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HOMILÍA EN LA MISA DE INAUGURACIÓN
DE LA XXVª ASAMBLEA FEDERAL
DE LA ACCIÓN CATÓLICA EN ROSARIO

Misa presidida por Monseñor José Luis Mollaghan
Arzobispo de Rosario
 


Queridos hermanos:

1. Bienvenida cordial

Deseo darles una cordial bienvenida a esta querida Ciudad y Arquidiócesis de Rosario, al comenzar la vigesima quinta Asamblea Federal de la Acción Católica en el marco de sus setenta y cinco años Jubilares.

Gracias por estar aquí, renovando con su participación la pasión y el servicio de quienes los precedieron. Son setenta y cinco años de fidelidad y esperanza, guiados por el Espíritu Santo. Por eso recordamos este Jubileo con gratitud y profunda alegría.

Por una parte, el camino recorrido por la Acción Católica nos permite reconocer la mano de Dios y su llamado personal a tantos hombres y mujeres, que vivieron su laicado con pasión y ofrecieron a Cristo y a sus hermanos un servicio permanente, como verdadero distintivo de sus vidas. Por otra parte, al agradecer la herencia recibida, queremos acrecentarla en el presente y en el futuro, con la renovación de nuestro carisma propio, y la respuesta generosa de nuestra vida.



2. Los peregrinos de Emaús

Escuchamos en el Evangelio que los discípulos que retornaron de Emaús contaban lo que les había sucedido en el camino, y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Ellos no permanecieron inmóviles mirando lo que había sucedido. La presencia del Señor Resucitado llenó el presente de esperanza, y los acontecimientos del pasado recobraron nueva vida. Mirando sus manos y tocando sus pies pudieron comprender que El mismo estaba allí, que podían ver las marcas de los clavos y de la cruz, pero que El estaba vivo.

Jesús ahora los invitaba a salir, a anunciar, y a proclamar que había resucitado, que El es nuestra esperanza y que todos podemos alcanzar la salvación. Su presencia se debía extender a todos y a todo lugar de la tierra, de tal manera que nadie quedara sin conocerlo.



3. Memoria del pasado

Esta Asamblea nos permite recordar nuestra historia. ¿ Cómo no mirar a la luz de Cristo resucitado todo el camino recorrido, y reconocer en tantos hermanos nuestros, que respondieron con generosidad, a la opción por Cristo?.¿ Cómo no agradecer los dones recibidos, que se hicieron más visibles en el llamado de la Acción Católica Argentina, y en la respuesta fiel de sus miembros, tanto en la pasión como en el servicio de su compromiso?

¿Cómo no valorar también con gratitud, que la Acción Católica a lo largo de estos setenta y cinco años, nos permitió contar, con innumerables vocaciones laicales, sacerdotales y de la vida consagrada; hizo crecer la formación de dirigentes y militantes, que fueron protagonistas de numerosas acciones individuales e institucionales en diversos momentos y sectores de la vida de la sociedad, que son una expresión del compromiso temporal de los laicos? (cfr. CEA, Mensaje a la ACA, 11.XII.2005, nº1). Permítanme agradecer en este momento al querido Cardenal Antonio Caggiano, que fuera Obispo de Rosario, que hizo tanto por su difusión; al Cardenal Eduardo Pironio, que la enriqueció con su espiritualidad; a los queridos obispos, sacerdotes, y religiosos que unidos a los laicos forjaron la historia de la Institución.

También en el marco del recuerdo, no podemos dejar de reconocer las debilidades y las faltas propias del pasado; que a la luz de Cristo resucitado nos mueven a la conversión y a un deseo más hondo de ser parte viva de la historia de la salvación, que también hoy continúa.



4. Presente y futuro

Así nosotros queridos hermanos, al celebrar la Asamblea Federal en este marco de fiesta y entusiasmo, no queremos hacer solamente memoria del pasado, sino que debemos también hacer profecía del futuro (cfr. Juan Pablo II, NMI., I,3).

Por esto los Obispos argentinos hoy le pedimos a la Acción Católica, la actitud del peregrino (cfr. CEA, Mensaje, ibidem). Que las fuerzas de lo ya recorrido, renueven el deseo de un encuentro con Cristo vivo; y caminando llenos de ardor, podamos dar testimonio de su presencia en medio nuestro.

