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Homilía de monseñor Eduardo E. Martín
en la toma de posesión de la
diócesis de Villa de la Concepción del Río Cuarto

 - 28 de mayo, domingo de la Ascensión del Señor -

 

Queridos hermanos y hermanas:

En el día en que celebramos la Ascensión del Señor a los cielos, comenzamos, en esta Iglesia de la Villa de la Concepción del Río IV, una nueva etapa.  En esta iglesia que se enraíza en el tiempo en los años de la colonia española, y que se constituye como Iglesia particular en el año 1934, teniendo así ya más de 70 años de historia recorrida con cuatro obispos, comenzamos, como dije, una nueva etapa, que se inscribe en una rica historia de vida eclesial. Desde esa raíz queremos hoy continuar navegando mar adentro, a cumplir el cometido que el Señor nos dejó.

Un nuevo Obispo toma posesión de la diócesis para ser, de ahora en más, Padre y Pastor. Estoy muy contento de estar entre ustedes, pues vengo como enviado, no por mi cuenta, y eso es fuente de alegría, pues se que estoy cumpliendo la voluntad de Dios.

Sé que han estado esperando con mucha expectativa este día, pero sobre todo sé que lo han estado preparando con gran espíritu de oración. Desde que el querido Mons. Artemio presentó el año pasado su renuncia a esta sede, toda la diócesis ha estado en oración pidiendo por el que sería el nuevo Obispo.  Cuando se supo la noticia, desde ese momento con nombre propio no han dejado de orar por mí. El espíritu de oración revela la mayor riqueza, la afectividad más intensa, el realismo más vibrante y dramático, una libertad que sabe que  ésta es su gran capacidad: pedir al Señor. ¡Gracias!

Quisiera compartir ahora con ustedes unas reflexiones que nos sirvan de estímulo y orientación en esta nueva etapa que iniciamos.

 

1. En primer lugar es hacernos una pregunta: ¿Quiénes somos? ¿Quién soy? Es vital para todo camino la claridad y la firmeza (que no hay que confundir con rigidez) sobre la propia identidad. Esto determinará el caminar hacia delante. No hay peor cosa que la ignorancia y la duda sobre el propio ser, de ellos sólo se deriva el error y la parálisis.

Por eso queridos hermanos lo primero no es saber tanto lo que tenemos que hacer sino saber quienes somos, y de ahí saber cual es nuestro lugar. Hoy, como siempre, se plantean tiempos difíciles para la Iglesia, un clima adverso reflejado en  una mentalidad dominante a escala mundial de carácter neopagana.

Pero todo esto no es el verdadero problema, pues la Iglesia siempre peregrinará entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios.

Lo decisivo frente a todo esto es saber quienes somos y para qué estamos en la vida, cuál es el significado. Quienes somos los cristianos y cual es el puesto que se nos ha asignado en el drama de la existencia.

La respuesta de la fe brota de nuestra inteligencia y de nuestro corazón y se expresa en los labios: Somos aquello que hemos encontrado a Jesucristo, y por medio de él hechos hijos de Dios en el bautismo, y por tanto herederos de la gloria. Somos la raza de los hijos de Dios, una raza “sui generis”, al decir de Pablo VI, formada por temperamentos y caracteres diversos, por gentes venidas de los más diversos lugares y situaciones. Nos define esta realidad: somos, en Cristo, nuevas criaturas y llevamos a todos la salvación del mundo.

No nos define la pertenencia a una clase social, no nos define una calidad intelectual, no nos define un status económico, no nos define la calidad de ciudadanos, no nos define una coherencia ética, pues somos pecadores. Sí nos define nuestra pertenencia Cristo. El es el Señor, él es Nuestro Señor, por él y para él vale la pena la vida: nacer, crecer, amar, sufrir, trabajar, casarse, engendrar los hijos, luchar por construir la patria, y también morir, pues su gracia vale más que la vida.

Nuestra dignidad  no reside en ser sanos, sin defectos, en  estar estéticamente a la moda, en ser eficientes, etc. Nuestra dignidad reside en ser Hijos de Dios, y  formar así, como natural consecuencia, un pueblo de hombres libres, no esclavos de los poderes de este mundo, sino esclavos de Dios, y por eso, libres.

Y, ¿qué ha hecho en nosotros el encuentro con Cristo? El encuentro con El ha despertado nuestra humanidad. En efecto, Cristo es la respuesta a las exigencias constitutivas del corazón humano; a la sed de verdad, de justicia, de amor, de belleza, en una palabra, de felicidad que constituye la estructura inalterable del corazón humano.

