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Carta del Obispo de Posadas

7º domingo del año – 19.02.06


El texto del Evangelio de este domingo (Mc. 2,1-12), nos presenta al Señor en Cafarnaun en la realización de un milagro, curando a un paralítico. La clave de comprensión de todo el obrar de Jesús en su misión pública está en el anuncio del Reino y se liga al misterio de la Pascua y a su dimensión salvífica. Como dice el Apóstol Pablo en la lectura que leemos este domingo (2 Cor. 1,18-22): “En efecto, todas las promesas de Dios encuentran su sí en Jesús, de manera que por él decimos “Amén” a Dios, para gloria suya” (20). Solo por la fe comprendemos esta Palabra y estos milagros, al captar la centralidad de la persona de Jesucristo el Señor y el llamado a realizar un camino de discipulado.

El tema del discipulado es el que ha sido tomado para la próxima V Conferencia del episcopado Latinoamericano y del Caribe que se realizará no tan lejos de Misiones, en el Santuario de la Aparecida, en Brasil, en el 2007. El título del documento de participación se denomina: “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”.

Este tema dado para la profundización en América Latina, nos encuentra preparándonos para el primer Sínodo diocesano en donde nos planteamos la necesidad de la conversión a Jesucristo, para asumir esta propuesta de discipulado. Es importante aclarar que este discipulado no se refiere en primer lugar al seguimiento de una doctrina o realización de algunas prácticas de piedad o a la conquista de algunos beneficios personales, milagros o sanaciones. Lamentablemente en nuestra época se multiplican propuestas que están llenas de “falsas promesas”, como una especie de “ofertas religiosas”. Basta observar algunos programas televisivos de propaganda religiosa, para discernir una clara intención de manipulación de la conciencia, sobre todo en los que padecen angustias y sufrimientos. El discipulado implica el seguimiento de la persona de Jesucristo. En esto el catolicismo se distancia de muchas otras religiones. El discípulo que sigue a Jesús, se encuentra con la necesidad de asumir sus enseñanzas. Estas son liberadoras y regalan la vida, pero también hay que decir que son “exigentes” e implican un seguimiento que tiene que ver con la cruz.

Quizá venga bien la pregunta ¿podemos vivir este discipulado de Jesucristo, en medio de un mundo tan complejo y donde las ofertas parecen tan diferentes a las propuestas cristianas?  Son muchas las luchas que debe sobrellevar un cristiano que quiera asumir realmente el seguimiento del Señor. El consumismo y el materialismo tienen una imagen de la persona totalmente distinta al cristianismo. Solo con tener una mirada crítica de algunas propuestas de los medios de comunicación podemos captar si hay una real búsqueda de plenificar la dignidad humana o meramente usarla como objeto. Desde una visión materialista, caen valores esenciales como la vida, la familia, el trabajo, la justicia, la solidaridad, la naturaleza. La misma sexualidad pierde aquello que la humaniza que es el amor. La cuestión se agrava cuando la visión materialista se instala en la función pública. Este inicio del siglo XXI genera diversas formas de descalificación y persecución a la propuesta cristiana.

En estos 2.000 años la Iglesia padeció persecuciones directas o indirectas. Hoy debemos tener una lectura crítica de mucha información que busca dañar o ridiculizar este camino de discipulado. De todas maneras los cristianos creemos que aún en medio de las dificultades de la época y de nuestras propias fragilidades, es posible vivir este discipulado de Jesucristo. Lo testimonian tantos mártires y santos de ayer y de hoy. El Apóstol San Pablo, quien se experimentaba limitado y débil, no dudaba de su misión de Apóstol, porque conocía en donde residía su fuerza y por eso expresaba: “Que toda nuestra capacidad viene de Dios” (2 Cor. 3,5).

Hoy como hace 2.000 años tenemos la certeza de la esperanza que nuestro tiempo necesita que profundicemos nuestra condición de “discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

                                                                                  Mons. Juan Rubén Martínez

 

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