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HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL DE
 MONSEÑOR JOSÉ LUIS MOLLAGHAN
EN LA CATEDRAL DE ROSARIO

 
 
 
    El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido
 
    
 
    Estas palabras del libro del profeta Isaías ponen de relieve el significado de la Misa Crismal que hoy celebramos.  Como todos los años, los sacerdotes nos reunimos para agradecer el don que hemos recibido y renovar nuevamente las promesas sacerdotales.  Agradezco la presencia de cada uno de ustedes queridos hermanos sacerdotes; así también como la de nuestro Arzobispo emérito, Monseñor Eduardo Mirás, la del Obispo Auxiliar Monseñor Sergio Fenoy y la del Obispo emérito Monseñor Pedro Ronchino. También recuerdo en este momento a Monseñor Jorge López, también Obispo emérito de Rosario.
    
    1- Sacerdocio y unción
 
    Nuestra atención se concentra primeramente en la unción, ya que en esta Misa bendeciremos los óleos y en especial el Crisma, signo sacramental de salvación para todos los renacidos por el agua y el Espíritu Santo.
   
    Dios Padre ungió con el Espíritu Santo a su Hijo único, para que fuera el Sacerdote de la Alianza nueva y eterna... y ha querido que su único sacerdocio se prolongara en la Iglesia y en cada uno de nosotros.  Por su amor infinito fuimos elegidos para participar de su sacerdocio ministerial.
 
    Somos nosotros, los que fuimos ungidos, quienes debemos continuar la misión de Aquel que nos eligió y nos ungió; enviado por el Padre "para anunciar la Buena Noticia a los pobres y la liberación a los cautivos, devolver la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor" ( Lc 4, 18 b -19 ).  Hoy el Espíritu armoniza nuestro corazón con el corazón de Cristo, y nos mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado, cuando se puso a lavar los pies de sus discípulos, y sobre todo cuando entregó su vida por todos (cf. Benedicto XVI, Dios es Caridad, nº 19).
 
    Por eso estamos aquí junto al altar, para hacer memoria del sacerdocio de Cristo, para recordar el día de nuestra unción, para reavivar en nosotros la presencia del Espíritu, para renovar las promesas sacerdotales, como el día de nuestra ordenación.
   
    Al llegar a la diócesis les decía con las palabras de San Pablo que deseaba encontrarme con ustedes; hoy puedo decirles que en la Misa Crismal este encuentro se hace sacramentalmente más hondo.
 
    2- Sacerdocio y comunión
 
    Nuestra comunión sacerdotal brota de la Trinidad, y se manifiesta como un misterio de fe, que se debe ejercitar y hacer visible en la unidad del presbiterio.
   
    Como sacerdotes, al servicio de Jesucristo para siempre, estamos llamados a vivir la unidad y la comunión, ante todo en lo interior de nosotros mismos, manifestando también esa dimensión en la vida ministerial.  Somos ungidos, de este modo es cierto que en el camino no estamos solos;  la unción también nos hermanó para perpetuar su misión y reflejar en nuestra vida el rostro del Único ungido.
 
    En esta perspectiva también se manifiesta que ustedes son los que están más cerca de mi misión como Obispo, con una comunión sacramental, que es participación del único sacerdocio de Jesús.
 
    El gesto del sacerdote que el día de la ordenación presbiteral pone sus manos en las manos del Obispo, parece un gesto que lo compromete sólo al presbítero, pero en realidad es un gesto que nos compromete a los dos: el sacerdote manifiesta que va a estar unido a su Obispo, pero también el Obispo se compromete a custodiar esas manos toda la vida (cf. Juan Pablo II, Pastores Gregis, nº 47).
 
    La comunión exige la fe del sacerdote y del pastor; y caminar juntos.  Como Abraham que salió de su tierra, como la Santísima Virgen que salió a visitar a su prima Isabel, y sobrellevó los viajes apremiantes antes de su maternidad; así nosotros estamos en camino.  El camino es la vocación sacerdotal, es la Iglesia diocesana; el camino es la misión, y son también los lugares que más nos necesitan, las parroquias y los diversos ministerios, que exigen disponibilidad, aún a costa de esfuerzos y sacrificios.
 
    Ya que hemos dado la vida por Cristo, caminemos con esperanza; sobre todo cuidando la fe  y siendo apoyo para las familias, guía para los jóvenes, y ayuda para quienes ya están entusiasmados por Dios. Como en una peregrinación, en el camino debemos ayudarnos y estar cerca, dando testimonio  a los más débiles, a los niños, a los enfermos, a los que no tienen hogar, a los que pasan hambre, a los ancianos solos. Seamos también prójimos  del hermano sacerdote.   
 