Por eso, hagamos nuestra la súplica de San Pablo en la segunda lectura: “Que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la Gloria, nos conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que nos permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine nuestros corazones, para que podamos valorar la esperanza a la que hemos sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que El obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza”. Pidamos, pues, al Señor  saber valorar lo que somos, y la esperanza a la que hemos sido llamados.

Entonces: la primera cuestión a tener en claro, la primera profundización que hemos de hacer es crecer en la autoconciencia cristiana.

¡Qué distinto es, queridos hermanos, que nos presentemos ante el mundo llenos de esta esperanza de la gloria, conscientes de que obra en nosotros el Señor lo que con nuestras propias fuerzas jamás podríamos hacer, a que lo hagamos fiados en nuestras capacidades, ó sin esta claridad y firmeza que nos da la fe.

Esta tarea es una tarea constante, siempre renovada en nuestras vidas. Es  una invitación a un camino permanente de conversión,  de escucha y docilidad al Espíritu que es el que nos lleva a la verdad plena y habla en la Iglesia, pues siempre estaremos necesitados de volver a esclarecer quienes somos.

 

2. En segundo lugar es clarificar nuestra misión, la mía y la de ustedes, la nuestra. Nos lo dice el Evangelio de la Ascensión, y el libro de los hechos de los Apóstoles: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará. El que no crea se condenará”.

Sí, queridos hermanos, hemos sido elegidos por el Señor, sus predilectos, y constituidos como raza elegida, nación santa, para anunciar las maravillas de Aquel que nos hizo pasar de las tinieblas al  reino de su luz admirable.

La primera y esencial  tarea de los cristianos es hacer presente a Cristo en cualquier ámbito, en cualquier ambiente, en cualquier realidad humana. Esta es nuestra responsabilidad que debemos asumir, que nos ha tocado en virtud de la gracia que hemos recibido y que nadie puede delegar, pues tenemos una común dignidad que no consiste en lo que hacemos, en el trabajo que realizamos, en la profesión que ejercemos, sino en esta gran “representación” del misterio de Cristo al que hemos sido llamados (cf. Giussani, Luigi. Huellas Marzo 2006). Dios nos ha elegido para que impregnemos todo de Cristo.

El primer modo de hacer presente a Cristo es a través de la conciencia que cada uno tiene de sí mismo determinada por la memoria de Cristo mismo. Un hombre penetrado por la presencia de Cristo que actualiza por la memoria (oración y sacramentos) donde va, donde actúa, lo hace presente.

Pero este hombre, en su autoconciencia no se percibe como un individuo aislado, si está solo, lo está consciente de ser miembro de la gran Compañía cristiana, de ser  miembro de la Iglesia.

Por eso el segundo modo, y más decisivo es hacer presente a Cristo a través del milagro de la unidad, del milagro de la comunión cristiana. La tarea, pues es construir señales visibles de la presencia de Cristo. Este es el método de Dios, manifestarse por lo visible, lo sensible, por medio de la unidad visible de los cristianos, por medio de la Iglesia.

La condición de credibilidad, nos dice el Evangelio de San Juan es la unidad.

Es necesario que los hombres de nuestro tiempo nos distingan, como sucedía con aquella primera comunidad cristiana de Jerusalén que eran, en primer lugar, reconocidos por el lugar físico en que se reunían: “Todos se reunían con un mismo espíritu bajo el pórtico de Salomón.” (Hech 5,12). Constituían así una comunidad visible, identificable sociológicamente. Se los podía encontrar, chocarse con ellos. Pero esta comunidad había sido invadida por la fuerza que viene de lo alto, el Espíritu Santo, que les había hecho conocer y poseer verdaderamente a Cristo, los había hecho capaces del testimonio y la misión, y como consecuencia vivir la comunión, como nuevo estilo de vida.

No es una genialidad lo que cambia al mundo, no es una coherencia ética, sino la unidad visible de los cristianos en todo ambiente y en toda realidad humana.

Es sólo la Presencia de Cristo manifestada  y comunicada a través de la unidad de los que creen en él lo que puede liberar al hombre del poder dominante (cualquier clase de poder) que no se percibe como servicio sino como dominio, y del ateísmo práctico que hace al hombre esclavo de ese poder y lo encierra en una soledad espantosa, fruto de la reducción de la vida a hedonismo y a mera satisfacción individual.

 

3. En tercer lugar la caridad. La gran presencia de Cristo entre nosotros,  el hecho de poseer en común la razón última de la vida, nos hace tender a la  comunión, a vivir un estilo nuevo de vida que es respuesta a ese amor primero e incondicional de Dios por nosotros, manifestado en el envío de su Hijo como víctima propiciatoria para el perdón de nuestros pecados. El Papa Benedicto XVI nos ha sorprendido con este extraordinaria encíclica “Deus caritas est” cuya intención es suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino. Y siguiendo al gran Juan Pablo II  estamos llamados a poner un gran empeño programático en la comunión (koinonía), que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. (NMI 42).

