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Carta del Obispo de Posadas
6to. domingo del año – 12.02.06

En este inicio de siglo no dudamos en afirmar que somos protagonistas de profundas transformaciones de todo tipo. A veces quedamos perplejos ante el rapidísimo avance tecnológico, bio-genético, informático... todo esto tiene una estrecha relación con ámbitos fundamentales para la existencia humana, como la ética, la economía o la misma cuestión social.

Ante esta realidad tan dinámica, los cristianos necesitamos profundizar y formarnos en la fe en la que creemos. Esto nos permite madurar nuestra identidad cristiana, para que en medio de las luces y sombras de nuestro tiempo, podamos ser constructores de los valores que profesamos. Servirá para nuestra reflexión la lectura de una parte del texto “Jesucristo, Señor de la Historia”, documento escrito por los obispos argentinos con motivo del año jubilar. En el mismo hay una referencia explícita a afirmar nuestra identidad en una época de cambios, que tiende a globalizar muchos antivalores y que requiere de los cristianos una formación más consistente para dialogar con situaciones complejas y diversas: “El comienzo de siglo encuentra a la humanidad en un momento muy significativo. Algunas décadas atrás la Iglesia hablaba del amanecer de una época de la historia humana caracterizada, sobre todo, por profundas transformaciones. Pero ese amanecer no ha concluido. Más aún, aquellas situaciones nuevas se han vuelto más complejas todavía. Por eso podemos percibir que es lo que termina, pero no descubrimos con la misma claridad aquello que está avanzando. Frente a esta novedad se entrecruzan la perplejidad y la fascinación, la desorientación y el deseo de futuro. En este contexto se plantea, a veces de un modo oculto y desordenado, preguntas urgentes: ¿quién soy en realidad? ¿cuál es nuestro origen y cual nuestro destino? ¿qué sentido tiene el esfuerzo y el trabajo, el dolor y el fracaso, el mal y la muerte? Tenemos necesidad de volver sobre estos interrogantes fundamentales. En una época de profundas transformaciones, la cuestión de la identidad aparece como uno de los grandes desafíos. Y esta problemática afecta de modo decisivo al crecimiento, a la maduración y a la felicidad de todos. En este marco, queremos anunciar lo que creemos, porque el Evangelio es una luz para planteos que nos inquietan” (3).

En el centro de nuestra identidad como cristianos, está la persona de Jesucristo, Dios hecho hombre. Durante el año pasado en el camino preparatorio para nuestro Sínodo, tomamos como tema la conversión a la persona de Jesucristo. Es Él, quien con sus gestos y palabras nos enseña a ser sus discípulos. El Evangelio de este domingo nos pone ante el “centro” de la vida cristiana, al proponernos el encuentro del Señor con el leproso. Durante miles de años los leprosos no tenían cura y eran totalmente marginados de la sociedad. Este hombre logra conmover al Señor: “Si quieres puedes purificarme... Jesús conmovido extendió su mano y lo tocó diciendo: lo quiero, queda purificado” (Mc. 1,40-45).

Nuestra identidad como cristianos se desdibuja si no abrimos nuestro corazón a sus enseñanzas. Son muchos los leprosos de nuestro tiempo. Es cierto que hay muchos que se molestan cuando señalamos con dolor el problema de la marginalidad y pobreza, pero está en la esencia de nuestro seguimiento de Jesucristo, el amor a todos y sobre todo a los hermanos más débiles. Los leprosos de hoy en nuestra realidad tienen distintos nombres: es la problemática indígena que los lleva a estos hermanos nuestros a deambular en contextos culturales adversos y racistas. Son los desnutridos que han crecido con limitaciones y diferencias que los llevan a la exclusión social e incluso a la condena por vagancia. Los leprosos son muchos jóvenes que no encuentran trabajo y desde el vamos se encuentran sin horizontes. Son los desocupados que siguen contenidos por el asistencialismo, todavía necesario en algunos casos pero que daña “la cultura del trabajo”. Son los leprosos de nuestro tiempo los que padecen SIDA y los enfermos que no tienen ni monedas para acercarse a un hospital o centro de salud.

En nuestra realidad parece que están los ganadores y los perdedores. Nosotros si queremos asumir nuestra identidad de discípulos de Jesucristo, el Señor, tendremos que asumir el compromiso, lamentablemente siempre actual, de la opción preferencial por los pobres, por los leprosos de nuestro tiempo. Esto nos exige que como el Señor nos sintamos conmovidos y que animados en la esperanza busquemos caminos que nos lleven a construir una sociedad más solidaria, justa, que respete la dignidad de las personas, las familias y sobre todo la vida.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!          

   Mons. Juan Rubén Martínez

 

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