no ama a su hermano, no es hijo de Dios (Jn. 3,10). Es decir la vida propia de los hijos de Dios  empieza por la práctica de la justicia con los demás  motivada por el amor a Dios.- Lo cual quiere decir que lo primero, en la vida de los hijos de Dios, es esta vida, es la de esta historia terrenal.

            El cristiano en la medida de su Fe en Jesús y su Evangelio es el que sabe que su vida concreta tiene una dimensión divina tan profunda como los seres humanos la tenemos  del papá y mamá de cada uno. El cristiano sabe que participa de la misma vida de Dios y desde ya, en esta existencia. Su existir cotidiano, con todo lo que supone para cada persona, es participación de Vida Divina.- La primera consecuencia de este hecho cristiano, es que lo primero  es la vida. Después de la vida, está la religión. Esto quiere decir que para quien tiene Fe en Jesús y su Evangelio, la religión vale y resulta aceptable en tanto en cuanto sirve para defender la vida, potenciar la vida,  dignificar la vida. La originalidad de la religión cristiana está en que se funde con la vida misma, es decir, la religión cristiana toma su consistencia en la vida misma.-

No me extrañaría que algunas personas, ante lo que acabo de escribir, se sientan sorprendidas y quizá algunas escandalizadas. Por eso,  recurro a la enseñanza de S. Pablo a los cristianos de su tiempo, respecto precisamente a la relación “vida” y “religión” en Fe Cristiana: “Por ese cariño de Dios, los exhorto, hermanos, -les escribe el Apóstol a los cristianos de Roma, a que ofrezcan su propia existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como su culto auténtico; y no se amolden a este mundo, sino vayan transformándose con la nueva mentalidad, para ser, ustedes, capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, conveniente y acabado”(Rom.12,1-2)

            No se trata de negar o suprimir los actos religiosos (oración, celebraciones sacramentales). Veremos, oportunamente, que son válidos y necesarios en tanto en cuanto  fortalecen  la vida y la vida cristiana.  

Por esto mismo, Santiago Apóstol hace consistir la religión en la vida misma, concretamente en la vida solidaria con quienes, en su época, llevaban la vida más sufriente. Denuncia una religión al margen de la vida: “Quien se tenga por religioso porque no escatima palabras, pero engañándose él mismo, la religión de ése está vacía. Religión pura y sin mancha a los ojos de Dios Padre es ésta: mirar por los huérfanos y las viudas en sus apuros y no dejarse contaminar por el mundo” (Santiago 1,27)

A la luz de la revelación bíblica, es de una claridad meridiana la relación fundamental entre Fe Cristiana y la vida de hombres y mujeres de todo el mundo. Salta a la vista que  la religión que nace de la Fe Cristiana afronta la vida en general, pero de modo preferencial la de pobres. La Comunidad Cristiana  ¿puede celebrar o participar de la Misa -definida como “fuente y cumbre de la vida cristiana”- sin denunciar el aborto que mata, la droga que mata, la injusticia social que mata por hambre, desnudez, falta de higiene y techo digno, enfermedades sin atención elemental? ¿Se puede siquiera pensar en ser cristiano piadoso y no preocuparse por las necesidades espirituales y materiales de gente de su propio barrio, pueblo o ciudad? Si alguien piensa así, nada ha entendido de lo que debe ser la Iglesia del Dios de Jesucristo. (Cfr: Hechos 2,42-47).

 

Miguel Esteban Hesayne - Obispo

 

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