El anuncio del Evangelio se da según la totalidad de sus factores si se manifiesta también mediante las obras de caridad que corroboren  la  caridad de las palabras. (NMI 50).

Queridos hermanos, sin la caridad todo es vacío y hueco. Ella es el distintivo de los cristianos.  Esta es la tarea de cada fiel de cada comunidad eclesial, de cada iglesia particular. También de la nuestra.

 

4. La misión del Pastor es servicio, entrega. Quiero estar en medio de ustedes  como el signo e instrumento de unidad del Pueblo de Dios, con  toda mi humanidad.  Vengo por tanto con este bagaje de experiencia humana y cristiana a estar entre ustedes como pastor. Con mis límites e imperfecciones. Pero he aquí lo grandioso que Dios quiere comunicarse por medio de lo humano, no a pesar de lo humano.  Y como nada ocurre sin el permiso del Padre celestial, es que vengo con  una historia particular, signada, entre otras cosas por  haber nacido en las tierras Venadenses, en el seno de una familia creyente, primer lugar del encuentro con Cristo en mi vida, pasando por el Colegio de los hermanos y el seminario como lugares que marcaron la misma, y finalmente con el encuentro con el carisma del Padre Giussani, fundador del Movimiento Comunión y Liberación, y que ha sido y es  el encuentro que me dio el asombro y el estupor ante el anuncio de que Dios se hizo hombre, como experiencia que exalta la vida.

Es, pues, con esta fisonomía, con este rostro que el Señor ha ido delineando  desde que me llamó a la existencia que vengo a ustedes a servirlos, y  así también ustedes con el rostro que el Señor les ha ido delineando, en la belleza de la pluriformidad de carismas que adornan esta Iglesia,  me han de comunicar su experiencia de Cristo. Nos enriqueceremos mutuamente, para la gloria de Dios y bien de los hombres.

 

5. Agradezco aquí la presencia de los señores Obispos, que han querido compartir este acontecimiento como signo de Colegialidad y fraternidad episcopal. Especialmente  al Sr. Arzobispo Metropolitano de Córdoba, Mons. Carlos Ñañez y de los demás obispos de la región.

 

6. Saludo y agradezco la presencia del Sr. Gobernador de la Provincia. Dr. José Manuel de la Sota, del Sr. Intendente de Río IV Cdor. Benigno Antonio Rins, de los demás intendentes de la región, de las autoridades  legislativas, judiciales y de las fuerzas armadas y de seguridad. Ruego al Señor  los asista en la ardua tarea de gestionar el bien común de la sociedad.

 

7. Me dirijo ahora a ustedes, mis queridos sacerdotes, los fieles más cercanos al Obispo, los más estrechos colaboradores. Quiero estar muy unido a ustedes para que dentro del Pueblo de Dios seamos los primeros que hagamos presente a Cristo por el ministerio y la unidad entre nosotros. A ustedes, queridos seminaristas mí más afectuoso abrazo, ustedes, que son la esperanza de la diócesis, cuenten con mi cercanía paternal y fraterna.

Alos diáconos permanentes, servidores por definición, gracias por vuestra entrega.

A ustedes los religiosos, religiosas, y demás consagrados, que ocupan un lugar de honor en la vida de la Iglesia, los saludo con profunda estima, y los animo a seguir siendo los  alegres testigos  de Cristo pobre, casto y obediente.

A ustedes queridísimos fieles laicos, inmensa mayoría del pueblo de Dios, los saludo y abrazo con profunda estima en el Señor, a todos y cada uno,  y en sus diversas asociaciones y movimientos. Los animo a vivir gozosamente la fe dentro de las realidades cotidianas. De un modo particular a las familias y a los jóvenes

Quiero dirigirme ahora a los pobres, a los que no tiene casa, a los enfermos, a los presos, a todos los que sufren: les expreso mi cercanía y mi afecto paternal. También a aquellos que se han alejado de la fe o han estado siempre lejos de la Iglesia, A todos quiero decirles que ocupan un lugar muy especial en el corazón de este pastor.

Hermanos y hermanas, ponemos bajo el amparo y la intercesión de la Santísima Virgen María, la Inmaculada Concepción, nuestra Madre y Patrona esta nueva etapa de Iglesia que hoy comenzamos. Imploremos para que por su intercesión el Padre y el Hijo derramen abundantemente el don del Espíritu, de modo que así como fecundó el seno purísimo de María, fecunde hoy nuestra Iglesia de la Villa de la Concepción del Río IV.

Veni Sancte Spiritus veni per Mariam
 

 

Mons. Eduardo E. Martín
 Obispo de Villa de la Concepción del Río Cuarto

 

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