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San José de Gualeguaychú, 25 de mayo de 2006

 

Predicación para el Tedéum

 “Vengan a mí”

 

¡¡Feliz día de la Patria!!.

Así nos saludamos en esta fecha que nos vincula con nuestros orígenes. Nos remitimos a un acontecimiento que duró más de un día. Tuvo un tiempo previo en que fue como incubándose lentamente, y también un desarrollo posterior que afianzaría lo obtenido.

            Aquel acontecimiento tampoco lo podemos encerrar en límites geográficos reducidos. El “espíritu de Mayo” se fue expandiendo a toda la Región.

            Tampoco era uniforme el modo de ponderar lo que sucedía. Hubo quienes veían la conquista de una libertad para los negocios, o la ocasión de alguna ventaja personal y egoísta. Otros soñaron con ideales que habían anidado en sus corazones y se animaron a querer construir patria.

            No faltaban oportunistas que hablaban de libertad porque quedaba bien y había que acomodarse. También estaban quienes no alcanzaban a imaginar cómo acabarían concretándose aquellos ideales, pero sabían que valía la pena buscar algo nuevo.

            Hoy damos gracias a Dios con alegría por aquel 25 de Mayo de 1810 y por todos los hombres y mujeres que en adelante, con esfuerzo y entrega afianzaron esos ideales y se abrieron a otros nuevos. Con dolor también reconocemos en nuestra historia el ánimo contrarrevolucionario, anarquista o totalitario, que siempre perjudicó a los más débiles.

            Los principios de libertad, igualdad y fraternidad impulsados por la Revolución Francesa estaban en el pensamiento de algunos de los hombres de Mayo. Hoy esos principios parecen lejanos.

            Miremos nuestro propio país. Hay ciudadanos de primera, de segunda y excluidos. Podemos afirmar que ¿somos todos iguales ante la ley?. ¿Somos todos iguales frente al futuro?. ¿Da lo mismo nacer, estudiar, trabajar, enfermarse, vivir o morir en cualquiera de nuestras provincias?.

            El Papa Benedicto decía en estos días que «La democracia sólo alcanza su plena realización cuando cada persona y cada pueblo es capaz de acceder a los bienes primarios (vida, comida, agua, salud, educación, trabajo, certeza de los derechos) a través de un ordenamiento de las relaciones internas e internacionales que asegure a cada quien la posibilidad de participar. Y sólo puede haber auténtica justicia social en una perspectiva de genuina solidaridad, que comprometa a vivir y a trabajar siempre los unos por los otros, y nunca los unos contra o en perjuicio de los otros».

            Sin equidad no hay Patria de hermanos ni Patria Grande.

            La inequidad y la exclusión dañan seriamente el tejido social. Es tiempo de fortalecer  ese tejido: los vínculos, los lazos que nos unen como Nación.

            Para decir si una familia grande es unida o no, miramos cómo en ella son tratados los niños, los ancianos, los enfermos, los más desprotegidos o sufrientes. La calidad y calidez del trato nos muestra la calidad y calidez de los vínculos. Lo mismo sucede con la Patria. Nos podemos preguntar: ¿cómo son tratados los niños, los ancianos, los enfermos, los más desprotegidos o sufrientes?.

            El tejido social se fortalece desde abajo, desde lo más cercano: la familia, la escuela, el taller, la oficina, el cuartel, el barrio, los vecinos, el poder judicial, el legislativo, el municipio, la parroquia, el club, los compañeros de trabajo, las diversas asociaciones.

            Por eso el Papa completaba su reflexión acerca de la democracia diciendo: «El otro elemento necesario para una democracia, son instituciones apropiadas, creíbles y autorizadas, que no estén orientadas a la mera gestión del poder público, sino que sean capaces de promover niveles articulados de participación popular, en el respeto de las tradiciones de cada nación, y con la constante preocupación de custodiar su identidad».

Hay algo muy importante: no nacimos aislados. El espíritu libertario se extendió por toda la Región. Se sabía que ser patriota era y es ser Americano. Los países de América Latina somos solidarios en el origen; también en el destino. No entenderlo es no entendernos, no asumir nuestra identidad común.

            La integración de todos los países de la Región no alcanza sustento suficiente en la búsqueda y obtención de beneficios económicos o comerciales. Si sólo eso nos moviera no pasaríamos de ser “socios por conveniencia”, habiendo renunciado a nuestro origen y vocación de fraternidad.

            También hoy, como en las primeras décadas del siglo XIX hay quienes se mueven sólo por el beneficio económico propio. De nuestros países sólo les importa extraer toda riqueza posible sin tener en cuenta cómo quede el suelo, el aire o el agua.

            Vale la pena entonces preguntarnos: ¿La relación que en las últimas décadas ha habido entre los países de la Región es de países hermanos o de socios?. ¿Hay equidad e igualdad en el trato?. ¿Se respeta la situación de cada uno?.

            Debemos cuidarnos de la chatura y la mediocridad de intereses mezquinos. ¿A quién beneficia la falta de diálogo entre los países?. ¿Qué intereses se fortalecen?. ¿Quiénes se perjudican?.

            Sin una comunidad latinoamericana de naciones, ninguna nación americana será plenamente libre, ni su desarrollo equitativo e integral.

El 25 de mayo es una fecha que nos vincula con nuestros orígenes, que nos recuerda quiénes somos. Pero también nos invita a pensar una vez más nuestro futuro, aquel horizonte que nos sigue generando sueños y esperanzas.

Aquellos patriotas libertarios de ayer se ven resignificados en cada americano solidario de hoy. Reconociendo nuestra vocación fraterna, bajo el mismo cielo azul que ante nuestro Padre Bueno nos iguala cada día, intentemos avanzar en la historia con el ideal intacto de construir la Patria Grande en esta tierra. Amén.
 

+ Jorge Eduardo Lozano

Obispo de Gualeguaychú

 

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