Que cada uno de sus integrantes crezca en la conciencia de su misión laical, fiel a un estilo de vida que sigue a Cristo, sabiendo que al pertenecer a cada diócesis, parroquias, sectores y ambientes, está formando parte viva de la Iglesia. La vida y la renovación de la Iglesia depende de la presencia activa de los laicos. Por esto, de un modo particular. la responsabilidad de su futuro, también depende de ustedes.

Como nos alentó el querido Papa Juan Pablo II profundicemos y vivamos las consignas que El mismo quiso darle a la Acción Católica, que son la contemplación, la comunión y la misión. (cfr. Juan Pablo II, Mensaje en Loreto).

Vivan cerca de Cristo vivo, contemplando sus misterios, para que el corazón de ustedes pueda latir en el camino al unísono con el suyo

Vivan la comunión y la unidad. Este fue el deseo de los Obispos que crearon la acción Católica, que en su carta de fundación en 1931 ya decían “ Que todos sean uno, como Tu Padre estas en mi y yo en Ti…para que el mundo crea que Tu me has enviado” (Juan 17,21).

La aspiración de la Acción católica a la comunión es paralela a su fidelidad al Evangelio. Toda división contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudicaría su obra evangelizadora.

La Eucaristía sigue siendo el lugar privilegiado para vivir la comunión; la Eucaristía es alimento, es fuerza nueva, como fuente y culminación de nuestra vida en Cristo, es prenda de unidad e invitación a la solidaridad.

Vivan también la misión, a la que están llamados por el bautismo, y a la que el Espíritu los envía a dar testimonio. El Espíritu es esa potencia interior que armoniza el corazón de ustedes con el corazón de Cristo, y los mueve a anunciar el Evangelio, y amar a los hermanos como El mismo Jesús los ha amado, cuando se puso a lavar los pies a sus discípulos y sobre todo cuando entregó su vida por todos nosotros (cfr. Benedicto XVI, Deus Caritas est, nº19).



5. Civilización del amor

Por esto la Acción Católica al encontrarse en esta Asamblea con Cristo vivo, está llamada a asumir la impostergable tarea de proseguir la Nueva Evangelización. Ella nos exige hacer todos los esfuerzos posibles para alcanzar la inculturación del Evangelio (cfr. Navega Mar Adentro nº 95), que propone desde la fe en Dios una verdad sobre el hombre, y un estilo de vida cristiano y ciudadano comprometido en la construcción de una sociedad más justa, más fraterna y solidaria (cfr. Ibidem).

Ante un clima de violencia tan generalizado, que toca la raíz de la convivencia pacífica en todos los niveles de la vida humana, es necesario educar con fuerza y con pasión por la verdadera paz..

Así aparece con toda su riqueza el llamado a proponer un humanismo cristiano, que permita generar la “civilización del amor”.

Si la misión profundamente formadora es prioritaria para alcanzar estos fines, así como la atención puesta en la familia, como verdadera escuela de humanidad, y de donde provienen nuestros jóvenes y adultos; asimismo es importante priorizar una actividad orgánica en los ámbitos y sectores donde hoy nacen los criterios de acción en la sociedad, en la comunicación social, en los centros de interés cultural, en la escuela y en la universidad, en el mundo del trabajo, en la política, con ideas claras y un verdadero espíritu abierto a la solidaridad y al servicio.

Para alcanzar estos fines, nuestra misión en la Acción Católica exigen oración y comunión en el amor de Cristo, y a la vez toda la colaboración y reciprocidad posible en los diversos ámbitos que hemos mencionado, tanto pastoral, cultural y social, e incluso en el testimonio del mensaje evangélico que ofrecemos a la sociedad.

Como nos enseña el Papa Benedicto XVI, la fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita el amor (cfr. Dios es caridad, nº 39). Cristo resucitado nos permite vivir en el amor. El amor es una luz, que también en la Acción Católica, debe iluminar un mundo oscuro y nos da fuerza para vivir y actuar. El amor queridos hermanos es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica.


Invoquemos a María, nuestra querida Madre del Rosario. La Virgen María está constantemente presente, acompañando a la Acción Católica; y por ello el canto del Magnificat resuena en este día, dando gracias con Ella al Padre del Cielo.

Que Ella nos enseñe cada día, a renovar con fidelidad la pasión y el servicio, el amor al Reino de Dios y a nuestros hermanos.
 

Rosario, 29 de abril de 2006
 

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