    Sabemos que el caminar del pastor también  puede volverse pesado y cansado, a veces por las preocupaciones materiales, por las desilusiones y por la incertidumbre del mundo en que vivimos.  Necesitamos la oración para encontrar esperanza y consuelo, necesitamos un largo tiempo cada día para poner en Dios nuestra vida y el ministerio que se nos ha confiado.
 
    En el camino velemos también para sostener al hermano en las pruebas y en la soledad.  Que seamos la voz de aliento y apoyo, y ayudemos a llevar la mochila que puede resultar pesada, y continuar adelante, heroicamente fieles. La comunión entre nosotros sacerdotes, además de ser entrega y disponibilidad, se convierte también en profecía ante un mundo dividido por el pecado.
 
    La Eucaristía que celebramos nos invita a esta unión íntima con Jesús, y a vivir las palabras que nos transmite el Evangelio de San Juan: "Yo soy la vid y ustedes son las ramas... mientras ustedes permanezcan en mí, y mis palabras premanezcan en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán" (Jn 15, 5a.7). 
 
    3. Sacerdocio y pastoral diocesana
 
    Esta Misa Crismal también nos invita a pensar en nuestra pastoral diocesana.  Así como Jesús al proclamar la lectura del Profeta Isaías pudo presentar un plan programático, que se cumplía por la acción del Espíritu; también deseaba expresarles que el primer impulso de nuestra tarea pastoral debe venir del primado del Espíritu y del amor a Dios.  Todo plan pastoral, todo proyecto misionero y catequético, todo dinamismo caritativo y solidario en la evangelización no puede prescindir de esta relación con el Espíritu de Dios.
 
    Esta intención contiene una íntima relación con el actuar mismo de Jesús, cabeza de esta comunidad de fe que es la Iglesia diocesana, y que exige a la vez una adhesión profunda a su querer y docilidad a sus gestos.
 
      Por mi parte, el conocimiento de ustedes y de la vida de la Arquidiócesis será la principal tarea, que poco a poco, sobre todo a través del trato personal y de la colaboración de los Consejos diocesanos presbiteral y pastoral, irán permitiendo responder a las necesidades que hoy tenemos.  Por eso nos reuniremos el próximo 25 de este mes, para conocer más en profundidad algunas de las actividades de la vida arquidiocesana.  También el encuentro con los sacerdotes - que después de hacerlo con los Decanatos de la Ciudad, ahora continuaré en Cañada de Gómez y en los Decanatos del interior de la Arquidiócesis -, me permitirá conocerlos y tener una primera imagen más profunda de nuestra vida eclesial.
 
    Sin duda, debemos continuar con un renovado impulso en nuestra misión, en particular promoviendo la unidad y  la comunión que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia; así como también teniendo presente las prioridades pastorales señaladas " Al comienzo del nuevo milenio " para toda la Iglesia, y en "Navega Mar adentro", como son la santidad, la oración, la Eucaristía dominical, la reconciliación, la escucha y el anuncio de la Palabra, la gracia que anima toda nuestra vida cristiana, y el espíritu de solidaridad.
 
    Como cantamos en el salmo responsorial, la Iglesia nos invita a hacer nuestra la confianza del salmista: "cantaré eternamente tu misericordia" ( Salmo 88,2 ).  El hecho de recordar en la liturgia de hoy la unción que recibimos, nos hace reconocer la bondad de su elección; y percibir dentro nuestro el acontecimiento salvador que repara y transforma la pequeñez de nuestra ofrenda con su inmensa riqueza, lo pasajero de nuestras promesas con su Palabra eterna, la fragilidad de nuestra miseria con su gran misericordia.
 
    Por el misterio del Corazón de Jesús no deja de difundirse entre nosotros la misericordia de Dios.  Somos sacerdotes por su misericordia; y somos sacerdotes para hacer presente la misericordia, especialmente en la Reconciliación.
 
    Deseo agradecer a la gran presencia de fieles que se han unido a esta Misa Crismal, en especial a las consagradas y consagrados que participan en esta celebración.
 
    María Madre Nuestra del Rosario ayúdanos a revivir aquella hora de nuestra entrega al sacerdocio, acompáñanos junto a la cruz y en la alegría pascual, ayúdanos a gustar cada día la vocación a la que fuimos llamados, capaces de un verdadero amor en comunión, hermanos en el camino de la fe y en la misión hacia el Reino de Jesús.

 

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