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HOMILÍA DE MONSEÑOR JOSÉ LUIS MOLLAGHAN
EN LA JORNADA DE LA JUVENTUD
en Arroyo Seco (Arquidiócesis de Rosario)

 

Domingo 9 de abril de 2006

 

 

Queridos jóvenes:

 

 

Hoy celebramos en Arroyo Seco nuestra  Jornada arquidiocesana de la Juventud; nos unimos así desde aquí a la Jornada mundial  de los jóvenes, iniciada por el querido Papa Juan Pablo II. Lo hacemos en el marco de la Semana Santa, que hoy comienza con la entrada de Jesús en Jerusalén, el Domingo de Ramos.

 

Cada vez que celebramos esta Jornada,  nuestras oraciones y aclamaciones, se dirigen a Cristo, que es el Señor de nuestras vidas. Y al hacerlo también le pedimos y suplicamos que venga a nosotros, que reine en nuestros corazones.

 

“Para mis pies, antorcha es tu palabra, luz para mi sendero”, el lema de este año nos evoca la luz que procede de la Palabra de Dios, que ilumina nuestros pies y nuestros senderos. La Palabra de Dios, está en medio nuestro; y al escucharla y seguirla se ilumina el camino de nuestra vida y de nuestro corazón.

 

El Evangelio es luz, allí se revela Cristo mismo, porque es su palabra viva y operante, que nos permite conocer el Reino de Dios, que es reino de verdad, de justicia, de amor y de paz.

Por eso quisiera decirles, siguiendo el lema de esta Jornada, que si quieren tener siempre luz, no solo en el camino, sino en el corazón,  lean siempre el Evangelio, La Buena Noticia de la gracia, en forma personal y comunitaria Que conozcan a fondo la Palabra de Dios, que cada día y cada domingo,  proclamamos en la misa, a la que sigue la predicación; que lean diariamente el Evangelio, en sus casas, y allí donde les resulte posible: porque el Evangelio es luz, y nos permite ver y contemplar qué grande es el amor de Dios por cada uno de nosotros y por la humanidad entera.

 

La Palabra de Dios como una antorcha encendida nos permite conocer que somos amados por Dios, y al mismo tiempo descubrir la alegría y la felicidad de  tenerlo en nuestra vida y amarlo, así como también amar a nuestros hermanos. Este amor es parte del Reino de Dios, que ya está entre nosotros, aunque aún no llegó a su consumación final.

 

Si esa Palabra es antorcha y luz para nuestra vida; como nos dice Jesús,   debería brillar también la luz en ustedes, para que viendo sus buenas obras, glorifiquen a su Padre que está en los cielos (cf. Mateo 5,16).

 

Por eso, la pregunta que podemos hacernos es esta: ¿Si la Palabra de Dios nos ilumina, tenemos presente  el compromiso cristiano de hacer visible esa luz en el mundo? Y al decir el mundo digo mi casa, mi barrio, mi colegio, mi trabajo …?; ¿ la Palabra de Dios  nos interpela realmente,  y se ve implicada toda nuestra persona?;  ¿Vivimos lo que esta luz nos muestra como bueno, siguiendo con nuestros pasos el sendero y el camino del bien?.

 

La luz brilla cuando se refleja en nosotros, y nosotros también iluminamos a los demás, uniendo la fe y la vida en Jesucristo. En especial viviendo de este modo el amor.

Fe y amor. Es fundamental crecer en la fe. Quien cree y tiene fe, está unido a Jesús, “rema mar adentro y hecha las redes”. Remar mar adentro es ante todo rezar, es buscar a Dios, que es espíritu y vida.

 

También quien cree ama. Es necesario para ello armonizar nuestro corazón con el corazón de Cristo, y amar como El nos amó, lavándonos los pies, y  entregando su vida por todos (cf. Juan 13,1; 15,13, Benedicto XVI, Dios es caridad, nº 19).

Este Amor es una misión para cada uno de nosotros en forma personal, y lo debemos vivir también en comunidad. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen justamente que los primeros cristianos “vivían todos unidos y lo tenían todo en común” ( Hechos 2, 44-45).

San Lucas, entre las notas esenciales de la Iglesia que entonces nacía, enumera la comunión como una forma de vida. Amar la palabra nos exige vivir la comunión, que nace de la Trinidad, y nos impulsa a vivir unidos como hermanos, con los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

El anuncio del Evangelio, entre los primeros cristianos, entre quienes creían en Cristo iba unido también al amor a los huérfanos, a los enfermos, a los presos, a los necesitados de toda clase  y a la misma vida.

 

Estamos llamados nosotros mismos a ser luz del mundo. Esta luz deja a un costado la oscuridad y la sombra , en la que no brilla la luz. La sombra es no reconocer la presencia de Dios en nuestra vida, la sombra el pecado, es la violencia, es un corazón egoísta e impuro; la sombra es la desesperación, es la mentira y la corrupción. La sombra  es el sexo desenfrenado y el abuso de los otros, es la droga, y el exceso de alcohol. La sombra que no acepta a Cristo es el odio, el fanatismo y el terrorismo en cualquier parte del mundo y sea del signo que sea.

 

Los jóvenes saben que la luz está en Jesús de Nazaret, llamado Cristo; que hoy evocamos al entrar en Jerusalén, a quien queremos y que con su Palabra ilumina nuestra vida.

Jesús es redentor del hombre y salvador del mundo; es nuestro Dios, nuestro hermano y nuestro amigo. Ojalá los jóvenes puedan decir cada día: Queremos irradiar su luz con nuestra vida, queremos ser jóvenes que rezan, y confían en Dios; queremos ser una juventud renovada por su Luz, porque así se renovarán los valores, la cultura, los modelos de vida, nuestro pensamiento y nuestra identidad.

Queremos ser jóvenes con corazones  que aman; y aman al necesitado, al débil, y al que sufre;  buscando el reino de Dios y su justicia.

 

Queremos vivir en comunión, tomando conciencia del don y del llamado recibido en el bautismo, y por la comunión con Cristo, vivir en comunión con nuestros hermanos, formando la Iglesia en nuestra familia, en la parroquia, en esta querida Arquidiócesis. Vivir en comunión con toda la Iglesia, y, como el Santo Padre nos invita, hacerlo iluminados por la Palabra de Dios.

 

Queremos vivir  como la Virgen, Nuestra Madre, que amó la Palabra de Dios y caminó siempre fiel a la Palabra, discípula y servidora. Para ella, como para nuestros santos, la Palabra siempre fue antorcha para sus pies y luz para su sendero.

Que la Virgen los acompañe a vivir iluminados por Cristo.

 

 

Mons. José Luis Mollaghan
Arzobispo de Rosario

 

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