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Carta Cuaresmal del Obispo de Posadas

Domingo 05.03.06

 “La Conversión a la comunión eclesial, en el camino del Sínodo”

La cuaresma es un tiempo de conversión en el que nos preparamos para celebrar con hondura y gozo el Misterio de la Pascua, de la muerte y la Resurrección de Cristo, Nuestro Señor. Misterio en el que celebramos a Aquel que queremos seguir y ser sus discípulos. La liturgia cuaresmal nos permite actualizar aquel Misterio y nos invita a morir al hombre viejo y vivir plenamente la condición de Hijos y testigos de Dios. Esta cuaresma de 2006 encuentra a nuestra Diócesis de Posadas, caminando como Pueblo de Dios hacia el Sínodo que celebraremos en 2007, con motivo de conmemorar los 50 años de la creación de nuestra Diócesis. En el 2005 como primer año del triduo preparatorio hemos acentuado la necesidad de “convertirnos a la persona de Jesucristo, el Señor”. Sin Él, nada tendría sentido y desde Él, podremos comprender sus enseñanzas y la importancia de ponerlas en práctica, desde la fe, sostenidos por la comunión eclesial, para seguir anunciándolo en este inicio del siglo XXI.

Este año 2006, continuando con el triduo preparatorio queremos acentuar la necesidad de “la comunión eclesial”, como indispensable para que nuestra misión sea creíble. “Que todos sean uno: como tu, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. (Jn. 17,21). En el 2007 año propiamente del Sínodo, acentuaremos la misión y evangelización del hombre y la mujer en este inicio de siglo. En realidad la razón de ser de la Iglesia es la evangelización (EN) y también será el eje de nuestro Sínodo Diocesano. Por tal motivo en este tiempo buscaremos acentuar la oración, reflexionar juntos, buscar orientaciones y líneas de acción para evangelizar y cumplir con el mandato que el Señor nos dejó: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt. 28,19). A nosotros nos toca hacerlo en nuestra querida Provincia de Misiones, en esta tierra cargada de historia, “tierra roja”, como la sangre de nuestros mártires de las misiones; “tierra vital “ por la heterogeneidad de las razas, que por la dinamicidad de la historia y su necesaria integración buscan forjar una identidad cultural y misionera.

Seguramente, la memoria y este elemento esencial de la heterogeneidad y diversidad aporten como una clave para proyectarnos cultural, socialmente y sobre todo religiosamente en el tema de la “comunión”, como una clave de comprensión en la acción evangelizadora y misión de la Iglesia.

La cuaresma puede ayudarnos a revisar desde la fe la necesidad de convertirnos a la comunión. Comunión con Dios, con los hermanos y hermanas; comunión con los más pobres; comunión con la naturaleza. También será indispensable la cuestión ecológica que deberemos tener en cuenta en esta exuberante naturaleza que Dios nos regaló a los misioneros. La comunión no implica uniformar las relaciones que entablamos, sino amar a nuestro Creador, como Padre, amar a nuestros hermanos que son imagen y semejanza de Dios, sobre todo a los más deteriorados y pobres en quienes parece desdibujarse esta maravillosa condición de ser personas. Amar la creación, la naturaleza, cuidando de ella y respetándola profundamente, porque ella es nuestra casa y la casa de todos.

En definitiva cuando planteamos nuestro Sínodo, estamos queriendo con las consultas, escucha, participación , reflexión, encuentros... poner en práctica las enseñanzas del Concilio Vaticano II que tanto nos cuesta asumir en la vida eclesial. Las expresiones de comunión y participación que señala el documento de Puebla, buscan traer a nuestra América Latina, la eclesiología del Vaticano II, la dimensión teológica y también metodológica, para plasmarlas en nuestras Diócesis, parroquias, movimientos, asociaciones, escuelas e institutos, así como en los consejos y comisiones.

Revisar nuestra comunión, es realizar un examen de conciencia cuaresmal sobre cómo vivimos “el amor a Dios y a los hermanos”. Esto también es indispensable realizarlo en una época que globaliza más eficaz y rápidamente, el materialismo y consumismo, que nuestro anuncio evangélico y los valores indispensables para que la cultura que generamos sea una cultura de la vida y no de la muerte. En este contexto el individualismo y la despersonalización o masificación, dificultan la generación de una sociedad que personalice y permita relaciones de comunión y la formación de comunidades.

A veces corremos el riesgo de vivir una fe individualista, sin la dimensión comunitaria necesaria para que ésta pueda madurar. La fe individualista tiende a paganizarse con rituales supersticiosos o peor a extinguirse y a poner el propio criterio sobre la propuesta que el Señor nos hace.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!           

   Mons. Juan Rubén Martínez

 

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